Historia

Lecciones del Paro Cívico de 1977

Lecciones del Paro Cívico de 1977

El 13 de septiembre de 1977 la pirotecnia de unos voladores estalló en la noche bogotana anunciando el comienzo del Paro Cívico Nacional: un levantamiento de índole  urbana en el que marcharon alrededor de un millón de trabajadores y que marcó una parte importante de la historia colombiana; sobre todo, por sus repercusiones sociales y por la inevitable relación que se le hace con el Paro Nacional que definió el 2021. No obstante, su comprensión no puede ser mecánica. Es necesario extraer de allí los aprendizajes históricos.

Periodos de crisis y movimiento:

En abril de ese año los concejales Teófilo Forero y Mario Upegüi, del PCC (Partido Comunista Colombiano), hicieron el llamado a la protesta desde el Concejo de Bogotá, en censura por el aumento de la pobreza con la que se vivía en los barrios marginados de la ciudad. Después de ser rechazado por la corporación llevaron la idea a los sindicatos, donde ganó fuerza y comenzó a ser impulsada hasta que, en junio, la CSTC (Confederación Sindical de Trabajadores de Colombia) llamó al levantamiento popular bajo los puntos de congelamiento de precios y el alza del salario mínimo en un 50 %. Igualmente, llamaba a contactar a todas las organizaciones barriales para comenzar a agitar a favor de esta idea.

El proletariado se aglutina en las ciudades, forjando su capacidad organizativa. El desplazamiento forzado debido al período de La Violencia (1946-1958), intensificado después del Bogotazo y reforzado por el abandono estatal de las zonas rurales, llevó a muchos campesinos pobres, junto con sus familias, a las áreas urbanas, donde engrosaban la capa empobrecida de marginalidad, siempre falta de oportunidades de empleo o estudio. El censo de 1938 registraba una población urbana del 30,9 % que para  1973 llegó al 64%. El crecimiento urbano repuntó entre 1951 y 1964. De esa multitud, muchos se lograron conectar como empleados estatales o de industrias nacientes, originadas en el pequeño boom industrial de la década de los cincuenta, reforzando las estructuras organizativas y generando unas nuevas alrededor de necesidades básicas como la vivienda, la salud, la educación primaria y la necesidad de servicios básicos. Esto último como parte de la proliferación de barrios de invasión debido al crecimiento demográfico.

Justamente serían estas organizaciones barriales las que jugarían un papel fundamental en la preparación y desarrollo del Paro Cívico, pues sus bases eran, en su mayoría, todas esas masas empobrecidas que habían comprendido que todo logro de la clase obrera exige organización. La falta de expansión de la industria durante este periodo asfixió a la economía nacional y llevó a la bancarrota a muchas fábricas que no encontraron una interacción con la zona agraria. Por eso, para mitad de la década del setenta, aumenta notablemente la informalidad laboral, la delincuencia, y el trabajo a destajo. De hecho, el llamado al levantamiento comenzó a darle un sentido mayor a esos consejos alrededor de los cuales se juntaban los descontentos derivados de la crisis y el desempleo.

Desde inicios de la década una crisis petrolera que había afectado las divisas, aumentadas por la subida de precios del dólar de Estados Unidos para protegerse de la inflación, provocó el empobrecimiento de los países más dependientes del imperio. En Latinoamérica, la mayoría de su territorio sufría este fenómeno, por lo que enfrentó la dramática situación de verse bajo la égida de gobiernos tiranos que habían sido impuestos por el dinero estadounidense con la intención de que no se repitieran fenómenos como el de Cuba. La derecha se imponía en varios países de la región bajo la forma de dictaduras militares. Éstas aprovecharon la recesión para privatizar y aumentar su ataque contra las clases oprimidas, sobre todo contra el proletariado. Las dictaduras de Videla en Argentina (1976-1981), Pinochet en Chile (1974-1990) y Francisco Morales en Perú (1975-1980), eran muestra de esto, así como los regímenes autoritarios y anticomunistas que imperaban en Centroamérica (los Somoza en Nicaragua, el Movimiento de Liberación Nacional en Guatemala o el Partido de Conciliación Nacional en El Salvador). El impacto en la calidad de vida de las mayorías se reflejó en el aumento de la pobreza que, según la CEPAL (Comisión Económica para América Latina y el Caribe), pasó de 26 %, a inicios de la década, a 31% para finales de la siguiente.

