Teoría

Introducción al Materialismo Histórico

Introducción al Materialismo Histórico

Los marxistas no ven la historia como una mera serie de hechos aislados, sino más bien, tratan de descubrir los procesos y leyes generales que rigen la naturaleza y la sociedad. La primera condición que establece la ciencia en general es que somos capaces de mirar más allá de lo particular y llegar a lo general. La idea de que la historia humana no se rige por ninguna ley es totalmente ajena a la ciencia.

¿Qué es la historia?

¿Por qué debemos aceptar que todo el universo, desde las partículas más diminutas a las galaxias más distantes puede ser determinado, y que los procesos que condicionan la evolución de todas las especies se rijan por leyes, y sin embargo, por alguna extraña razón, nuestra propia historia no? El método marxista analiza los resortes ocultos que sustentan el desarrollo de la sociedad humana, desde las sociedades tribales más tempranas hasta la época moderna. La forma en que el marxismo rastrea este sinuoso camino se llama la concepción materialista de la historia.

Los que niegan la existencia de leyes que rigen el desarrollo social humano estudian invariablemente la historia desde un punto de vista subjetivo y moralista. Pero más allá de los hechos aislados, es necesario discernir las tendencias generales, las transiciones de un sistema social a otro, y elaborar las fuerzas motrices fundamentales que determinan estas transiciones.

Antes de Marx y Engels la mayoría de la gente contemplaba la historia como una serie de acontecimientos inconexos o, para usar un término filosófico, “accidentes”. No había explicación general de esto, la historia no tenía leyes internas. Al establecer el fundamento  de que, en el fondo, todo el desarrollo humano depende del desarrollo de las fuerzas productivas, Marx y Engels situaron por primera vez el estudio de la historia sobre una base científica.

Este método científico nos permite entender la historia, no como una serie de incidentes inconexos e imprevistos, sino más bien como parte de un proceso claramente comprensible y relacionado entre sí. Se trata de una serie de acciones y reacciones que abarcan la política, la economía y todo el espectro del desarrollo social. Poner al descubierto la compleja relación dialéctica entre todos estos fenómenos es la tarea del materialismo histórico. La humanidad cambia constantemente la naturaleza a través del trabajo y, al hacerlo, cambia asimismo a la misma humanidad.

Una caricatura del marxismo

La Ciencia bajo el capitalismo tiende a ser cada vez menos y menos científica, cuanto más se aproxima al análisis de la sociedad. Las llamadas Ciencias Sociales (sociología, economía, política), y también la filosofía burguesa, en general, no aplican métodos genuinamente científicos en absoluto, y por lo tanto acaban intentando de una forma mal disimulada justificar el capitalismo, o al menos desacreditar al marxismo (lo que se reduce a lo mismo).

A pesar de las pretensiones “científicas” de los historiadores burgueses, la forma de interpretar la historia refleja inevitablemente un punto de vista de clase. Es un hecho que la historia de las guerras –incluyendo la lucha de clases– está escrita por los ganadores. En otras palabras, la selección e interpretación de estos acontecimientos están moldeadas por el resultado real de los conflictos, lo que afecta tanto a los historiadores como a la percepción de lo que el lector querrá leer. Por otra parte, al final, estas percepciones siempre estarán influidas por los intereses de una clase o grupo en la sociedad.

Cuando los marxistas analizan la sociedad no pretenden ser neutrales, sino que defienden abiertamente la causa de las clases explotadas y oprimidas. Sin embargo, eso no excluye en absoluto la objetividad científica. Un cirujano que realiza una delicada operación también se ha comprometido con salvar la vida de su paciente. Él está lejos de ser neutral sobre el resultado. Pero por esa misma razón, el diferenciará con sumo cuidado las diferentes capas del organismo. De la misma manera, los marxistas se esforzarán por obtener el análisis científicamente más exacto de los procesos sociales, con el fin de ser capaz de influir con éxito en el resultado.

Muy a menudo se intenta desacreditar al marxismo recurriendo a una caricatura de su método de análisis histórico. No hay nada más fácil que levantar un espantapájaros, para derribarlo de nuevo. La distorsión habitual es que Marx y Engels “reducen todo a la economía”. Esta caricatura mecánica no  tiene nada que ver con el marxismo. Si ese fuera realmente el caso, estaríamos exentos  de la penosa necesidad de luchar por cambiar la sociedad. El capitalismo se derrumbaría y la nueva sociedad surgiría por su propia voluntad, como una manzana madura cae en el regazo de un hombre durmiendo bajo un árbol. Pero el materialismo histórico no tiene nada en común con el fatalismo.

Esta absurda conclusión fue contestada en el siguiente extracto de la carta de Engels a Bloch:

“Según la concepción materialista de la historia, el elemento determinante final de la historia es la producción y reproducción de la vida. Solo esto es lo que hemos afirmado Marx y yo. Por lo tanto, si alguien tergiversa diciendo que el factor económico es el único determinante, convertirá aquella tesis en una frase vacua, abstracta y sin sentido”. (Engels a Bloch 21 de septiembre de 1890, Correspondencia seleccionada, p. 475)

En La Sagrada Familia, escrita antes que El Manifiesto Comunista, Marx y Engels muestran su desprecio por la idea de la “Historia” concebida como hombres y mujeres individuales, explicando que esto no era más que una abstracción vacía:

“La historia no hace nada, ‘no posee inmensas riquezas’, ‘no libra batallas’. Es el hombre, real, el hombre vivo que hace todo eso, quien posee y lucha; La ‘historia’ no es, por así decirlo, una persona aparte, utilizando al hombre como un medio para alcanzar sus propios objetivos; la historia no es más que la actividad del hombre persiguiendo sus objetivos”.(Marx y Engels, La Sagrada Familia, capítulo VI)

Todo lo que el marxismo hace es explicar el papel del individuo como parte de una sociedad determinada, sujeta a ciertas leyes objetivas y, en definitiva, como representante de los intereses de una clase particular. Las ideas no tienen existencia independiente, ni su propio desarrollo histórico. “La vida no está determinada por la conciencia”, escribe Marx en La Ideología Alemana “sino la conciencia por la vida.”

