Reproducimos aquí cuatro piezas importantes que consideramos una introducción al tema del Materialismo Dialectico. Como Marxistas, el tema de la filosofía es esencial. No podemos cambiar el status quo con las ideas producidas por el mismo. Solo es a través de una filosofía revolucionaria que podemos empezar la tarea de una practica revolucionaria. Los siguientes textos no pueden abarcar todo lo que se puede aprender sobre la dialéctica, pero creemos que presentan una introducción clara a estas ideas, sus orígenes y su importancia.

Si bien estos textos son un buen principio, a nuestra consideración, es esencial que la persona interesada en estas ideas no se limite a la lectura de estos cuatro artículos y de por terminada su educación filosófica. Al contrario, la filosofía (la ciencia del pensamiento) requiere un estudio dedicado y de por vida. Como toda ardua empresa, la parte mas difícil es el empezar. Pero las recompensas de esta tarea son enormes. Un entendimiento claro y sobrio de la realidad que nos rodea y un método que nos ayuda a pelear con las grandes injusticias de nuestro momento histórico. Hegel alguna vez dijo: “La meta final es el entendimiento mental de que es el conocimiento. La impaciencia demanda lo imposible, quiere llegar a la meta sin los medios con los que llegar. La duración del viaje debe de ser aceptada y aguantada, por que cada momento es necesario”.

Semejante recompensas valen la pena detrás del esfuerzo que estas ideas meritan a la hora de su estudio. Estamos seguros que el el estudiante que decida emprender este viaje y se mantenga en el mismo a través de los años será justamente recompensado con ese entendimiento que Hegel describe.

Los Editores de Colombia Marxista


El materialismo dialéctico: la filosofía del marxismo por David Rey

El marxismo abarca un campo más amplio que la economía y la política. Abarca todo el panorama del desarrollo de la sociedad humana, del pensamiento y de la naturaleza. En este sentido, el marxismo es una filosofía. Toda filosofía intenta explicar el mundo en que vivimos y las relaciones entre el ser humano y la naturaleza. La filosofía del marxismo representa la síntesis más elaborada del pensamiento humano que se ha alcanzado bajo el capitalismo. El nombre que recibe esta filosofía es el de Materialismo Dialéctico, y es su método de análisis para conocer, interpretar y transformar la realidad.

[Fuente]

El materialismo dialéctico es la columna vertebral del marxismo. Su aplicación a la historia humana es lo que se conoce como Materialismo Histórico, y su aplicación al estudio de la economía capitalista es lo que se conoce como Teoría Valor-Trabajo. Aquellos intelectuales de izquierda que se declaran marxistas, pero que reniegan del materialismo dialéctico o descartan su aplicación fuera de la política y la economía, son en realidad, son unos completos ignorantes y demuestran no comprender nada del marxismo. Por eso es frecuente ver deslizarse a este tipo de “marxistas” hacia el revisionismo reformista y la conciliación de clases.

Marxismo y filosofía

Marx y Engels decían que la ideología dominante en una sociedad dada (es decir, las concepciones e ideas comúnmente aceptadas sobre economía, política, justicia, moral, filosofía y ciencia) representa siempre la ideología de la clase dominante en esa sociedad.

Bajo el capitalismo, toda la ideología transmitida por la burguesía a través de la escuela y los medios de comunicación tiene como único fin justificar su dominación y sus privilegios de clase. Ideas tales como: “Siempre hubo ricos y pobres”, “vive y deja vivir”, o que el egoísmo y la envidia forman parte de la naturaleza humana, son transmitidas cotidianamente y golpean una y otra vez sobre la conciencia de la gente.

Los marxistas rechazamos estos puntos de vista, basados en la explotación, el sufrimiento y la humillación de millones de hombres y mujeres que formamos la clase obrera.

Todo obrero y joven consciente estará interesado en conocer las fuerzas ciegas que parecen determinar sus vidas, y comprender los procesos complejos que se dan en la economía, la política y la sociedad; en definitiva, conocer e interpretar la realidad que los rodea para ser dueños de su propio destino.

La tarea fundamental del marxismo es hacer conscientes a los trabajadores de esos procesos inconscientes y subterráneos que se dan en la economía, la política y la sociedad. Desde este punto de vista, el marxismo es la ideología y la ciencia de la clase obrera.

Materialismo e Idealismo

Todas las corrientes del pensamiento humano siempre estuvieron divididas en dos campos opuestos: el idealismo y el materialismo. El marxismo, por su propia esencia, es materialista.

