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Colombia, Cali y los terremotos: «¡Solo el pueblo salva al pueblo!»

Colombia, Cali y los terremotos: «¡Solo el pueblo salva al pueblo!»

Foto de portada de: Gregorio

El terremoto que sacudió Colombia el 10 de agosto deja una tragedia que todavía golpea al suroccidente del país. Al momento de este artículo, el balance oficial reportaba 289 muertos, 4.187 heridos, 143 desaparecidos, 26.945 viviendas afectadas y 450 municipios afectados, y cerca de 185.000 damnificados. Las cifras, sin embargo, continúan actualizándose y crecen a medida que avanzan las labores de rescate y la evaluación de los daños. 

Pero la principal tragedia va más allá del gobierno de turno: revela las profundas limitaciones del capital nacional atrasado y dependiente. Cali, una de las ciudades más afectadas por el sismo, permite ver esta realidad con claridad.  

Una ciudad en escombros

En Cali, una de las ciudades más golpeadas por el terremoto, los primeros balances oficiales registraron 110 personas fallecidas, 1.410 heridas y 115 desaparecidas. Desde entonces, las cifras han seguido aumentando: el 18 de agosto, las autoridades informaron de 132 muertos. También se han registrado decenas de edificaciones colapsadas y más de un millar con daños estructurales. Detrás de estas cifras hay familias que perdieron sus hogares, trabajadores atrapados bajo los escombros y personas obligadas a reorganizarse para sobrevivir.  

Este terremoto no creó las desigualdades que vemos hoy, solo las hizo visibles. Una vivienda precaria, un hospital deteriorado o un edificio construido sin suficientes garantías es una sentencia para quienes no tienen los recursos necesarios para protegerse.

Foto de voluntario desconocido

La ciudadanía logró organizarse de forma masiva para ayudar a quienes seguían bajo los escombros, mientras los equipos oficiales de emergencia se veían desbordados por la magnitud de la tragedia. Sí, hubo presencia de bomberos, policías, cruz roja, pero los que más estuvieron en las calles fueron las personas del común, los ciudadanos rechazaron dos veces la llegada del alcalde Alejandro Eder, del partido de centro Compromiso Ciudadano, a quien entre el 63% y el 66% de la personas desaprueba por su manejo de la ciudad. 

«Lastimosamente él se ha visto como una persona que posa.» nos dijo uno de los voluntarios que trabaja en la zona sobre el alcalde. «No es tan genuina la ayuda de él (…) Para mí él no ha sido un buen gobernante, ni un buen alcalde. » 

La ciudad  tuvo un abandono por parte del estado, ya que aunque hubo presencia de instituciones gubernamentales, no fueron las suficientes y durante un momento fue sólo la organización espontánea la que logró una ayuda seria. 

Foto de voluntario desconocido

«Yo sólo vi gente de la comunidad, no vi a nadie de la alcaldía o instituciones». Dice el mismo testigo. 

De hecho por redes muchas personas comentaban que los primeros en ayudar fueron los jóvenes de barrios pobres que en su momento hicieron parte de las Primeras Líneas, los grupos de autodefensa que nacieron durante el Estallido del 2021 contra los abusos policiales. 

Foto de voluntaria María José

Estos jóvenes junto con otros voluntarios recogieron piedras, salvaron vidas y recolectaron ayudas provenientes de otras zonas del país con sus manos desnudas, a pesar de sus propias urgencias y de que se les estigmatiza desde la élite local y nacional. 

Genocidas al rescate

Cuatro días después del terremoto, llegaron a la ciudad 82 militares y especialistas de las Fuerzas de Defensa de Israel para presuntamente participar en operaciones de búsqueda, rescate e ingeniería. Su presencia fue presentada oficialmente como una «misión humanitaria».

Sin embargo, es bueno preguntarnos por el contexto político de esta decisión. El Gobierno colombiano decidió aceptar ayuda extranjera solamente de determinados países, entre ellos Estados Unidos, Israel, Ecuador y El Salvador, mientras otros ofrecimientos fueron rechazados como en el caso de México.