¿Libre albedrío?

Las ideas y las acciones de las personas están condicionadas por las relaciones sociales, cuyo desarrollo no depende de la voluntad subjetiva de los hombres y mujeres, sino que tienen lugar de acuerdo a leyes definidas. Estas relaciones sociales, en última instancia, reflejan las necesidades del desarrollo de las fuerzas productivas. Las interrelaciones entre estos factores constituyen una red compleja que a menudo es difícil de ver. El estudio de estas relaciones es la base de la teoría marxista de la historia.

Pero si los hombres y las mujeres no son las marionetas de “fuerzas históricas ciegas”, tampoco son del todo agentes libres, capaces de forjar su propio destino con independencia de las condiciones existentes impuestas por el nivel de desarrollo económico, la ciencia y la técnica, que, en el última instancia, determinan si un sistema socio-económico es viable o no. En El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte, Marx explica:

“Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su antojo, no lo hacen en circunstancias auto-seleccionados, sino en circunstancias ya existentes, dadas y transmitidas desde el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una enorme losa  el cerebro de los vivos […] “.

Más tarde Engels expresó la misma idea de una manera diferente:

“Los hombres hacen su propia historia, cualquiera que sea su resultado, puede ser que cada persona siga su propio fin conscientemente deseado, y es precisamente la resultante de estas muchas voluntades que operan en diferentes direcciones, y de sus múltiples efectos sobre el mundo exterior, lo que constituye la historia”. (Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana).

Lo que el marxismo hace valer, y es una propuesta que seguramente nadie puede negar, es que, en última instancia, la viabilidad de un sistema socio-económico dado estará determinada por su capacidad para desarrollar los medios de producción, es decir, la base material sobre la que se construyen la sociedad, la cultura y la civilización.

La idea de que el desarrollo de las fuerzas productivas es la base sobre la que depende todo el desarrollo social, es realmente una verdad tan evidente que es verdaderamente sorprendente que algunas personas todavía lo cuestionen. No requiere mucha inteligencia entender que antes de que los hombres y las mujeres puedan desarrollar el arte, la ciencia, la religión o la filosofía, primero deben tener alimento para comer, ropa para vestir y casas para vivir. Todas estas cosas deben ser producidas por alguien, de alguna manera. Y es igualmente obvio que la viabilidad de cualquier sistema socioeconómico determinado estará determinada, en última instancia, por su capacidad para producir esto.

En la Crítica de la Economía Política, Marx explica la relación entre las fuerzas productivas y la “superestructura” de la siguiente manera:

“En la producción social que realizan, los hombres entran en determinadas relaciones necesarias e independientes de su voluntad; estas relaciones de producción corresponden a una determinada fase del desarrollo de las fuerzas materiales de producción… El modo de producción de la vida material determina el carácter general de los procesos sociales, políticos y espirituales de la vida. No es la conciencia de los hombres la que determina su existencia, sino, por el contrario, su existencia social es la que determina su conciencia”.

Como Marx y Engels se esforzaron en señalar, los participantes en la historia no pueden ser siempre conscientes de los motivos que están moviéndolos, tratan de racionalizarlos de una manera u otra, pero existen esos motivos y tienen una base en el mundo real.

De esto podemos concluir que el flujo y la dirección de la historia han sido condicionados –y lo siguen estando– por las luchas de las sucesivas clases sociales por moldear la sociedad a sus propios intereses, y asimismo por los conflictos resultantes entre las clases que se derivan de ello. Como las primeras palabras del Manifiesto Comunista nos recuerdan: “La historia de todas las sociedades hasta nuestros días es la historia de la lucha de clases”. El materialismo histórico explica que la fuerza motriz del desarrollo social es la lucha de clases.

Marx y Darwin

Nuestra especie es el producto de un largo período de evolución. Por supuesto, la evolución no es una especie de gran diseño, cuyo objetivo era crear seres como nosotros. No es una cuestión de aceptar algún tipo de plan preconcebido, ya sea en relación con la intervención divina o con algún tipo de teología, pero está claro que las leyes de la evolución inherentes a la naturaleza determinan, de hecho, el desarrollo de las formas de vida; desde las formas más simples a las más complejas.

Las primeras formas de vida ya contienen dentro de ellas el embrión de todos los desarrollos futuros. Es posible explicar el desarrollo de los ojos, las piernas, y otros órganos, sin recurrir a ningún plan preestablecido. En cierta etapa se producen el desarrollo del sistema nervioso central y del cerebro. Por último, con el Homo sapiens, llega la conciencia humana. La materia se hace consciente de sí misma. No ha habido ninguna revolución más importante que el desarrollo de la materia orgánica (vida) a partir de la materia inorgánica.

