Política

El debate que no define: ¿Quién tiene las soluciones para los problemas de Colombia?

El debate que no define: ¿Quién tiene las soluciones para los problemas de Colombia?

La noche del lunes 23 de mayo Gustavo Petro, candidato de la coalición Pacto Histórico, demostró ser el único candidato capacitado para asumir la jefatura del Estado y del Gobierno de la República de Colombia. El debate que se transmitió por televisión e Internet fue una iniciativa de la revista Semana, propiedad del grupo Gilinski, y del diario El Tiempo, que pertenece a Luis Carlos Sarmiento Angulo. Al encuentro asistieron Federico Gutiérrez (Equipo por Colombia), Sergio Fajardo (Centro Esperanza) y Petro. Desde el inicio del debate la moderadora Vicky Dávila (directora de Semana y esposa de un miembro del clan mafioso Gnecco Cerchar) recalcó la ausencia de Rodolfo Hernández, candidato de la Liga de Gobernantes Anticorrupción que el pasado 16 fue acusado por la Fiscalía de presuntas irregularidades en la celebración de un contrato de consultoría.

Nunca antes Colombia había visto tan cerca la posibilidad de tener un presidente de izquierda. Aunque las encuestas —y más en países atrasados— tienden a ser un instrumento de análisis de una confiabilidad limitada, es de resaltar que hoy todas ponen a Petro en la segunda vuelta. Más allá de esto, desde el inicio hasta el cierre de su campaña ha protagonizado mitines multitudinarios. El interés de la clase trabajadora colombiana por apoyar al Pacto Histórico se vio incrementado con Francia Márquez como fórmula vicepresidencial. A diferencia de Petro, que es de extracción pequeñoburguesa, la compañera Francia es una proletaria que desde su adolescencia ha trabajado. Es muy difícil para las obreras y obreros de Colombia no sentirse identificados con ella y; así, cada vocero de la burguesía que le ha hecho ataques personales se ha ganado el repudio popular.

El miedo a Gustavo Petro

El inicio del debate fue tedioso: la moderación de Vicky Dávila fue muy torpe, a pesar del apoyo del periodista Andrés Mompotes, el otro moderador. Luego de más de media hora de debate se tuvo que romper el protocolo establecido al principio por haberse vuelto un lastre. Esa primera parte, sobre todo, fue un resumen de lo que desde hace días se viene comentado en redes sociales (amenazas de golpe de estado, la suspensión del alcalde de Medellín, el interés del uribismo por destituir al Registrador que ellos pusieron, etc.).

La insistencia de Gutiérrez, alias Fico, en el ataque personal hacia Petro, fue remarcada por este. Dávila propuso cambio de reglas y cedió la palabra al candidato del Pacto Histórico que, acto seguido, pasó a recordar los nexos entre el candidato que decidió apoyar el uribismo y la organización criminal conocida como Oficina de Envigado, y de esta con el Clan del Golfo. Fue un verdadero punto de giro: Gutiérrez ripostó acusando a Petro de mentiroso pero los hechos le dan la razón. 

Mientras que Petro se concentró en exponer su programa respondiendo a las falacias difundidas por todos sus oponentes en la campaña, Fajardo y alias Fico fanfarronearon de una superioridad moral y de unos principios que no supieron sostener en la práctica. Su supuesto desprecio a que la campaña se concentre en ataques era seguido por ataques al otro guiados sobre todo, por prejuicios, como se evidenció en la pregunta que hizo alias Fico a Petro sobre si extraditaría a Piedad Córdoba si la solicitud estuviese soportada por las debidas pruebas. El sí del candidato caribeño dejó atónito a Gutiérrez y a Dávila le tomó cuatro segundos eternos romper el silencio.