Bajo esas condiciones, los alzamientos populares estaban a la orden del día. El último par de décadas había dejado experiencias importantes en todo el mundo, como el mayo del 68 en Francia, El Halconazo en México (junio de 1971), donde un levantamiento estudiantil fue reprimido violentamente, o la ya mencionada Revolución Cubana. Estos eventos repercutieron en la formación de guerrillas, movimientos sociales o facciones políticas en todo el continente. Debido a las condiciones del momento, más que tendencias revolucionarias, predominaban los liderazgos pequeño burgueses, siempre propensos al sectarismo o al oportunismo. Nuestro país no vivía un momento diferente. Todo lo que se veía afuera se intentaba adaptar a nuestras particulares condiciones pero sin un fundamento teórico claro.

Fuerzas políticas:

En la presidencia de Colombia se encontraba el liberal Alfonso López Michelsen, uno de los fundadores, en 1959, del MRL (Movimiento Revolucionario Liberal), facción que intentaba llegar al poder alejada del trato bipartidista nacido del Frente Nacional. Para 1977 este reformista liberal se habría “curado” de su rebeldía y terminaría subiendo al poder bajo el cobijo del partido que “combatió” e impulsado por el PCC con su reiterada estrategia de Frente Popular. Su presidencia se desarrolló en medio de un ambiente de descontento general a raíz de la imposición de una reforma tributaria que golpeó a las mayorías y haciendo frente al agotamiento popular derivado del pacto político entre conservadores y liberales, que negaba cualquier tipo de participación política a otros partidos o posiciones, conocido como Frente Nacional (1958-1974).

El gobierno del “Pollo” López (1974-1978), hijo del presidente López Pumarejo (1934-1938; 1942-1945), contribuyó al ascenso del narcotráfico con el apoyo de la llamada  “Ventanilla Siniestra” del Banco de la República, que permitió el lavado de dinero proveniente del tráfico de marihuana. Esto en un momento de crisis. Además se intensificaron la represión, la violencia contra los trabajadores y el ataque directo al sindicalismo. En este sentido, se abusó de la implementación intermitente del estado de sitio, el cual le otorgaba facultades extraordinarias al presidente para expedir decretos y normas para “defender los derechos de la Nación o reprimir el alzamiento”. Es decir, se legitimaba la dictadura. El artículo estaba en la constitución de 1886 y se usó en múltiples ocasiones desde entonces. Su empleo fue más frecuente después de 1949, un año después del Bogotazo, cuando el presidente Mariano Ospina Perez (1946-1950) fue amenazado con un juicio público por el Congreso al que respondió con soldados y cerrando el Capitolio. A partir de ahí, gobernó por medio de decretos. Los siguientes gobernantes mantuvieron esta costumbre, al punto que el “estado de excepción” se hizo cotidiano.

Para el periodo que nos compete, dicho estado se había activado debido a manifestaciones hechas por parte del gremio de la salud realizadas a finales de 1976, y se mantuvo para enfrentar las movilizaciones que se preveían a futuro. Era un temor con fundamento, pues entre 1970 y 1977 ocurrieron 72 movilizaciones de las 88 contabilizadas a partir de 1958.   