Desde el punto de vista filosófico, Idealismo y Materialismo poseen un significado completamente diferente al que tienen en el lenguaje corriente. Así, se considera en general que una persona idealista es alguien desprendido, movido por grandes ideales y la felicidad común. Por el contrario, alguien materialista es considerado un egoísta, que sólo piensa en el dinero y al que sólo le mueven placeres banales para sí mismo. Hecha esta observación, nosotros vamos a emplear y describir estos términos en su sentido filosófico, no en el del lenguaje corriente.

Para los pensadores idealistas la sociedad, el pensamiento o la cultura son independientes del desarrollo concreto en que se desenvuelve la historia humana. La Justicia, la Moral, la Nación y la Religión son categorías, “verdades eternas”, que tienen un contenido y un significado fijos y absolutos para cualquier época. La corriente de pensamiento idealista más extrema es la Religión, para la cual todo el mundo material existente, incluidos los seres humanos, fue creado por un ente ideal, por un Dios o por un conjunto de Dioses.

Para los idealistas, la realidad material que percibimos a través de nuestros sentidos surgió de “la nada” en una época remota. Los seres humanos sólo podemos conocer la “apariencia” de esta realidad, pero no su “esencia”, porque estamos orgánicamente limitados para ello. O porque sus “secretos” pertenecen a Dios.

Según el Idealismo, los seres humanos somos inteligentes, a diferencia de las demás especies animales, porque poseemos un “alma” inmaterial, diferenciada del cuerpo, que nos fue suministrada por un ente sobrenatural.

El pensamiento idealista debe su existencia a dos factores:

  1. Al nivel de desarrollo extremadamente bajo de las sociedades humanas primitivas. El concepto del “alma” tiene su origen en el sueño del hombre primitivo, quien creía que mientras dormía, su “alma” o “espíritu” abandonaba temporalmente su cuerpo para volver al despertar. Las fuerzas de la naturaleza incontrolables que condicionaban cada momento de su existencia, como el trueno, el rayo o la lluvia, eran personificadas, adquiriendo el perfil de seres con apariencia humana, pero superiores a ellos. Así nacieron los dioses y las religiones de carácter ANIMISTA (cada objeto de la naturaleza poseía un “alma”).
  2. A la separación extrema entre el trabajo intelectual y el trabajo manual. Los pensamientos, las ideas parecen tener una existencia independiente de la realidad material en que están basados. Como “todo pasa por la cabeza”, los descubrimientos, los avances de la ciencia o el arte, parecen salir de la cabeza del “que sabe” (jefe, sacerdote, maestro artesano, genio) para, posteriormente, ser aplicados a la realidad material por medio del trabajo manual.

Para el materialismo, en cambio, el mundo material es lo único real. Además, lo podemos conocer por medio de la observación y la experimentación. El desenvolvimiento de la naturaleza se debe a sus propias leyes, explicables, comprobables y reproducibles científicamente.

La materia se extiende infinitamente en el espacio, y existió siempre. Podemos ampliar infinitamente agregados de materia y, viceversa, cortar y dividir cada cuerpo material de manera infinita, si nuestros medios tecnológicos nos lo permitieran. No existe tal cosa como el “último ladrillo” de la materia.

La idea más importante del Materialismo es la unidad de la materia. Toda manifestación de la naturaleza es reducible a un cuerpo u objeto compuesto por átomos, protones, electrones, etc. y, por lo tanto, las mismas leyes generales que se deducen de la naturaleza se aplican a la sociedad humana y al pensamiento, puesto que el ser humano forma parte del mundo material. Nuestra conciencia, el pensamiento y la reflexión, por muy ideales o espirituales que nos parezcan, son el producto de un órgano material físico: el cerebro, el producto más elaborado y evolucionado de la materia. Como explica Lenin: “la materia actuando sobre nuestros órganos sensitivos produce sensaciones. Las sensaciones dependen del cerebro, de los nervios, de la retina… es decir, son el producto supremo de la materia.”

Hasta los pensamientos más abstractos, como las matemáticas, se derivan de la observación del mundo material. La geometría tiene su origen en la división de la tierra para el cultivo y en el surgimiento de la propiedad privada, y la astronomía nació de la observación de las estrellas para prever los cambios de estaciones y el advenimiento de fenómenos naturales regulares, como era el caso de las inundaciones del río Nilo en el antiguo Egipto.

Para el marxismo, el desarrollo de las sociedades humanas descansa en el desarrollo de las fuerzas productivas. Es el modo concreto en que una sociedad determinada produce y reproduce las condiciones materiales de su existencia lo que determina el surgimiento de las clases sociales, la filosofía, la política, la moral, las concepciones jurídicas, la religión o el arte, que sufren una completa transformación, al cabo de un tiempo, después de que las condiciones de producción cambian radicalmente.

