Teoría

¿Es Abelardo de la Espriella fascista?

¿Es Abelardo de la Espriella fascista?

La ola de elecciones de derecha en América Latina ha planteado la cuestión del regreso del fascismo para muchos jóvenes y obreros. En Colombia, la elección de Abelardo de la Espriella con una plataforma que propone la importación del modelo Bukele ha reforzado esta noción. La dirección del Pacto Histórico, en la voz de Iván Cepeda, ha hecho sonar las alarmas sobre el decreto anti-protesta del actual gobierno, al que señala como el inicio de una deriva autoritaria que socava la Constitución del 91. 

Igualmente, la CUT (la central obrera más grande del país) ha llamado al gobierno de Abelardo «fascista y neoliberal» mientras que el ex-presidente Gustavo Petro, dirigente del Pacto Histórico, describió a su sucesor como un representante del «fascismo mafioso». 

Para los comunistas, la lucha contra Abelardo de la Espriella y la clase que representa inicia con la caracterización adecuada de su régimen. Un rótulo no es suficiente para delinear qué tácticas y estrategias se desprenden del momento. Es necesario analizar concretamente con qué fenómeno estamos tratando. Cómo escribió el historiador británico E.H Carr: «Es el objetivo de promover la salud lo que da lugar a la medicina y es el objetivo de construir puentes lo que da lugar a la ciencia de la ingeniería. El deseo de curar los males del cuerpo político ha sido el motor y la fuente de inspiración a las ciencias políticas.» 

De esta misma manera, alguien que aspira a curar el cuerpo político del virus del Abelardismo debe estudiar de manera científica los síntomas que este está causando en el cuerpo, su progresión y eventualmente la base misma de la disrupción.

¿Qué es el fascismo?

El movimiento fascista surge durante el periodo entre las dos guerras mundiales cómo el producto de la crisis causada por la destrucción de la Primera Guerra Mundial y de la oleada de revoluciones detonadas por la revolución bolchevique de 1917. 

Tanto en Italia cómo en Alemania y España, aparece de la misma dinámica: tras la derrota de las movilizaciones revolucionarias de la clase obrera, amplios sectores de las capas intermedias de la sociedad  (los pequeños empresarios, los campesinos propietarios de pequeñas parcelas y el lumpen) son organizados bajo la bandera del fascismo para aplastar las organizaciones de la clase obrera, a la que se le responsabiliza  por la crisis del capitalismo. De esta manera, el fascismo convierte el descontento de estos sectores en una fuerza de masas dirigida contra la clase obrera, con el objetivo de destruir sus organizaciones políticas y sindicales.

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En ese sentido, el fascismo representa un régimen de guerra civil unilateral, movilizando a la escoria de la sociedad contra la clase trabajadora con la misión de atomizarla y facilitar su explotación sin que los sindicatos puedan responder. 

Un dictador 

La realidad es que Abelardo no tiene un movimiento de masas detrás de él que pueda usar para hacer añicos a la oposición. Esta es la diferencia fundamental entre el fascismo, la democracia burguesa y las dictaduras militares. 

Una prueba de ello fueron las movilizaciones del 14 de octubre. Si Abelardo cuenta con un respaldo popular tan amplio, ¿por qué no convocó a sus simpatizantes a las calles para enfrentar directamente a los manifestantes? Después de todo, como presidente, habría podido incluso declarar un día cívico para facilitar su participación. La cuestión, por tanto, no es simplemente cuántas personas apoyan a su Gobierno, sino hasta qué punto ese apoyo puede transformarse en una fuerza de masas organizada y dispuesta a movilizarse contra la clase obrera.

Sin embargo, en este momento, sólo puede apoyarse en las fuerzas armadas del país. Estas gozan de tecnología formidable pero nada más representan a 0.8% de la población minoría dentro de la sociedad. Sin embargo, la directriz principal de la clase dominante para Abelardo es la estabilidad financiera. El despliegue prematuro de la represión sólo prepara un estallido social que causaría enormes pérdidas para la oligarquía nacional. 