La participación de los sindicatos, a pesar de su burocratización y anquilosamiento, se mantenía fuerte y seguían utilizando las movilizaciones como forma de lucha aumentando su combatividad. Por presión de las bases, entre 1976 y 1977, los sindicatos realizaron el 40 % de las huelgas hechas durante este periodo. Es por eso que su llamado despierta tanto el interés de las masas como el de toda clase de oportunismos para congraciarse con el interés de la población. Estando en año electoral este grupo de personajes intensificaron sus intervenciones, pero cuando la cosa se puso seria, varios de ellos, incluyendo la fracción conservadora, se retractaron de su apoyo al Paro e influyeron en la pequeña burguesía con la táctica del miedo para ponerlos en contra de los manifestantes.   

Ya que las organizaciones barriales fueron las propuestas por los mismo sindicatos para preparar el Paro Cívico, fue allí donde fue a parar la atención de todos los que querían intervenir en el movimiento. El PCC, principal impulsor, era el que más influencia organizativa tenía, pero también llegaron muchas otras líneas que por sus sectarismos y dogmatismos terminaron siendo rechazados por la gente y terminaron repudiando al Paro. Incluso algunos, como el MOIR (Movimiento Obrero Independiente y Revolucionario, organización de corte maoista) se expresaron en contra del llamado a movilización y tan sólo se volvieron a acercar, sólo de palabra, cuando vieron la inminencia de la revuelta. Algo parecido aconteció con parte del movimiento estudiantil que en aquel entonces era de mayoría pequeño burguesa y fuertemente influenciados por el guerrillerismo y por consiguiente no apoyaron el paro.

Al final quedaron a la cabeza los liderazgos populares y las bases de estos partidos, perfilando así la lucha desde la perspectiva de la clase proletaria.  Evidencia de ello es que “(…) de las 252 organizaciones que enviaron representación al cabildo obrero y popular realizado el 28 de agosto en la sede del Sindicato de Trabajadores de la Construcción Sindicons, muchas eran grupos de vecinos, juntas de acción comunal, comités contra el impuesto de valorización, comités de los barrios de PROVIVIENDA, etc”. 

Estas mayorías, a pesar de la falta de un liderazgo efectivo habían determinado seguir a los sindicatos, debido al listado de demandas hecho por las centrales y su determinación a salir. Lo cierto es que las coordinadoras habían presentado su pliego, unos meses antes, exigiendo aumento salarial, congelación de precios y tarifas, levantamiento del estado de sitio, desmilitarización de las universidades y del campo, solución al problema agrario, regulación de las ocho horas de trabajo, entre otras demandas. Esto, con el fin de presionar al gobierno pero sin ninguna pretensión de ir más lejos. Fue la apatía burlona del presidente ante los pedidos lo que encendió la mecha de las masas que terminaron haciendo presión para que el anhelado paro se diera. Sin argumentos para detener al movimiento, los sindicatos siguieron adelante. 

El paro: 

Desde primeras horas de la mañana quedó claro que la manifestación no iba a ser pequeña y esto se reflejó en la parálisis al transporte que, según Medofilo Medina, fue así: ​​Bogotá, entre 90 y 95 %; Barranquilla, 70 %; Cali, 60 %; Santa Marta, 80 %; Barrancabermeja, 100 %; Medellín, 30 %. La organización barrial planeó los cierres de calle y los bloqueos, varios días antes, además de hacer trabajo vecinal para recibir apoyo durante la realización de las marchas. 

La clase trabajadora también respondió al llamado:

 “(…) de ​​150 empresas, los administradores de 120 informaron que no había habido paro, al paso que en treinta el cese había sido total. Debe entenderse que en las empresas donde hubo trabajo, las actividades se vieron afectadas sustancialmente. En Barranquilla el índice de participación de los trabajadores de la industria en el paro fue muy alto. Según FESUTRAL, el 87% de las empresas pararon. En Cali cesaron actividades los trabajadores de cincuenta empresas, especialmente en la zona industrial de Yumbo. En Medellín el cese de actividades en la industria fue comparativamente débil y afectó especialmente a industrias medianas y pequeñas. En Barrancabermeja el paro fue total.”