Charles Darwin explicó que las especies no son inmutables, y que poseen un pasado, un presente y un futuro, cambiando y evolucionando. De la misma manera, Marx y Engels explican que un sistema social dado no es algo eternamente fijo. La evolución muestra cómo las diferentes formas de vida han dominado el planeta durante períodos muy largos, pero se extinguieron tan pronto como cambiaron las condiciones materiales que determinaron su éxito evolutivo. Estas especies previamente dominantes fueron sustituidas por otras especies que eran aparentemente insignificantes, e incluso especies que parecían no tener ninguna posibilidad de supervivencia.

Hoy en día la idea de la “evolución” ha sido generalmente aceptada, al menos por las personas medianamente educadas. Las ideas de Darwin, tan revolucionarias en su día, se aceptan hoy casi como algo obvio; sin embargo, la evolución general se entiende como un proceso lento y gradual, sin interrupciones ni levantamientos violentos. En política, este tipo de argumento se utiliza con frecuencia como justificación del reformismo. Por desgracia, se basa en un malentendido. El verdadero mecanismo de la evolución aún hoy sigue siendo un libro cerrado con siete sellos.

Esto no es sorprendente, ya que el mismo Darwin no lo comprendía. Fue sólo recientemente, en la década de 1970, con los nuevos descubrimientos en la paleontología hechos por Stephen J. Gould, quien descubrió la teoría del equilibrio puntuado, cuando se demostró que la evolución no es un proceso gradual. Hay largos periodos en los que no se observan grandes cambios, pero en un momento dado la línea de la evolución se rompe por una explosión, una verdadera revolución biológica caracterizada por la extinción masiva de algunas especies y el rápido ascenso de otras.

Vemos procesos análogos en el auge y caída de los diferentes sistemas socioeconómicos. La analogía entre la sociedad y la naturaleza es, por supuesto, sólo aproximada. Pero, incluso, el examen más superficial de la historia demuestra que la interpretación gradualista es infundada. La sociedad, como la naturaleza, conoce largos periodos de cambio lento y gradual, pero también en este caso la línea se interrumpe por desarrollos explosivos –guerras y revoluciones– en los que el proceso de cambio se acelera enormemente. De hecho, estos acontecimientos actúan como la fuerza motriz principal del desarrollo histórico. Y la causa de la revolución es el hecho de que un sistema socioeconómico determinado ha llegado a sus límites y es incapaz de desarrollar las fuerzas productivas como antes.

La historia con frecuencia nos proporciona ejemplos de Estados aparentemente poderosos que se derrumbaron en un espacio muy corto de tiempo. Y también nos muestra cómo opiniones políticas, religiosas y filosóficas condenadas casi unánimemente, se transformaron en los puntos de vista aceptados del nuevo poder revolucionario que surgió para ocupar el lugar del viejo orden. Por tanto, el hecho de que las ideas del marxismo sean el punto de vista de una pequeña minoría en esta sociedad no es motivo de preocupación. Cada gran idea en la historia siempre ha surgido como una herejía, y esto se aplica tanto al marxismo hoy, como al cristianismo hace 2.000 años.

Las “adaptaciones evolutivas” que originalmente permitieron a la esclavitud reemplazar a la barbarie, y al feudalismo reemplazar a la esclavitud, al final se convirtieron en su contrario. Y ahora, las mismas características que permitieron al capitalismo desplazar al feudalismo y emerger como el sistema socio-económico dominante, se han convertido en las causas de su decadencia. El capitalismo está mostrando todos los síntomas que asociamos a un sistema socio-económico en un estado de declive terminal. En muchos aspectos, se asemeja a la época de decadencia del Imperio Romano, como se describe en los escritos de Edward Gibbon. En el período que ahora se muestra ante nosotros, el sistema capitalista se dirige a la extinción.

El socialismo, utópico y científico

Aplicando el método del materialismo dialéctico a la historia, es obvio que la historia humana tiene sus propias leyes, y que, en consecuencia, es posible entenderla como un proceso. El ascenso y la caída de las diferentes formaciones socio-económicas se pueden explicar científicamente en términos de su capacidad o incapacidad para desarrollar los medios de producción, y con ello para impulsar los horizontes de la cultura humana, y aumentar el dominio de la humanidad sobre la naturaleza.

¿Pero cuáles son las leyes que rigen el cambio histórico? Así como la evolución de la vida tiene leyes inherentes que se pueden explicar, y que han sido explicadas, primero por Darwin y en tiempos más recientes por los rápidos avances en el estudio de la genética, asimismo la evolución de la sociedad humana tiene sus propias leyes inherentes que han sido explicadas por Marx y Engels. En La ideología alemana, que fue escrita antes del Manifiesto Comunista, Marx escribió:

“La primera premisa de toda la historia humana es, por supuesto, la existencia vital de individuos humanos. Así, el primer hecho que se establece es la organización física de estos individuos y su consecuente relación con el resto de la naturaleza. (…) Los hombres pueden distinguirse de los animales por la conciencia, por la religión o cualquier otra cosa que nos parezca. Ellos mismos empiezan a distinguirse de los animales tan pronto como empiezan a producir sus medios de subsistencia, un paso que está condicionado por su organización física. Al producir sus medios de subsistencia, los hombres están produciendo indirectamente su vida material real”.

En Del socialismo utópico al socialismo científico, escrito mucho después, Engels nos proporciona una expresión más desarrollada de estas ideas. Aquí tenemos una exposición brillante y concisa de los principios básicos del materialismo histórico:

“La concepción materialista de la historia comienza a partir de la concepción de que la producción de los medios de subsistencia de la vida humana, junto con el intercambio de las cosas producidas, es la base de toda la estructura social en todas las sociedades que han aparecido en la historia. La manera en que se distribuye la riqueza y se divide la sociedad en clases u órdenes, depende de lo que se produce, cómo se produce y cómo se intercambian los productos. Desde este punto de vista, las causas finales de todos los cambios sociales y de las revoluciones políticas, tienen que buscarse no en los cerebros de los hombres ni en un mejor conocimiento de los hombres de la verdad y la justicia eternas, sino en los cambios en los modos de producción y de intercambio.”

