Economía

Abelardo no puede huir de la crisis del capitalismo

Abelardo no puede huir de la crisis del capitalismo

El gobierno de Abelardo de la Espriella ha anunciado un presupuesto de 634 mil millones de pesos que marca la pauta de los ataques de este nuevo gobierno a la clase obrera y el campesinado. 

A pesar de una campaña electoral plegada a la austeridad, De La Espriella demuestra con este presupuesto que las fuerzas objetivas del mercado colombiano no pueden resolver la crisis que se encuentra en sus manos. 

Con este presupuesto, es claro que la “patria milagro” que Abelardo ha prometido será retrasada indefinitivamente. La realidad es que el gobierno de De La Espriella tendrá que contender con una crisis compuesta por varios factores: desde el fenómeno de El Niño (que es más intenso en este año que en años anteriores) hasta la guerra en Irán, que amenaza con aniquilar los salarios a través de un incremento contundente de los precios de las importaciones. 

Una policrisis sin igual

Ha pasado un poco más de un mes desde que Abelardo ha tomado posesión de la presidencia.  

A su favor está el mercado mundial, que claramente anhela la implementación de un programa de motosierra contra las pocas conquistas que la clase obrera ha logrado desde el estallido social del 2021. Esto se manifiesta particularmente en el espejismo de la fortaleza del peso colombiano, que se ha vuelto la moneda más fuerte de América Latina en comparación al dólar estadounidense.

No obstante, está la crisis internacional del capitalismo que afecta enormemente al mercado mundial. Si bien, la guerra en Irán podría llevar a la compra de gas natural y petróleo colombianos, la realidad es que la alianza de Abelardo con Trump significa anclarse a una potencia imperialista en relativo declive, que está buscando recortar costos por dónde pueda. Por este lado, no planea invertir ni generar un dividendo de defensa. 

Mientras tanto, se espera que El Niño empuje la inflación hasta 6.9% en Colombia. El terremoto de Agosto 10 requerirá alrededor del 45% de la inversión pública en construcción para reconstruir las viviendas de los damnificados de una región responsable de proveer el 15% del empleo formal del país. Finalmente, está el problema de la crisis fiscal que se ha redoblado del 2-4% en 2019 a 5.3% con la presión económica de la pandemia siendo el detonante.

Sin reservas fiscales del estado, el gobierno no podrá recurrir a medidas implementadas anteriormente cómo el Fondo de Estabilización de Precios de Combustibles que le permitía controlar los precios de la gasolina. 

Es precisamente debido a esta situación que el gobierno planea recurrir a préstamos del FMI. Pero el FMI no es una institución sin ánimo de lucro. Cómo todo buen banco internacional, buscará hacer de Colombia un territorio abierto a la inversión del imperialismo y para eso necesitará mano de obra más barata, un estado social con bajos impuestos y mayor control de las grandes empresas del país. 

Un gobierno de los que nunca han tenido que trabajar

Detrás de este presupuesto, está el ministro de hacienda Miguel Gomez, atado por miles de hilos a la gran banca del país. El ministro ha sido presidente de Bancóldex, el banco de desarrollo empresarial del estado, director de Fasecolda, el gremio que reúne a las aseguradoras del país y director de la Cámara de Comercio Colombo-Americana.  

Esta es la dinámica general de todo el gabinete. Su patrimonio en conjunto llega a los 8 millones de dólares en su totalidad. Cada uno de sus ministros ha servido cómo miembro directivo de enormes empresas colombianas o gremios que representan los intereses de la patronal. Ejemplos incluyen a Ana María Vesga de ACEMI, el gremio que representa a las grandes EPSs del país y quién es ahora ministra de salud o María Nohemí Arboleda, ministra de minas y energía, quién fue gerente general de XM, la filial de ISA encargada de administrar el mercado mayorista de energía corporativa. 

Ante todo, este es un gobierno de la oligarquía colombiana, cuyos representantes vienen con un encargo claro: atacar directamente el programa de reformas obtenidas en los últimos cuatro años. La motivación detrás de esto es que consideran inaceptable que hubo un estallido social que movilizó a cientos de miles de personas por dos meses y los forzó a hacer concesiones a la clase obrera. 

Cada uno de ellos responde al empresariado colombiano, que necesita la inversión extranjera para poder enriquecerse. Los imperialistas estadounidenses solo estarían dispuestos a garantizar préstamos si vienen con condiciones que faciliten la explotación de la clase obrera para así facilitar  super-ganancias.