Gutiérrez y Fajardo: dos facetas de una misma burguesía

Imagen: Semana

Ha sido tan desastroso el gobierno de Iván Duque Márquez —el que dijo Uribe— que incluso su mismo partido está llamando a un cambio. Esta es la palabra mágica que emplean todas las campañas presidenciales hoy pero ¿de qué cambio hablan? Como marxistas entendemos que detrás de las palabras y los discursos de cada cuadro político está la defensa de unos intereses de clase. 

En el caso de Federico Gutiérrez tenemos a un elemento que representa lo más atrasado y reaccionario de la pequeña burguesía antioqueña y que, en esa medida, no ve otro camino que el apoyo a la gran burguesía con el auxilio del narcotráfico y toda clase de elementos lumpen. Si alias Fico presume de que no pelea con nadie y siempre ha estado dispuesto a hablar es un eufemismo para referirse al oportunismo que ha marcado su carrera política. A comienzos de este siglo apoyó a Sergio Fajardo, luego se pasó al partido de la U de donde formó una escisión para llegar a la Alcaldía de Medellín con liberales de derecha. Así, cuando dice en el debate que no puede ser el de Uribe ya que derrotó a su candidato en la pugna por la Alcaldía de Medellín, lo que entendemos es que el oportunismo le da vergüenza reconocerlo pero no practicarlo.

El resultado de la alcaldía de Gutiérrez fue incrementar la pobreza en una de las ciudades más desiguales del mundo. Sin embargo, en el debate le pareció una gran falta ética los millones de colombianos que hoy pasan hambre; además, se ufanó de su administración como un gran éxito político y prometió llevar estos resultados a nivel nacional. La expresión material del deseo de un cambio por parte de la mayoría de las colombianas y colombianos se vio el año pasado con el Paro Nacional. Pero para él, aquello fue sólo un despliegue de violencia al cual el actual Gobierno no respondió con la mano dura que debería. El “cambio” de Gutiérrez, aunque lo niegue, es ser continuidad de Iván Duque.

También de Antioquia, pero de la burguesía ilustrada, viene Sergio Fajardo. Su padre fue el arquitecto y constructor Raúl Fajardo Moreno, casualmente primo de Darío Moreno Restrepo, suegro de Álvaro Uribe Vélez, jefe político y fundador del partido de Gobierno. Durante el debate reiteró que su cónyuge era la excanciller María Ángela Holguín, un apellido que responde a una rancia dinastía conservadora y que se conecta con varias familias de la élite; como se dice, “plata vieja”. 

A diferencia del zafio Gutiérrez cuya formación cultural se reduce a refranes de su región y algunas piezas de música popular (!), Fajardo —doctor en matemáticas de la Universidad de Wisconsin— entiende que hay alternativas a la represión para controlar al movimiento social y el avance de la lucha de los trabajadores; algo así como valerse de la intelligentsia local como fuerza de choque para disipar y diluir la respuesta popular a un sistema que no puede resolver los problemas de la gente. Más allá de sus arrogantes y ridículas pretensiones, es obvio que no hay aquí más cambios que en lo discursivo y lo formal. Con Fajardo cambiaría tanto Colombia como lo ha hecho su Policía Nacional desde que le cambiaron el color del uniforme. No sorprende que haya rematado su discurso de diálogo, respeto, unidad y educación, reprochando con malcriadez que el debate se haya extendido más allá de las dos horas acordadas.

El cambio de Petro: otra etapa de aprendizaje

Entre otras cosas, el Paro Nacional fue el inicio de un proceso de aprendizaje consciente por parte de la clase obrera y su juventud. A pesar de que las campañas de Fajardo y Gutiérrez  —sobre todo la segunda— han insistido en ver en Petro el incitador y líder de esas movilizaciones, la realidad es que el movimiento se diluyó por falta de un liderazgo a la altura de unas circunstancias muy difíciles en las que se enfrentó a toda la violencia estatal y paraestatal. Además, Petro fue claro desde los primeros días de las manifestaciones en criticar sus excesos y su falta de liderazgo. Todo esto, por supuesto, desde una perspectiva reformista y tratando de canalizar la energía de las masas a canales más seguros para el sistema. Pero otra cosa es que ante el instintivo repliegue y la esperanza de estas elecciones, el pueblo tuvo presente quiénes estuvieron de su lado en aquellas jornadas y así se comprobó en las elecciones legislativas del pasado mes de marzo donde, por primera vez en nuestra historia, una coalición de izquierda se lleva el mayor número de votos