A diferencia de las ideas socialistas utópicas de Robert Owen, Saint-Simon y Fourier, el marxismo se basa en una visión científica del socialismo. El marxismo explica que la clave para el desarrollo de toda sociedad es el desarrollo de las fuerzas productivas: la fuerza de trabajo, la industria, la agricultura, la técnica y la ciencia. Cada nuevo sistema social –la esclavitud, el feudalismo y el capitalismo– ha servido para impulsar la sociedad humana hacia adelante a través del desarrollo de las fuerzas productivas.

La premisa básica del materialismo histórico es que la fuente última del desarrollo humano es el desarrollo de las fuerzas productivas. Esta es la conclusión más importante porque solo esto nos puede permitir llegar a una concepción científica de la historia. El marxismo sostiene que el desarrollo de la sociedad humana durante millones de años representa el progreso, en el sentido de que aumenta el control de la humanidad sobre la naturaleza, y por lo tanto crea las condiciones materiales para el logro de una verdadera libertad para los hombres y las mujeres. Sin embargo, esto nunca se ha producido en línea recta, como imaginaron erróneamente los Victorianos (quienes tenían una visión vulgar y no dialéctica de la evolución). La historia tiene una línea descendente, así como una ascendente.

Una vez que uno niega un punto de vista materialista, sólo queda el papel de los individuos –”grandes hombres” (o mujeres) como única fuerza motriz de los acontecimientos históricos. En otras palabras, nos quedamos con una visión idealista y subjetivista del proceso histórico. Este fue el punto de vista de los socialistas utópicos, quienes a pesar de sus brillantes ideas y de la crítica penetrante del orden social existente, no pudieron comprender las leyes fundamentales del desarrollo histórico. Para ellos, el socialismo era una “buena idea”, algo que podría, por tanto, haberse pensado hace mil años, o mañana por la mañana. Si se hubiera inventado hace mil años, ¡la humanidad se habría ahorrado un montón de problemas!

Es imposible entender la historia basándose en las interpretaciones subjetivas de sus protagonistas. Citemos un ejemplo. Los primeros cristianos, que esperaban el fin del mundo y la segunda venida de Cristo a cada hora, no creían en la propiedad privada. En sus comunidades practicaban una especie de comunismo (aunque su comunismo era del tipo utópico, basado en el consumo, no en la producción). Sus primeros experimentos en el comunismo no llevaron a ninguna parte, y no podían conducir a ninguna parte, porque el desarrollo de las fuerzas productivas de la época no permitía el desarrollo del comunismo real.

En el momento de la Revolución Inglesa, Oliver Cromwell creía fervientemente que estaba luchando por el derecho de cada individuo a orar a Dios de acuerdo a su conciencia. Pero la marcha de la historia ha demostrado que la revolución de Cromwell fue la etapa decisiva en el ascenso irresistible de la burguesía inglesa al poder. La etapa concreta del desarrollo de las fuerzas productivas en el siglo XVII Inglaterra no permitía ningún otro resultado.

Los dirigentes de la Gran Revolución Francesa de 1789/93 lucharon bajo la bandera de la “Libertad, Igualdad y Fraternidad”. Ellos creían que estaban luchando por un régimen basado en las leyes eternas de la justicia y de la razón. Sin embargo, independientemente de sus intenciones e ideas, los jacobinos estaban preparando el camino para la dominación de la burguesía en Francia. Una vez más, desde un punto de vista científico, ningún otro resultado era posible en ese punto del desarrollo social.

La Revolución Rusa

Para los marxistas, la Revolución bolchevique fue el mayor acontecimiento de la historia de la humanidad. Bajo la dirección del partido bolchevique de Lenin y Trotsky, la clase obrera consiguió derrocar con éxito a sus opresores y al menos iniciar la tarea de la transformación socialista de la sociedad.

Sin embargo, la revolución tuvo lugar, no en un país capitalista avanzado como Marx había esperado, sino en las condiciones de atraso más espantosas. Para dar una idea aproximada de las condiciones a las que se enfrentaron los bolcheviques, en sólo un año, 1920, murieron de hambre 6 millones de personas en la Rusia soviética.

Marx y Engels explicaron hace mucho tiempo que el socialismo, una sociedad sin clases – requiere de las condiciones materiales necesarias para existir. El punto de partida del socialismo debe superar al punto de desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad capitalista más avanzada (EE.UU. por ejemplo). Sólo sobre la base de una industria, agricultura, ciencia y tecnología altamente desarrolladas, es posible garantizar las condiciones para el libre desarrollo del ser humano, a partir de una drástica reducción de la jornada de trabajo. La condición previa para esto es la participación de la clase obrera en el control democrático y la administración de la sociedad.

Engels hace mucho tiempo explicó que, en cualquier sociedad en la que el arte, la ciencia y el gobierno son monopolio de una minoría, dicha minoría utilizará y abusará de su posición en favor de sus propios intereses. Lenin fue consciente rápidamente del peligro de la degeneración burocrática de la Revolución en condiciones de atraso. En, El Estado y la Revolución, escrito en 1917, elaboró un programa sobre la base de la experiencia de la Comuna de París. En él explicó las condiciones básicas – no para el socialismo o el comunismo, sino para el primer período después de la Revolución, el período de transición entre el capitalismo y el socialismo. Estos eran los requisitos:

1) Elecciones libres y democráticas con revocabilidad de todos los funcionarios.

