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¿Cómo entender la inflación en Colombia?

¿Cómo entender la inflación en Colombia?

El cierre del 2021 y el Año Nuevo no cumplieron con la mínima promesa de estabilidad, antes más bien la incertidumbre y los problemas parecen multiplicarse en todo el mundo. Especialmente las contradicciones del manejo de la política económica desde la crisis de 2008 siguen sin dar una base sólida para una recuperación. Estamos hablando de décadas perdidas para gran parte de la clase trabajadora gracias al aumento de la precarización. Todo esto no es más que la materialización de la lucha de clases, y las contradicciones cada vez más evidentes del sistema capitalista.

La mayoría de analistas, en el peor de los casos apologistas del sistema y en el mejor incapaces de ver una alternativa al sistema económico, se encuentran enfrascados en discusiones bizantinas respecto a qué herramientas utilizar para contener los problemas desatados por la pandemia. 

Estos últimos no son pocos, con las cadenas de suministro en problemas derivado de los entramados de “eficiencia” (la famosa metodología “just in time”), las restricciones en las zonas manufactureras de Asia (especialmente China) y la aparición de la nueva variante “omicron” han provocado un nuevo descalabro. La respuesta a la crisis solo está provocando nuevas burbujas, con dinero fácil circulando en los mercados financieros, especulación, y una cada vez mayor búsqueda por parte de la burguesía de que la clase trabajadora pague la crisis con austeridad. 

Para el caso colombiano, estas contradicciones han explotado con una inflación generalizada, con un importante aumento en productos de primera necesidad como alimentos y transporte. Colombia, con un modelo económico rentista y dependiente, ha sufrido los embates tanto de la crisis logística, como de la inestabilidad en los mercados financieros. La pérdida de valor del peso colombiano en los mercados internacionales está provocando que las importaciones se encarezcan mientras la concentración de ingresos y la pobreza aumentan. Esto es derivado de los TLC y la apertura económica, que pesan en la canasta familiar.

Si la pandemia devastó los tímidos intentos de política social impulsados desde 2010, 2022 pinta como un año donde económicamente la línea entre la burguesía y la clase trabajadora se definirá aún más nítidamente. Hay que entender que la inflación es realmente una consecuencia de la devastación de la llamada “economía real”, y que si continúa forzará a eliminar las condiciones de dinero fácil, explotando burbujas y creando nuevas crisis. Por otro lado, si se decide aumentar los ingresos lo más probable es que la respuesta sea desempleo, ya no solo en los niveles bajos, sino en medios y altos, creando mayores problemas para los Estados, en un momento donde las soluciones bonapartistas, populistas y antidemocráticas se avizoran en muchos países.

El golpe de la inflación y la carestía están provocando cada vez más grietas en las élites que han dominado la sociedad colombiana. Mientras los más ortodoxos abogan por mantener un sistema cada vez más insostenible, los reformistas están tomando aires nuevos, pero sin querer romper el sistema, sino simplemente llevarlo nuevamente a una “era dorada” amparados en políticas keynesianas de expansión del gasto y aumento de la tributación de ingresos altos.

De hecho, la palabra “planificación” satanizada con la crisis de 1970 y sobre todo con la caída de la URSS ha tenido un renacer en los discursos académicos y de política económica. Incluso algunos han empezado a plantear la idea de “controles de precios estratégicos” siguiendo el modelo (cuestionado) del New Deal en los años 40 en EUA. Para Colombia, esto se ha traducido en discursos reformistas tanto desde la derecha como de la izquierda, como se pudo ver en el aumento consensuado del salario mínimo para 2022.

El gasto público como herramienta si se ha desarrollado, pero los instrumentos creados han sido más que nada subsidios a los grandes capitales (la pésima reforma tributaria de 2018) y una transferencia directa de Ingreso Solidario. Es decir, soluciones que no terminan de ser estables dado que dependen de un ingreso público sólido (que no se ha logrado y una de las razones aducidas para la degradación de la deuda pública colombiana por las calificadoras). 

Pero esto solo demuestra que el sistema está cada vez más agotado. El tratar de reeditar experiencias pasadas, de un reformismo que lleve a una nueva “era gloriosa” adolece de que al contrario de 1945-1973, el capitalismo está en una etapa senil. El progreso es real únicamente para los dueños de los medios de producción, con la masa de trabajadores condenados en su mayoría a una explotación intensa. 

No es de extrañar que en Colombia, una economía dependiente, esto se traduzca en que esto sea más extremo. La única realidad donde se podría eliminar esto es a través de una planificación centralizada, basada en el control obrero de los medios de producción, una verdadera economía socialista que elimine todo vestigio de las relaciones de explotación capitalista. Cualquier punto intermedio ya no es sostenible, pues las reformas deben financiarse y los capitalistas no están dispuestos a ceder mucho más de lo que ellos piensan que han cedido.

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Luis Aristizabal

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