Es enteramente posible que en su privacidad, Abelardo sueñe con una dictadura fascista y con la capacidad de doblegar la sociedad enteramente a su voluntad. La cuestión es que para hacerlo, necesita poder movilizar a millones de personas a ir más allá de su día a día y destruir físicamente las organizaciones sindicales. 

Ciertamente, los carteles y los paramilitares han sido alentados por la victoria de Abelardo. Pero al estar desconectados de un movimiento de masas, sólo pueden atacar de manera cobarde a individuos sin poder destruir las organizaciones de la clase obrera. 

En ese orden de ideas, es necesario que las organizaciones obreras usen todas las medidas correspondientes para proteger a sus militantes de esta escoria. Pero también es necesario tener un sentido claro de la correlación de fuerzas en esta instancia. La clase obrera todavía es mucho más poderosa que el aparato estatal, de ser organizada su furia. 

La democracia con garras

¿Si Abelardo no es un dictador fascista, es entonces un dictador militar? La fórmula del Pacto Histórico sugiere que las instituciones y la constitución todavía no han sido abrogadas y que Abelardo es un dictador en potencia, dispuesto a vulnerar la constitución del 91 a través de las fuerzas armadas. 

Es enteramiente cierto que Abelardo está usando herramientas de presión y coerción contra sus enemigos políticos dentro de las instituciones, cómo Bruce McMaster. Sin embargo, hay una razón por la que Iván Cepeda y Gustavo Petro no están siendo arrestados para preparar un juicio falso que justifique su ejecución cómo se haría en la Alemania Nazi: Semejante despliegue del aparato estatal prepararía un estallido social con el que la clase dominante no podría contender 

En realidad, lo que Abelardo está haciendo es quitarle la máscara a la naturaleza del estado burgués, que en esencia es la dictadura del capital. En teoría, lo está haciendo para defender la explotación de la clase obrera de parte del capital, removiendo a aquellos elementos que huelen al establishment político. Sobre esta base, quiere presentar un gobierno que supuestamente representa los intereses de los “nunca” (aquella masa amorfa de pequeños empresarios y obreros que “nunca” han gobernado). 

En realidad, es claro para millones de personas que su gobierno representa a los que siempre han gobernado el país: La alianza de los empresarios y terratenientes que considera que la única solución para la crisis del capitalismo colombiano es la implementación de un programa rapaz de austeridad que atraiga inversión del imperialismo estadounidense.

Esta es la razón por la que ha relanzado una guerra contra el narco y la ha usado cómo un pretexto para perseguir a la izquierda. Esto sirve para dos propósitos: 1) Presentarse cómo un outsider político que está luchando contra el establishment de Gustavo Petro, Juan Manuel Santos y Álvaro Uribe Vélez 2) justificar la eventual persecución de las organizaciones sociales al vincularlos al narcotráfico y la corrupción del país. Pero es claro que la clase dominante sabe que el consenso para semejante maniobra debe ser obtenido de manera cuidadosa. 

Ted Grant explicaba que los regímenes democráticos burgueses 

«poseen ciertos rasgos específicos comunes. Estos rasgos son decisivos a la hora de determinar la clasificación marxista. Todos tienen organizaciones obreras independientes: sindicatos, partidos, clubes, etc., con derechos. El derecho a la huelga, organización, voto, libertad de expresión, etc., y los otros derechos conseguidos con la lucha de clases del proletariado en el pasado. (Aquí deberíamos añadir que la pérdida de uno u otro derecho, por sí mismo, no es decisivo en nuestro análisis de un régimen. El factor determinante es la totalidad de las relaciones).»

En ese sentido, la pregunta que debería plantearse es: ¿A través de los últimos dos meses se han abolido los derechos a la huelga, la organización, voto o libertad de expresión? ¿Qué pasaría si lo intentaran?