2) Ningún funcionario puede percibir un salario más alto que un obrero cualificado.

3) Ningún ejército permanente, sino el pueblo armado.

4) Gradualmente, todas las tareas de administración del Estado se harán por todo el mundo de forma rotativa: “cuando todo el mundo es un ‘burócrata’ por turnos, nadie es un burócrata”.

Éste era un programa para la democracia obrera. Estaba dirigido directamente a contrarrestar el peligro de la burocracia. Constituyó, a su vez, la base del Programa del Partido bolchevique de 1919. En otras palabras, contrariamente a las calumnias de los enemigos del socialismo, la Rusia soviética en la época de Lenin y Trotsky fue el régimen más democrático de la historia.

Sin embargo, el régimen democrático de los trabajadores de la Unión Soviética establecido por la Revolución de Octubre no sobrevivió. En los primeros años del decenio de 1930, todos los puntos anteriores se suprimieron. Bajo el régimen de Stalin, el Estado obrero sufrió un proceso de degeneración burocrática que terminó con la creación de un monstruoso régimen totalitario y la aniquilación física del partido leninista. El factor determinante de la contrarrevolución política estalinista en Rusia fue el aislamiento de la Revolución en un país atrasado. La forma en que esta política de la contrarrevolución tuvo lugar fue explicada por Trotsky en La Revolución traicionada.

No es viable para la sociedad saltar directamente del capitalismo a una sociedad sin clases. El patrimonio material y cultural de la sociedad capitalista es altamente inadecuado para ello. Hay demasiada escasez y desigualdad que no se puede solucionar inmediatamente. Después de la revolución socialista, debe haber un período de transición que prepare el terreno para la súper abundancia y una sociedad sin clases.

Marx llamó a esta primera etapa de la nueva sociedad,  “la fase inferior del comunismo”, en contraposición a “la fase superior del comunismo”, donde el último residuo de desigualdad material desaparecería. En este sentido, el socialismo y el comunismo son considerados como las etapas “inferior” y “superior” de la nueva sociedad.

Al describir la etapa inferior del comunismo, Marx escribe: “De lo que aquí se trata no es de una sociedad comunista que se ha desarrollado sobre su propia base, sino, al contrario, de una que acaba de salir precisamente de la sociedad capitalista y que, por tanto, presenta todavía en todos sus aspectos, en el económico, en el moral y en el intelectual, el sello de la vieja sociedad de cuyas entrañas procede”. (Marx y Engels, Obras escogidas, Crítica del Programa de Gotha, por Marx, Vol. 3)

“Entre la sociedad capitalista y la sociedad comunista”, afirma Marx, “media el período de la transformación revolucionaria de la primera en la segunda. Y a este período corresponde también un período político de transición cuyo Estado no puede ser otro que la dictadura revolucionaria del proletariado”.

Como explicaron todos los grandes teóricos marxistas, la tarea de la revolución socialista es llevar al poder a la clase obrera para aplastar la vieja máquina del Estado capitalista. Este último ejerce de órgano represivo destinado a mantener sometida a la clase obrera. Marx explicó que el Estado capitalista, junto con su burocracia estatal, no puede servir a los intereses del nuevo poder. Tiene que ser eliminado. Sin embargo, el nuevo Estado creado por la clase obrera sería diferente a todos los Estados previos en la historia. Engels lo describió como un semi-Estado, un Estado diseñado de tal manera que estaría destinado a desaparecer.

Sin embargo, para Marx, y este es un punto crucial: esta etapa inferior del comunismo es desde sus comienzos superior, en términos de su desarrollo económico, al capitalismo más desarrollado y avanzado. Y ¿por qué es esto tan importante? Porque sin un enorme desarrollo de las fuerzas productivas, la escasez prevalecería y, con ella, la lucha por la existencia.

Como Marx explicó, este estado de cosas correría el peligro de la degeneración: “este desarrollo de las fuerzas productivas constituye también una premisa práctica absolutamente necesaria, porque sin ella sólo se generalizaría la escasez y, por tanto, con la pobreza, comenzaría de nuevo, a la par, la lucha por lo indispensable y se recaería necesariamente en toda la inmundicia anterior”. (Obras Escogidas, La Ideología alemana, Vol. 1)

Estas palabras proféticas de Marx explican por qué la Revolución Rusa, tan prometedora, terminó en una degeneración burocrática y en la monstruosa caricatura totalitaria del estalinismo, que a su vez, preparó el camino para la restauración capitalista y un retroceso aún mayor. “Toda la inmundicia anterior” resurgió porque la Revolución Rusa quedó aislada en condiciones de terrible atraso material y cultural. Hoy, con el gran avance de la ciencia y la técnica, las condiciones se han preparado para que esto no se repita de nuevo.

Avance sin precedentes

Cada una de las fases del desarrollo humano tiene sus raíces en todas las anteriores. Esto es cierto tanto para la evolución humana como para el desarrollo social. Hemos evolucionado a partir de especies inferiores relacionadas genéticamente con formas de vida más primitivas, como lo demuestra el genoma humano. Una diferencia genética de menos del 2% nos separa de nuestros parientes más cercanos, los chimpancés. Pero ese pequeño porcentaje representa un gran salto cualitativo.

