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La migración no es el problema

La migración no es el problema

La migración como fenómeno histórico

Desde que nuestra especie se diseminó por el planeta, la migración ha sido un fenómeno inherente a la humanidad. Si bien cada instancia de este fenómeno viene con dinámicas propias, todas las instancias comparten ciertos rasgos, como el escapar de determinadas condiciones materiales (por ejemplo, cuando estas amenacen la supervivencia) y/o la búsqueda de mayor prosperidad en el punto de destino. 

Las migraciones han acompañado a todas las sociedades humanas, como muestran los registros históricos, desde la antigua Mesopotamia, pasando por el Imperio Romano, los nómadas en Asia Central, la colonización de América, hasta llegar a los siglos XIX y XX, prácticamente los siglos de migración. Por tanto, la migración es un fenómeno que tiene que ver con condiciones materiales específicas, que a la vez se inscriben dentro de las dinámicas propias de los sistemas económicos y sociales existentes tanto en los lugares de origen como de destino. 

Asimismo, también ha sido una fuente constante de conflicto, entre los habitantes del lugar de destino y los migrantes. Sin embargo, es en el siglo XIX y XX con el establecimiento del nacionalismo como una idiosincrasia, derivado del fortalecimiento del concepto de “Estado nación” que estas diferencias evolucionan. 

La migración venezolana

En el caso de Colombia, históricamente un país aislado (en 1970 era apodado como “el Tíbet de América Latina”), la migración ha sido un fenómeno complejo e interno. Durante los últimos años del siglo XX, se ha convertido más en un fenómeno de expulsión que de recepción, dadas las condiciones de guerra civil, desplazamientos forzados y bajo desarrollo económico. 

Derivado de la crisis en Venezuela, se ha visto una reversión de este flujo migratorio, convirtiéndo a Colombia ahora en un país receptor. ¿Cómo afecta esto las dinámicas sociales, económicas y políticas en Colombia? Como se señalaba anteriormente, en el siglo XX, la emigración era mayor a la inmigración. La mayoría de esta emigración se dirigió a Venezuela dadas las condiciones de bonanza petrolera desde 1970.

La realidad material era que los migrantes rellenaban mayoritariamente puestos de trabajo demandados por la creciente industria petrolera. En suma, la fuerza de trabajo se dirigía a las necesidades del capitalismo rentista. Hay que notar que el Estado venezolano en esos años no tuvo una actitud xenófoba, y generalmente los migrantes lograron regularizar su situación (en caso de decidir residir permanentemente) o ahorrar para regresar a su lugar de origen. 

Para 1981 se estimaba que 500 mil colombianos de origen residían en Venezuela, disminuyendo durante la crisis de 1989, y volviendo a subir entre 1999-2003 cuando se contabilizaron 1,3 millones de colombianos. Este pico coincidió con el recrudecimiento de la guerra civil en Colombia, y un masivo flujo de desplazados que se convirtieron en refugiados.

Dinamica revertida: 

En estos años la Revolución Bolivariana estaba empezando a consolidarse en el poder en Venezuela, y de hecho la Constitución de 1999 garantiza el derecho a refugio y asilo. Sin embargo, nunca se logró estabilizar la situación legal de muchos migrantes, lo que no evitó que esta población fuera beneficiada con los proyectos sociales del Estado venezolano, llegando incluso a casos de personas en Arauca y Norte de Santander que estudiaban y recibían atención médica en Venezuela ante el abandono de las autoridades colombianas.

Las condiciones materiales en Venezuela ayudaban a ser un foco de atracción, y a pesar de las limitantes, muchos lograron desarrollarse de una manera que no hubiera sido posible de haberse quedado en Colombia, El flujo del trabajo seguía la dinámica del  flujo del capital. Hay que recordar que en esos momentos Colombia era uno de los principales socios comerciales de Venezuela, y muchos de los grandes empresarios burgueses venezolanos invertían en Colombia.

Sin embargo, la situación cambia con el inicio de la caída de los precios del petróleo en 2014, que desembocan finalmente en la crisis de 2015 en Venezuela. Para 2016, con el recrudecimiento de las sanciones económicas y el colapso inflacionario, las condiciones materiales cambian diametralmente. Venezuela queda económicamente por los suelos, con un Estado que sobrevive y que también empieza a revertir muchos de los progresos sociales, en aras de negociar con la oposición y Washington. También hay que mencionar en medio de esto la decisión del gobierno venezolano en 2015 de retornar o deportar a cerca de 700 mil colombianos residentes en Venezuela en el marco de una disputa diplomática con Colombia referente a las denuncias de apoyo a grupos paramilitares en la frontera.