Ciertamente, Abelardo ha tratado de coaccionar a la clase obrera a que no salga a las calles con la amenaza de la fuerza, cómo ocurrió en su alocución del 12 de Octubre. Pero el balance de fuerzas de clase le demostró que no podía desplegar el estado de manera militar para resolver la cuestión con plomo cómo quisiera. 

La correlación de fuerzas de clase

Como Trotsky explicó muy bien en sus escritos sobre el fascismo, el factor decisivo está en la correlación de las clases en cada periodo. La victoria de Hitler fue el producto de una serie de derrotas de revoluciones de la clase obrera (las revoluciones del 19 y del 23) al igual que la política suicida de la KPD que equiparó a los reformistas con los nazis, desarmando a la clase obrera en su confrontación con las huestes de Hitler. Esta no es la situación actual. 

Desde la firma de los acuerdos de paz de 2016, la clase obrera colombiana ha irrumpido en el escenario histórico después de ser desplazada por décadas por los grupos armados para la mortificación de la clase dominante colombiana, que nunca había tenido que hacer muchas concesiones. Sus organizaciones gozan de un apoyo amplio dentro de la población civil y logran movilizar a miles de personas contra el gobierno de Abelardo. Las movilizaciones del 7 y el 14 de Octubre demuestran que el descontento de la gente está ardiendo debajo de la superficie cómo magma esperando una expresión. 

El programa de Abelardo está diseñado para atacar los estándares de vida de una clase obrera que ha estado en pie de lucha en los últimos cinco años. La clase dominante lo ha elegido precisamente para ser el hombre que le venda a la clase obrera la necesidad de aceptar el dolor para que unos pocos puedan enriquecerse aún más. El problema es que el panorama político ha cambiado sustancialmente. Cada uno de los ataques de Abelardo es visto cómo un punto de quiebre para sectores amplios de la población. 

El trasfondo de esto es la inminente expresión en territorio nacional de la crisis del capitalismo mundial. La guerra en Irán y el super Niño están preparando una ola inflacionaria devastadora para los salarios de la clase obrera. Ante esta situación, la clase dominante claramente propondrá un programa de recortes salariales, austeridad en el estado de bienestar y finalmente un esquema de seguridad y financiación militar para reprimir las protestas contra estos recortes. 

Esto es una receta acabada para la lucha de clases. La última vez que la clase dominante confió en su aparato represivo hasta este nível, la clase obrera y la juventud salió a las calles sin miedo a la represión por dos meses generando pérdidas masivas para los grandes empresarios a través de los bloqueos. 

La realidad es que los siguientes cuatro años van a ser más difíciles para la clase dominante colombiana precisamente porque estarán a cargo del ejecutivo en medio de una policrisis del sistema capitalista que depara batallas titánicas de clase. De allí surgen los ataques a las condiciones de la clase obrera. 

Cuando este panorama es presentado en su entereza, la analogía de Abelardo con el fascismo cae por su propio peso. Ciertamente, su régimen representa la fuerza organizada de la burguesía para arremeter contra la clase obrera pero en su forma actual nada más representa el lado más cruel de la democracia burguesa, dispuesta a usar todo su aparato armado para defender los privilegios de unos pocos. Más no encontramos un gobierno capaz de movilizar a las masas a arremeter contra sus propias organizaciones. 

Esto no significa que no habrá represión y austeridad. Pero lo que sí significa es que esos ataques movilizarán a millones de personas que buscarán una solución para luchar contra el gobierno de Abelardo. En otras palabras: nunca ha habido un mejor periodo para ser comunista en la historia de este país. 

Cómo Trotsky explicó en 1940:

«No hay ocupación más inútil que la de especular sobre si conseguiremos o no crear un partido revolucionario líder y poderoso. Por delante se abre una perspectiva favorable, que justifica plenamente el activismo revolucionario. Es necesario aprovechar las oportunidades que se están abriendo y construir el partido revolucionario».

En esto se resume el deber de la juventud revolucionaria actual.

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Gabriel Galeano

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