Este grado de participación puso en alerta al Gobierno que respondió con toda la violencia que tenía reservada. La potencia de la respuesta exaltó los ánimos y radicalizó a las masas. Al inicio la organización mostró su efecto. Por ejemplo, en los barrios populares más fuertes se logró la liberación de algunos manifestantes presos durante las primeras revueltas. Las masas sin temor enfrentaron las primeras amenazas con armas de fuego. No obstante, la fuerza militar fue más fuerte y estratégica. 

Para las horas de la tarde la espontaneidad se apoderó de las marchas. No se había planificado una larga duración de estas lo que restó contundencia a la resistencia y alentó al contraataque militar. Algunas de las guerrillas de la época tuvieron cierta participación dentro del Paro, sobre todo con la intención de hacer proselitismo, sin embargo su ayuda en los momentos más álgidos de violencia fue inexistente. La excusa, de algunos de sus ex integrantes, es que, al ser un paro cívico, no debía intervenir un elemento armado. El hecho de que no comprendieran la importancia de apoyar un levantamiento popular demuestra su incapacidad política y teórica. Ejemplo de ello puede ser el M-19 que en su discurso parecían entender que “la eficacia del aparato militar se logra… sólo si él está apoyado en el movimiento de masas”, pero en la realidad estaban aislados por necesidad estratégica, como el resto de estas organizaciones.   

Para el final de la noche varias ciudades implantaron el toque de queda y este fue ignorado por los manifestantes más radicales que finalmente fueron acorralados hasta el arresto o el asesinato. En su mayoría el PCN no duró más de dos días y dejó 33 personas muertas, más de 3000 heridas y miles detenidas. Incluso se habilitaron, en la capital, el Estadio El Campín y la Plaza de Toros para apresar a los detenidos y torturarlos. 

La respuesta, por parte de los partidos tradicionales, fue la de alinearse rechazando las protestas y exigiendo su pronta represión.  A partir de aquí se desató una campaña contra los líderes de todas las edades y posturas en los barrios populares de las principales ciudades. Esta persecución dio pie para que muchos, asustados y sin una perspectiva clara, entraran a las guerrillas reforzando sus filas.  

Otros que se vieron beneficiados fueron los sindicatos, pues hubo un crecimiento en sus filas. Sin embargo las pugnas internas por el liderazgo pequeño burgués y  las presiones desde arriba con reformas y políticas de desempleo generaron  una pronta recaída de las centrales que para la siguiente década cayeron a lo más bajo. Sin embargo, FECODE (Federación Colombiana de Educadores) se fortaleció y mantuvo hasta el día de hoy, siendo uno de los sindicatos más grandes y combativos del país con 270.000 docentes afiliados, después de lograr, gracias a estas luchas, el Estatuto de Educación, que mejoraba la seguridad laboral del magisterio 

Con la marea baja, las izquierdas aprovecharon el descontento para acrecentar sus números y generar influencia, siempre con un objetivo electoral, pero no con la intención de llevar la lucha a su destino lógico, menos para preparar a las masas para futuros enfrentamientos. Esto sólo llenó de desilusión a las mayorías que a pesar del avance político y los logros del paro decayeron en el escepticismo y la derrota. Situación reflejada durante los años posteriores. 

Conclusiones: 

Otros logros del paro fueron el aumento del salario mínimo nominal y real, aumentando paulatinamente hasta llegar a un 16.1% por encima de lo que estaba en 1977. Hubo un impulso a las luchas urbanas que se mantuvieron hasta 1980, pero tuvieron un auge en 1978 y 1979, con un total de veintidós paros cívicos realizados en ese periodo. Igualmente se logró el descrédito de López Michelsen y de su gabinete, que terminó con la renuncia de cuatro ministros, dos de ellos directamente relacionados con el paro: el ministro de Gobierno y el de Hacienda.  