El estancamiento de la economía colombiana

Para los imperialistas y el mercado mundial, el Tigre representa la posibilidad de un ajuste fiscal que permite, en teoría, el regreso del crecimiento sin la preocupación de un gobierno reformista que estaba dispuesto a usar la riqueza del país para subsanar las brechas de desigualdad que definen la vida en Colombia y, de manera más peligrosa, que entusiasmaba  la movilización de las masas para luchar contra estas brechas. 

Sin embargo, los problemas que el gobierno enfrenta son mucho más grandes que el Pacto Histórico. Más allá de la coyuntura de guerras y desastres naturales, el problema de fondo es la naturaleza improductiva del capitalismo colombiano.

La economía nacional produce 21 dólares por hora trabajada a pesar de tener una jornada laboral de 43 horas. Esto lo hace el país de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) con la menor productividad y la jornada laboral más larga. 

En gran parte, esto se debe a que el 54% de la fuerza laboral está en la informalidad, lo que significa una mayor concentración del trabajo en microempresas y autoempleo de subsistencia. Este 54% representa a millones de personas que tienen que trabajar jornadas laborales de 14-16 horas en dónde tienen que, por ejemplo, cocinar fritos para consumo en la calle, transportar su kiosco a un punto de tránsito alto y venderlos por horas para luego repetir el ciclo al día siguiente. 

Ante todo, la prosperidad de cualquier sociedad depende de la capacidad de su economía de producir. Mayor producción significa la capacidad de reducir la jornada laboral y mejorar la calidad de vida de la clase obrera. Sin embargo, para lograr mayor productividad, la economía colombiana debe invertir en su capacidad de producción, desde la capacitación de sus trabajadores cómo la construcción de fábricas y la diversificación de su economía. 

El problema es que la clase dominante colombiana no puede aceptar pérdidas en fábricas y universidades que no proveerán ganancias inmediatas. Su carácter parasitario significa que viven de las constantes ganancias que sus empresas generan y del crédito de los estadounidenses, quienes extraen el 70% de la inversión directa extranjera al país en rentas. Para los imperialistas, un proyecto de transformación de la economía colombiana representaría una razón para empezar a buscar otro país dónde invertir. 

Abelardo puede pedir miles de millones de dólares en préstamos del FMI con la condición de abrir el mercado a mayor inversión. Pero mientras el modo de producción sea el mismo, la capacidad productiva de Colombia no incrementará y las condiciones que están creando la deuda y la desigualdad del país se mantendrán. 

La lucha se acerca

Si el capitalismo colombiano no puede incrementar sus ganancias, tendrá que recortar sus pérdidas. El primer ítem en la agenda son los pocos beneficios que el estado ofrece. En otras palabras, la misión del gobierno de Abelardo no es nada más y nada menos que hacer Colombia invivible para sus trabajadores 

Sin embargo, el problema es que la clase obrera de hoy ha pasado por dos estallidos sociales en siete años y obtuvo concesiones a través de ellos, incluyendo el primer gobierno de izquierda en el país. Durante ese gobierno, sus aspiraciones fueron consideradas cómo el norte de la política institucional. A pesar de las falencias del Pacto Histórico, la realidad es que la clase obrera colombiana no va a aceptar fácilmente este giro de 180 grados.

Lo que esto vaticina es un período de luchas de parte de la clase obrera para defender las reformas obtenidas anteriormente y cobrar las promesas por las cuales detuvieron el paro nacional de 2021 en nombre de concentrarse en la elección del Pacto Histórico. 

En semejante período, Abelardo podrá sacar otra vez a los viejos enemigos que reprimieron el primer estallido social. Pero encontrará muy pronto que eso no le permitirá resolver el problema de fondo que impulsará a las masas a salir. El presidente podrá hacer concesiones para tratar de calmar a las masas, pero eso sólo avivará el fuego de la movilización. 

Sin embargo, la energía de las masas, por sí sola tampoco puede resolver el problema del capitalismo. La clase obrera colombiana ha demostrado tremendo heroísmo en circunstancias aterradoras ante la presión de un estado históricamente sanguinario. Para derrotar a este enemigo, sin embargo, es necesario construir un partido revolucionario, capaz de exponer que la única manera de derrocar a Abelardo y la clase que representa es con la expropiación de las altas esferas de la economía para ponerlas bajo control obrero.  Sobre la base de esta conquista, la clase obrera podría desarrollar la economía nacional para el bien social y subsanar los horrores que la clase dominante ha infligido con su ineptitud. 

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Gabriel Galeano

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