Hemos surgido del salvajismo, de la barbarie, de la esclavitud y del feudalismo, y cada una de esas etapas representó una etapa precisa en el desarrollo de las fuerzas productivas y la cultura. Hegel expresó esta idea en un hermoso pasaje, en La fenomenología del espíritu:

“El capullo desaparece al abrirse la flor, y podría decirse que aquél es negado por ésta; del mismo modo que el fruto hace aparecer a la flor como un falso ser de la planta, mostrándose él como la verdad de ésta en vez de aquélla. Estas formas no sólo se distinguen entre sí, sino que se eliminan las unas a las otras como incompatibles. En su fluir, constituyen al mismo tiempo otros tantos momentos de una unidad orgánica, en la que, lejos de contradecirse, son todos igualmente necesarios, y esta igual necesidad es cabalmente lo que constituye la vida del todo”.

Cada una de las etapas del desarrollo de la sociedad está enraizada en la necesidad, y surge a partir de las etapas precedentes. La Historia sólo puede entenderse tomando estas etapas en su unidad. Cada una tuvo su razón de ser en el desarrollo de las fuerzas productivas, y cada una entró en contradicción con su ulterior desarrollo en un determinado momento, cuando la revolución fue necesaria para deshacerse de las viejas formas y permitir el surgimiento de otras nuevas.

Como hemos visto, la victoria de la burguesía se logró por medio de la revolución, aunque hoy en día a los defensores del capitalismo no les gusta que les recuerden este hecho. Y, como Marx explicó, la burguesía, históricamente, desempeñó un papel revolucionario:

“La burguesía no existe sino a condición de revolucionar incesantemente los instrumentos de producción, las relaciones de producción y, consiguientemente, la totalidad de relaciones sociales. La persistencia del antiguo modo de producción era, por el contrario, la primera condición de existencia de todas las clases industriosas precedentes. Este cambio continuo de los modos de producción, este incesante derrumbamiento de todo el sistema social, esta agitación y esta inseguridad perpetuas distinguen a la época burguesa de todas las anteriores”. (Manifiesto Comunista).

En el capitalismo las fuerzas productivas han experimentado un desarrollo espectacular, algo sin precedentes en la historia de la humanidad. A pesar del hecho de que el capitalismo es el sistema más explotador y opresor que haya existido nunca y, a pesar del hecho de que, en palabras de Marx, “El Capital entró en la etapa de la historia chorreando sangre por todos sus poros”, representa, sin embargo, un enorme salto hacia adelante en el desarrollo de las fuerzas productivas y, por tanto, de nuestro poder sobre la naturaleza.

Durante los dos últimos siglos, el desarrollo de la tecnología y de la ciencia ha avanzado a un ritmo más rápido que en toda la historia anterior. La curva del desarrollo humano, que se mantuvo prácticamente estable durante la mayor parte de nuestra historia, de repente experimentó una subida exorbitante. El vertiginoso avance de la tecnología es una condición previa para la definitiva emancipación de la humanidad, para la eliminación de la pobreza y del analfabetismo; de la ignorancia y de la enfermedad, y para la dominación de la naturaleza por el hombre, mediante una planificación consciente de la economía. El camino está abierto para la conquista, no sólo de la Tierra, sino del espacio.

El capitalismo en decadencia

Todas las épocas han experimentado la ilusión de que su sistema duraría para siempre. Cada sistema social se considera a sí mismo representante de la única forma posible de existencia de los seres humanos; considera sus instituciones, su religión y su moral lo único posible que puede existir. Los caníbales, los sacerdotes egipcios, María Antonieta y el Zar Nicolás, todos creían fervientemente en ello. Y eso es lo que la burguesía y sus apologistas quieren demostrar cuando nos aseguran, sin el menor fundamento, que el llamado sistema de “libre empresa” es el único sistema posible, justo cuando está empezando a mostrar todos los signos de decadencia.

El sistema capitalista actual se asemeja al mago que no sabe controlar las fuerzas poderosas que ha conjurado. La contradicción fundamental de la sociedad capitalista es el antagonismo entre el carácter social de la producción y la forma privada de su apropiación. De esta contradicción principal surgen muchas otras. Esta contradicción se expresa por medio de crisis periódicas, como explica Marx:

“Cada crisis destruye regularmente, no sólo una masa de productos ya creados, sino, todavía más, una gran parte de las mismas fuerzas productivas. Una epidemia que en cualquier otra época hubiera parecido una paradoja, se extiende sobre la sociedad: la epidemia de la sobreproducción. La sociedad se encuentra súbitamente rechazada a un estado de barbarie momentáneo; diríase que un hambre, una guerra de exterminio, la priva de todos sus medios de subsistencia; la industria y el comercio parecen aniquilados. ¿Y por qué? Porque la sociedad tiene demasiada civilización, demasiados medios de subsistencia, demasiada industria, demasiado comercio. Las fuerzas productivas de que dispone no favorecen ya el desarrollo de la propiedad burguesa; al contrario, han resultado tan poderosas, que constituyen de hecho un obstáculo, y cada vez que 1as fuerzas productivas sociales salvan este obstáculo precipitan en el desorden a la sociedad entera y amenazan la existencia de la propiedad burguesa. El sistema burgués resulta demasiado estrecho para contener las riquezas creadas en su seno ¿Cómo supera estas crisis la burguesía? De una parte, por la destrucción violenta de una masa de fuerzas productivas; de otra, por la conquista de nuevos mercados y la explotación más intensa de los antiguos ¿A qué conduce esto? A preparar crisis más generales y más formidables y a disminuir los medios de prevenirlas”. (Manifiesto Comunista)

Esta es una descripción exacta de la situación actual. Se trata de una terrible paradoja que consiste en que, cuanto más desarrolla la humanidad su capacidad productiva, y más espectaculares son los avances de la ciencia y la tecnología, mayor es el sufrimiento, el hambre, la opresión y la miseria de la mayoría de la población mundial. La enfermedad del capitalismo a escala mundial se manifestó en la crisis de 2008. Éste fue el comienzo de la mayor crisis en los 200 años de existencia del capitalismo, y está lejos de resolverse. Es una expresión del callejón sin salida del capitalismo, que, en última instancia, es el resultado de la rebelión de las fuerzas productivas contra la rigidez de la propiedad privada y del Estado-nación.