La ciudadanía rechazó este intento de lavar el nombre de Israel, un estado ilegítimo y genocida. Muchas personas salieron a abuchear a los soldados israelíes en los puntos donde se presentaron y no es por menos, recordemos que Israel lleva 73.000 palestinos asesinados y más de 21.300 niñas y niños. 

Para rematar hay denuncias de que no han ayudado sino que por el contrario entorpecen las labores de rescate y en muchos casos determinan que ya no se debe rescatar a nadie cuando los voluntarios locales tienen evidencia de vida bajo los escombros.

 «Sólo el pueblo salva al pueblo»

Este terremoto dejó al descubierto las contradicciones de una sociedad profundamente desigual. Mientras miles de personas se organizaban en las calles para rescatar, donar alimentos y ayudar a quienes lo habían perdido todo, las instituciones demostraban las limitaciones de un Estado que no estaba preparado para responder con la rapidez y eficacia necesarias.

Además de su expresión fantoche el mismo día del temblor, Abelardo también lanzó un ataque con bombas en el Catatumbo dejando a familias enteras heridas. En una visita hecha días después al epicentro del terremoto, en Chocó, sólo repartió balones con el logo de su partido político. Por otro lado ha tenido que dejar de lado su consigna de aflojar el gasto público para abrirse a nuevas deudas como la adquirida con el Banco Mundial por 200 millones de dólares. Además que no ha podido imponer su programa de decretos que prometió sacar en las primeras horas después de la posesión. 

Este gobierno sólo puede administrar la crisis y  en defensa de los intereses de la burguesía nacional e internacional, o sea sólo puede ofrecer más horror en medio de la hecatombe. 

No podemos permitir que esta tragedia quede reducida a cifras o a fotografías de los escombros. Hay que preguntarnos quiénes son los más afectados cuando ocurre un desastre, quién tiene acceso a una vivienda segura, quién recibe ayuda primero y quién termina abandonado a su suerte. La solidaridad que vimos en las calles demuestra que la clase trabajadora y los sectores populares poseen una enorme capacidad de organización cuando las necesidades materiales los obligan a actuar colectivamente.

La reconstrucción no puede convertirse en un negocio para contratistas ni en una oportunidad de propaganda para los gobiernos de turno. Las víctimas necesitan vivienda, infraestructura segura que puede resistir terremotos, atención médica y garantías para reconstruir sus vidas. Y la población debe tener un papel activo en decidir cómo se distribuyen esos recursos.

Hace apenas un mes y medio sucedió lo mismo en Venezuela, nuestro país hermano, y los resultados fueron también desastrosos, con una respuesta incluso más nula por parte del gobierno que está ahora bajo la tutela de EEUU y viene golpeado económicamente por el bloqueo al que fue sometido cuando intentó una revolución que no completó. Esto demuestra que, como decía Lenin, bajo el capital sólo hay «horror sin fin». 

El terremoto fue natural. La desigualdad, la precariedad y el abandono que determinaron sus consecuencias son producto de una sociedad organizada bajo intereses de clase. 

Ante la pregunta a uno de los voluntarios de si creía justo que la gente tuviera que responder ante la situación en lugar del Estado, respondió: «No. Pero es lo que hay y es lo que toca». Y no es mentira. Bajo el capital, sólo podemos confiar en nuestras propias fuerzas. Sin la solidaridad de la clase trabajadora durante las primeras 72 horas, muchos más habrían muerto. 

Foto de voluntaria María José

No cabe duda de que «sólo el pueblo salva al pueblo» pero esto no puede ser únicamente algo espontáneo y limitado a un momento específico. La única manera de evitar que algo así se repita es con la clase trabajadora organizada, planificando la economía en beneficio de las mayorías y asegurando los recursos necesarios para mejores construcciones y planes de prevención. Porque la unión de la clase trabajadora y de las clases oprimidas no debe servir únicamente para resistir las consecuencias de este sistema podrido, sino para organizar la fuerza capaz de acabar con él. 

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Camilo Buenaventura

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