También se impulsaron algunas reformas  con la intención de contentar los ánimos y para el gobierno entrante, el de Turbay Ayala, se dejaron las leyes represivas como el Estatuto de Seguridad que fortaleció la represión. Este elemento violento se fundamentaba en grupos ilegales provenientes del narcotráfico que ya se cimentaba con fuerza debido al tráfico de marihuana. 

Tratando de hacer un balance con el reciente proceso del Paro Nacional que se inició el 28 de abril, se deben resaltar algunas similitudes y diferencias. Primero, en cuanto a duración y base numérica hay una diferencia importante. En 1977 la mayoría que participó fue la clase obrera bajo las agrupaciones, agremiaciones y organizaciones conformadas por ella misma. Hoy la cosa es diferente, pues el interclasismo del movimiento es más que evidente. 

Por otro lado las izquierdas, aunque no en su mejor momento, están en el presente, un poco más fortalecidas que en aquel entonces y sostienen un apoyo mayor que en esa época. La búsqueda de la gente va en pro de aquel que represente la cara más opuesta a la elite dominante. Ese también es otro factor diferencial, y es que nuestra clase dominante está en uno de sus peores momentos. Desde lo social tiene el apoyo más bajo en años y tienen un enemigo mucho más formado a la vista. 

Ahora, en relación con la organización de la masa, la situación es más urgente y desesperada hoy. Las agremiaciones sindicales no tuvieron el mismo protagonismo en este levantamiento que en el de entonces y la verdad es que no tienen la credibilidad de ese momento. La cantidad de sindicalización es muy baja hoy —4% frente a 16 %—, hay mucho trabajo informal y aunque la masa trabajadora organizada aviva la llama y da fuerza al movimiento cuando participa, su liderazgo no combina con las exigencias de hoy. Hablar de un aumento significativo del número de inscritos en los sindicatos no parece tener sentido, sobre todo porque desde allí no se ve que quieran hacer un esfuerzo para este fin. Como, por ejemplo, intentando organizar a la población informal. 

Así mismo, el punto de las guerrillas no se ven como un desencadenante hoy. No hay el dinero de la Unión Soviética o China para mantener insurgencias, no están las actuales con finalidades medianamente políticas para aglutinar masas y muchos jóvenes comprenden este momento histórico como algo ya vivido. El interés por el movimiento guerrillero ha decrecido significativamente. Pueden haber levantamientos armados aquí y allá pero se ve poco probable que trascienda o llegue lejos. Lo que sí se ve es una intención de reorganización de la gente desde la base, buscando reactivar lo colectivo en barrios, pueblos y ciudades. Buscando, además, sus propias representaciones en la ANP (Asamblea Nacional Popular), las Primeras Líneas, en las izquierdas reformistas y en lo electoral. Las experiencias organizativas que aún no hemos experimentado se quieren experimentar. La ultraizquierda puede venir de otro color. 

El problema de estos dos levantamientos se fundamenta en la falta de un liderazgo revolucionario, en la falta de una organización obrera, con perspectivas socialistas que tome las necesidades de la gente y sus consignas como banderas para llevarlas a un estadio más alto con un programa efectivo. En los setenta fue el programa lo que llamó a eso, hoy el descontento es más grande, la crisis más intensa, las mayorías más numerosas y la necesidad más imperiosa. Construir ese partido es una prioridad y se necesita de las masas organizadas bajo auténticas ideas revolucionarias para enfrentar los retos del futuro. Los sindicatos y partidos deben ser una escuela para la clase trabajadora que les ayuda a comprender la importancia de la fuerza colectiva y lo imperioso de conquistar el poder político, ese es el objetivo de los trabajadores y su victoria será el socialismo.


Referencias:

1: Información extraída de “Un día de septiembre. Testimonios del Paro Cívico” de Arturo Alape. 

2: Extraído de “La protesta urbana en Colombia en el siglo XX” de Medofilo Medina. p. 154. 

3: Ídem. p. 152. 

4: Extraído de “Siembra vientos y recogerás tempestades” de Patricia Lara. p. 109

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Rosa Espinoza

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