Socialismo o barbarie

Durante miles de años, la cultura fue el monopolio de una minoría privilegiada, y la gran mayoría de la humanidad fue excluida del conocimiento, la ciencia, el arte y el gobierno. Incluso ahora, este sigue siendo el caso. A pesar de todas nuestras pretensiones, no estamos realmente civilizados. El mundo en el que vivimos ahora no merece, sin duda alguna, ese nombre. Es un mundo bárbaro, habitado por personas que no han superado todavía un pasado salvaje. La vida sigue siendo una dura y constante lucha por sobrevivir en la gran mayoría del planeta, no sólo en el mundo en vías de desarrollo, sino también en los países capitalistas desarrollados.

Marx señaló que había dos posibilidades para la humanidad: socialismo o barbarie. Por consiguiente, la cuestión se plantea en los términos más crudos: en el próximo período, o la clase obrera toma en sus manos el gobierno de la sociedad, sustituyendo el decrépito sistema capitalista por un nuevo orden social, basado en el desarrollo armónico, la planificación racional de las fuerzas productivas y el control consciente de los hombres y las mujeres sobre sus propias vidas y destinos; o de lo contrario, tendremos que hacer frente al espectáculo más terrible de colapso del desarrollo social, económico y cultural.

La crisis del capitalismo no sólo representa una crisis económica que amenaza el empleo y el nivel de vida de millones de personas en todo el mundo. También amenaza la base misma de una existencia civilizada, si es que existe. Amenaza con hacer retroceder a la humanidad a todos los niveles. Si el proletariado, la única clase auténticamente revolucionaria, no tiene éxito en derrocar el imperio de los bancos y los monopolios, se preparará el terreno para un colapso de la cultura e, incluso, una vuelta a la barbarie.

Conciencia

La dialéctica nos enseña que, más tarde o más temprano, las cosas se convierten en su contrario. Es posible establecer paralelismos entre la geología y la sociedad. Al igual que las placas tectónicas, que se mueven muy lentamente, compensan el retraso con un violento terremoto, el retraso de la conciencia frente a los acontecimientos se ve compensado por cambios bruscos en la psicología de las masas. La manifestación más notable de la dialéctica es la crisis del capitalismo. La dialéctica se está vengando de la burguesía, que no ha comprendido nada, no predijo nada, ni es capaz de resolver nada.

El colapso de la Unión Soviética creó un ambiente de pesimismo y desesperanza entre la clase obrera. Los defensores del capitalismo iniciaron una feroz contraofensiva ideológica contra las ideas del socialismo y del marxismo. Nos prometieron un futuro de paz, prosperidad y democracia gracias a las maravillas de la economía de libre mercado. Dos décadas han pasado desde entonces, y un decenio no es tanto tiempo en el gran esquema de la historia. No queda en la actualidad ni un ápice de esas ilusiones consoladoras.

En todas partes hay guerras, desempleo, pobreza y hambre. Y en todas partes emerge un nuevo espíritu de revuelta, y la gente busca ideas que puedan explicar lo que está ocurriendo en el mundo. El viejo, estable, próspero, y en paz, capitalismo está muerto, y con él,  las pacíficas relaciones armoniosas entre las clases. El futuro nos reserva años y décadas de austeridad, desempleo y caída del nivel de vida. Es una receta para el resurgimiento de la lucha de clases en todas partes.

El embrión de una nueva sociedad ya está madurando en el seno de la vieja. Los elementos de una democracia obrera ya existen en la forma de las organizaciones de trabajadores, los representantes sindicales, los sindicatos, las cooperativas etc. En el período que se abre, se producirá una lucha a vida o muerte, una lucha de los elementos de la nueva sociedad que está por nacer, y también una feroz resistencia por parte de los viejos elementos para evitar que esto suceda.

Es cierto que la conciencia de las masas se ha quedado muy a la zaga de los acontecimientos. Pero esto también se convertirá en su contrario. Grandes acontecimientos están forzando a hombres y mujeres a poner en cuestión sus antiguas creencias y suposiciones. Se están viendo forzados a salir de la antigua apatía e indiferencia supina para enfrentarse con la realidad. Esto lo hemos visto, en líneas generales, con los acontecimientos en Grecia. En tales períodos, la conciencia puede cambiar muy rápidamente. Y eso es justamente lo que llamamos una revolución.

El ascenso del capitalismo moderno y de su sepulturero, la clase obrera, ha hecho mucho más evidente lo que está en el corazón de la concepción materialista de la historia. Nuestra tarea no es sólo entender, sino llevar a término con éxito la lucha histórica de las clases a través de la victoria del proletariado y la transformación socialista de la sociedad. El capitalismo ha fracasado después de todo en “terminar” la historia. La tarea de los marxistas es la de trabajar activamente para acelerar el derrocamiento del viejo y decrépito sistema y contribuir a lograr el nacimiento de un mundo nuevo y mejor.