Contrario a lo que manifiesta la criminal propaganda uribista donde se cultiva el ataque personal, la falsificación de los hechos y la defensa del filisteísmo de la peor laya, Petro no es ningún comunista y conscientemente ha expulsado al socialismo de su agenda. No nos sorprende que durante el debate haya querido encontrar puntos de encuentro con Sergio Fajardo; ambos comparten una visión liberal del Estado y el mismo Petro dejó claro en el debate que su proyecto político puede resumirse en llevar a la práctica la vigente Constitución de 1991. Esta define a Colombia como un estado social de derecho en su artículo primo. Evidentemente, no ocurre tal cosa y el estado social de derecho es otra propuesta liberal para amortiguar la lucha de clases que en la práctica sólo muestra alguna efectividad en coyunturas de prosperidad económica.

Imagen: Wikimedia Commons

Sin embargo, aunque no será revolucionario, es innegable que una presidencia de Petro sí implicaría para Colombia un cambio. Después de todo, Colombia es un país en donde todas las iniciativas reformistas —desde Jorge Eliécer Gaitán hasta la Unión Patriótica— han sido eliminadas a bala (y sobre este río de sangre que se prolonga hasta cientos de líderes sociales asesinados, Fajardo se ufanó en el debate de nunca haber sido perseguido o amenazado). Un gobierno de Petro tendría, por lo menos, una reducción de la represión estatal como se deduce de propuestas como el desmonte del ESMAD (p. 45). 

Aunque no es una obligación para el proletariado pasar por el reformismo en un país como el nuestro, este puede ser un aprendizaje muy valioso e incluso un respiro. Sería exagerado poner todas nuestras esperanzas en el Pacto Histórico y muy desacertado confiar en que bajo una presidencia de Petro la juventud y la clase obrera han de asumir un rol pasivo: todo lo contrario. Es fundamental que cada acción o iniciativa de Petro como presidente sea discutida y evaluada por las bases desde la defensa de sus intereses y que las conclusiones de estos diálogos sean objeto de debate público.

Será de interés, sin duda, la cuestión pensional. Fue este uno de los puntos en los que Petro se encontró de acuerdo con Fajardo en el sistema de pilares que ambos proponen y que según manifestó el candidato de izquierda, y también lo afirma en su programa, “(…) retoma elementos del sistema creado con éxito en Holanda, y acogido por el Banco Mundial (…)”. De acuerdo a esto, Petro propone transitar: “(…) hacia un sistema de pensiones unificado mayoritariamente público, complementario no competitivo, que garantice el derecho fuera del negocio, dejando atrás la incertidumbre y la desprotección de quienes habiendo aportado a la sociedad no reciben pensión.” (p. 40.)

La diferencia con la propuesta de Fajardo radica en el pilar contributivo:  “(…) toda persona trabajadora, incluyendo las de mayores ingresos, cotizarán de manera obligatoria a Colpensiones una suma calculada sobre la base de 1 a 4 SMLV, lo que asegurará una pensión básica bajo el régimen de prima media. Las personas cuyos ingresos sean superiores a 4 SMLV decidirán libremente donde cotizar el excedente; en este pilar participarán las Administradoras de Fondos de Pensiones.” Dice el programa de Petro. Para Fajardo esta base debe estar entre uno y dos salarios mínimos. El argumento que da en el debate es que así le salieron las cuentas a sus expertos y deja todo ahí hasta que la diferencia de fondo se destapa cuando intenta cuestionar a Petro por la financiación de sus reformas. 