En este panorama, empieza un éxodo desde Venezuela. En principio, los flujos eran parecidos a los de los colombianos en 1999-2003 (contándose por cientos de miles) pero la acumulación y los sucesivos intentos de estrangulación económica llevaron a un crecimiento mayor al esperado siquiera por las autoridades colombianas. Se estima que para 2020, cerca de 1,7 millones de venezolanos residen en Colombia, de estos 900 mil en situación “irregular”. 

El inmigrante como chivo expiatorio:

La migración venezolana en Colombia es una reacción al colapso económico en Venezuela, y lo que ha mostrado es la debilidad estructural de la economía colombiana. Con un mayor número de migrantes, una salida fácil de explicar los problemas arrastrados en Colombia  (desempleo, estancamiento económico e inseguridad) ha sido culparlos algo que ha arreciado en los últimos años en declaraciones de varios gobernantes locales (como Claudia López en Bogotá o anteriormente Rodolfo Hernández en Bucaramanga).  Ello a pesar de que los datos muestran que por ejemplo no hay un sesgo en cuanto al número de extranjeros reportados en hurtos (entre el 1.5% al 2%). 

Asimismo, y a diferencia de los flujos en los años 70, la ilegalidad en la frontera ha llegado a un punto crítico. El control de los pasos ilegales (“trochas”) en la zona en los departamentos de Arauca, Norte de Santander y Casanare con los departamentos venezolanos de Táchira, Apure y Amazonas por parte de disidencias y otros actores ilegales es una muestra del debilitamiento del Estado venezolano y la nula presencia del colombiano. La realidad material de los migrantes es de una extrema precarización, al tener trabajos informales y de rebusque, y en el caso de mujeres muchas se orillan a la prostitución como una última opción.

Fronteras abiertas:

La migración ha acompañado a la humanidad a lo largo de la historia, con características específicas según las condiciones materiales y subjetivas presentes, siendo una experiencia dialéctica en todo el sentido del término. En esta era, donde parece que la xenofobia es un fenómeno irredentista, lo que se demuestra es que en realidad lo que nos divide es el capitalismo. 

El que una gran parte de seres humanos busquen prosperidad y desarrollo solo hace que eventualmente sus experiencias se unan a las de los habitantes de países receptores. El materialismo dialéctico nos muestra que esto lleva a la explicación de que la causa real de los problemas es el capitalismo. Por tanto, el fenómeno migratorio entre Colombia y Venezuela solo nos muestra lo interrelacionado que ambos se encuentran como región, y que la solución de fondo es trascender a este sistema en decadencia.

No está en el interés del obrero mantener lealtad hacia el estado-nación debido al papel que este juega: la división de la clase obrera internacional y la combinación de los intereses de los obreros y la clase dominante de un país sobre una base inexistente. Efectivamente, el nacionalismo es como la clase dominante divide a la clase obrera, explotando a los migrantes y oprimiéndolos para decirle a la clase obrera nacional que sus intereses yace enteramente en la defensa de la nación. La gran ironía es que la clase dominante depende de la labor de los inmigrantes tanto para poder mantener los sueldos de la clase obrera al nivel de subsistencia como para mantener la división de trabajo actual, en donde los inmigrantes hacen los trabajos menos especializados para preservar el interés de los estratos más altos de la clase obrera en mantener el sistema. 

Es esencial para el socialismo la defensa de las fronteras abiertas y el movimiento libre de la clase. El marxismo es internacionalista y lucha por la unidad de la clase obrera a traves del globo. La única manera en que podemos defendernos de los ataques de la burguesía en cada nación es derribando las fronteras que la clase dominante ha creado para poder controlar sus mercados nacionales. Solo de esta manera se podrá poner fin al estado-nación, ese freno decrepito en las fuerzas productivas que evita la colaboración de las fuerzas productivas a nivel internacional.

Es claro que la causa detrás del flujo de migrantes venezolanos a Colombia es la crisis del reformismo que ahora mismo vive ese país. No lo negamos. Pero la crisis económica colombiana no es causada por este flujo de migración. Esta es causada enteramente por la pobre gestión de una oligarquía servil a los intereses del imperialismo. El verdadero enemigo del obrero colombiano es la clase dominante que no tiene ningún problema en asesinar a nuestros líderes sociales y sindicalistas, aquella que implementa austeridad en medio de la peor crisis económica en la historia, aquella que no tiene ningún problema robando billones de pesos de los pobres para darle a los ricos. La tarea de los obreros colombianos es la de liderar a los estudiantes, campesinos y los migrantes (entre otros) a la victoria en contra de este enemigo. 

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Consejo Editorial De Colombia Marxista

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