De la necesidad a la libertad

El enfoque científico de la historia que el materialismo aporta, no nos lleva a sacar conclusiones pesimistas de los terribles síntomas de decadencia a los que nos enfrentamos en todos lados. Por el contrario, la tendencia general de la historia humana ha seguido el camino de un mayor desarrollo de nuestro potencial productivo y cultural.

La relación entre el desarrollo de la cultura humana y las fuerzas productivas ya era evidente para el gran genio de la Antigüedad, Aristóteles, quien explicó en su libro, La metafísica, que el hombre comienza a filosofar cuando sus necesidades vitales están satisfechas, y agregó que la razón por la cual la astronomía y las matemáticas fueron descubiertas en Egipto, fue porque los sacerdotes no tenían que trabajar. Ésta es una concepción puramente materialista de la historia.

Los grandes logros de los últimos cien años han creado, por primera vez, una situación en la que todos los problemas a los que se enfrenta la especie humana pueden ser fácilmente solucionados. El potencial para una sociedad sin clases ya existe a una escala mundial. Es necesario llevar a cabo una planificación racional y armoniosa de las fuerzas productivas, para que este inmenso potencial, prácticamente infinito, pueda desarrollarse.

Una vez que las fuerzas productivas sean liberadas de la camisa de fuerza del capitalismo, el potencial existe para producir un gran número de genios: artistas, escritores, compositores, filósofos, científicos y arquitectos. El arte, la ciencia y la cultura florecerían como nunca antes. Este mundo rico, hermoso y maravillosamente diverso se convertiría por fin en un lugar adecuado en el que pudan vivir los seres humanos.

En cierto sentido, la sociedad socialista es una vuelta al comunismo tribal primitivo, pero a un nivel productivo inmensamente superior. Para que se dé una sociedad sin clases, todos los sellos de la sociedad de clases, sobre todo la desigualdad y la escasez, tendrían que ser abolidos. Sería absurdo hablar de abolición de las clases si la desigualdad, la escasez y la lucha por la existencia siguen prevaleciendo. Al final, sería una contradicción. El socialismo sólo puede aparecer en cierta etapa de la evolución de la sociedad humana, a cierto nivel del desarrollo de las fuerzas productivas.

Sobre la base de una verdadera revolución en la producción, sería posible conseguir tal nivel de abundancia, que hombres y mujeres ya no tendrían que preocuparse de sus necesidades diarias. Las penosas preocupaciones y miedos constantes que a cada rato asolan a las mentes de hombres y mujeres podrían desaparecer. Por primera vez, seres humanos libres serían dueños de sus destinos. Por primera vez, serían realmente humanos. Sólo entonces comenzaría la verdadera historia de la humanidad.

Sobre la base de una economía planificada armoniosa, en la cual el enorme poder productivo de la ciencia y tecnología se pondría al servicio de las necesidades humanas, no de las ganancias de unos cuantos, la cultura alcanzaría niveles nuevos e inimaginables de desarrollo. Los romanos describieron a los esclavos como “herramientas con voz”. Hoy día no tenemos que esclavizar a la gente para hacer el trabajo. Ya tenemos la tecnología para crear robots, que no sólo pueden jugar el ajedrez y realizar tareas elementales en cadenas de producción, sino conducir vehículos de forma más segura que los humanos, y hasta realizar tareas completamente complejas.

Sobre la base del capitalismo, esta tecnología amenaza con desplazar a millones de trabajadores: no sólo a camioneros y obreros no cualificados, sino también a gente como  contables o programadores informáticos, que se ven amenazados con la pérdida de su sustento. Millones de personas serán arrojadas al depósito de chatarra y, aquellos que retengan sus empleos, trabajarán jornadas más largas que antes.

En una economía planificada socialista, la misma tecnología sería utilizada para reducir la jornada laboral. Podríamos introducir inmediatamente una semana de treinta horas, seguida de una semana de veinte horas, una semana de diez horas o, aún menos, aumentando la producción y ampliando la riqueza de la sociedad mucho más de lo que se concibe bajo el capitalismo.

Esto representaría un cambio fundamental en las vidas de la gente. Por primera vez, hombres y mujeres se verían liberados del arduo trabajo. Serían libres de desarrollarse física, mental y, hasta se podría añadir, espiritualmente. Hombres y mujeres serían libres de levantar sus ojos y contemplar las estrellas.

Trotsky una vez escribió: “¿Cuántos Aristóteles están arreando cerdos? ¿Y cuántos porqueros están sentados en tronos?” La sociedad de clases empobrece a la gente, no sólo materialmente, sino psicológicamente. Las vidas de millones de seres humanos se confinan a los límites más estrechos. Sus horizontes mentales son raquíticos. El socialismo daría rienda suelta a todo el potencial colosal que está desperdiciando el capitalismo.

Es cierto que las personas tienen diferentes caracteres y aptitudes. No todo el mundo puede ser un Aristóteles, un Beethoven o un Einstein. Pero todo el mundo tiene el potencial para hacer grandes cosas en un campo o en otro, para convertirse en un gran científico, artista, músico, bailarín, o futbolista. El comunismo proporcionaría todas las condiciones necesarias para desarrollar estos potenciales en la mayor medida posible.

Ésta sería la mayor revolución de todos los tiempos. Llevaría a la civilización a una nueva etapa cualitativamente superior. En palabras de Engels, sería el salto de la humanidad desde el reino de la necesidad al reino de la verdadera libertad.

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Consejo Editorial De Colombia Marxista

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