La cuestión es que las cuentas de Fajardo llegan hasta donde se toca el bolsillo del capital; por el contrario, Petro pone sus apuestas en gravar a los cuatro mil más ricos de Colombia, una idea que viene elaborando desde el interés que despertaron entre sus cuadros economistas las teorías de Thomas Piketty. Si bien sería preferible esto al actual sistema que tenemos en el cual el sector financiero ve crecer sus réditos mientras que a cada nueva generación de trabajadores colombianos se le distancia más la posibilidad de una jubilación digna, hay que tener claro que hay mucho de utópico en esta iniciativa si tenemos en cuenta nuestra historia social, económica y la actual crisis. Duque tuvo que enfrentar el descontento popular por la reforma tributaria de su ministro Carrasquilla. Petro tendrá que enfrentar el poder de la burguesía cuando ponga la suya. Le harán pagar la agresión de gravar con un par de cientos millones de pesos a un puñado de capitalistas que cada año tiene ingresos de billones de pesos y violar la sacrosanta práctica de sustentar al Estado y su corrupción quitándole el pan de la boca a los trabajadores. Ya sabemos que la burguesía no escatima en violencia; en esa medida, impulsar la organización de los trabajadores es fundamental. 

Del Pacto Histórico al partido obrero 

Imagen: Asamblea Nacional Popular

Un rol activo de las masas bajo un gobierno del Pacto Histórico propiciaría la creación de un partido político que defienda los intereses de la clase trabajadora, una necesidad que buscamos superar desde hace más de un siglo pero que no se ha concretado, entre otras cosas, porque nuestro proletariado enfrenta a una oligarquía sanguinaria que no le tiembla la mano para desaparecer a más de cien mil personas. Si Petro mantiene la coherencia de su discurso los trabajadores tendremos por fin un Gobierno que responda a sus inquietudes y a su voluntad de organizarse y no con la metralla asesina. En principio, no nos oponemos a sus reformas; aunque no sean solución definitiva, algún alivio traerán y por supuesto que agradeceríamos que se reduzca el número de compañeras y compañeros que sufren hambre, que no pueden acceder a educación de calidad, que no encuentran un trabajo digno o que en la lucha por la supervivencia no logran garantizar un mínimo auxilio para que sus mayores vivan tranquilos sus años dorados. Si todo esto pasa, los revolucionarios no podemos oponernos.

Sin embargo, no podemos dejar todo a la fe y las buenas intenciones de un proyecto que, si se analiza críticamente desde su posición de clase, termina teniendo un alcance limitado y promete muchas dificultades de maniobra bajo la crisis económica más dura que haya conocido el capitalismo en toda su historia. Cada avance que traiga el Pacto Histórico debe ser defendido por la clase trabajadora como consecuencia de su lucha sesquicentenaria y aprovechado para organizarse en partido encontrando en sus filas a los mejores y más decididos elementos. La posibilidad de reunirse sin tener que enfrentar la represión de la Policía debe ser aprovechada adelantando todos esos debates de los que hasta ahora los trabajadores hemos estado excluidos. 

Nuestra historia, nuestra posición sobre la situación económica, nuestros análisis sobre la realidad política, han de estar en las calles, en las plazas y en todos los lugares de encuentro de la clase trabajadora. Cuando los discursos de la burguesía han perdido toda validez, nos corresponde proponer las soluciones a nuestros problemas y prepararnos para luchar por dirigir los destinos del país. Esto solo lo podremos hacer tras socializar la propiedad sobre los medios de producción para ponerlos bajo el control democrático de los obreros. El gobierno del Pacto Histórico sólo tendrá razón de ser si hacemos de él el primer paso para construir el partido de la clase obrera, aquel que ponga  al socialismo en la agenda y en su programa; es decir, el partido que nos impulse a pasar del reino de la necesidad al reino de la abundancia, a hacer de nuestra sociedad una donde el libre desarrollo de cada uno sea la condición del libre desarrollo de todos. Nos merecemos esa victoria y será nuestra.

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Maria Espinoza

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