En palabras de Marx: “La vida no está determinada por la conciencia, sino la conciencia por la vida”.

Toda moral es un producto histórico del desarrollo material de la sociedad humana. Cada época tiene su código moral.

La esclavitud nos puede parecer aberrante. Pero en las antiguas Grecia y Roma eran moralmente aceptadas porque permitía liberar del trabajo manual a la clase dominante para que pudiera hacer avanzar la sociedad mediante la ciencia, la filosofía o el arte.

No existe una moralidad suprahistórica, independiente de toda condición y lugar. El ser humano fue capaz de superar, como especie y en su comportamiento general, el incesto y el canibalismo, practicados sin reparos morales durante miles de años en una etapa remota. De este último queda incluso un rastro, una reminiscencia, en la liturgia cristiana en las palabras atribuidas a Jesús en la última cena: «Mi carne es verdadera comida y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí, y yo en él» (San Juan. 6, 55-56).

La idea moderna de la igualdad humana es un producto del sistema capitalista, que se basa en la producción y el intercambio de mercancías. Para intercambiar dos mercancías deben tener el mismo valor, lo que implica una igualdad de los trabajos realizados y, por lo tanto, de las capacidades físicas e intelectuales de las personas. De la misma manera, la idea de la igualdad de la mujer respecto del hombre sólo pudo avanzar bajo el capitalismo después de la incorporación de la mujer al trabajo productivo.

El movimiento constante

Para el Materialismo Dialéctico todo, sin excepción, está en un proceso constante e ininterrumpido de cambio y movimiento: la naturaleza, el pensamiento, la sociedad humana. Esto se ve corroborado por toda la experiencia: la evolución de las especies, del Universo, el movimiento molecular y atómico, el movimiento de los continentes, todo el devenir histórico de diferentes sociedades humanas: barbarie, esclavismo, feudalismo, capitalismo.

Una casa parece algo fijo y rígido. Pero si la abandonamos veremos cómo, al cabo de los años, se derrumba sola debido al movimiento interno de las moléculas y átomos de ladrillos, vigas, pintura, etc. imperceptible a nuestros ojos, que “desgastan” los materiales.

El mérito del Materialismo Dialéctico es haber descubierto las leyes que gobiernan este proceso ininterrumpido de cambio y movimiento.

La palabra “dialéctica” proviene del griego y significa “debate”, “disputa”. Desde el punto de vista filosófico, Engels definió la dialéctica como “la ciencia de las leyes generales del movimiento y la evolución de la naturaleza, del pensamiento y de la sociedad humana”.

Aunque la dialéctica fue anticipada genialmente por los filósofos griegos de la antigüedad, fue el gran filósofo alemán Hegel quien sintetizó y estableció las leyes fundamentales de la dialéctica, si bien revestidas de un carácter completamente idealista.

Correspondió, finalmente, a Marx y Engels establecer la dialéctica sobre bases firmemente materialistas.

La característica fundamental del movimiento de la materia es que se produce o desarrolla a través de “contradicciones”, es decir, por la existencia de contrastes, de diferencias, de tensiones opuestas. Sin estas contradicciones, contrastes y tensiones opuestas, que son parte componente de la estructura de la materia, no habría movimiento ni vida, todo sería inerte.

Así, si juntamos dos cuerpos, uno caliente y otro frío, veremos una transferencia de calor del cuerpo caliente al frío.

La corriente eléctrica se produce cuando se establece una “diferencia de potencial” (de energía) en los extremos de un circuito.

Podemos leer porque se escribe, literalmente, negro sobre blanco, y así podemos apreciar el contraste de las letras sobre el fondo del papel.

Podemos caminar porque el pie pisa sobre la tierra ejerciendo presión hacia atrás, y aquélla ejerce una reacción en sentido contrario, impulsándonos hacia adelante.

La contradicción de fondo del capitalismo, de la que se deriva la crisis del sistema, se basa en que mientras la producción ha adquirido un carácter social (participa toda la sociedad en la producción material) la apropiación se realiza de forma individual (el fruto de ese trabajo colectivo se lo apropia un puñado de capitalistas). La propiedad privada de los medios de producción permite a la burguesía apropiarse de la mayor parte del producto generado por el trabajo de los obreros: la plusvalía. La anarquía y el caos de la producción capitalista, donde el fin último es la máxima ganancia y no la satisfacción de las necesidades sociales, tiende a provocar sobreproducción de mercancías y las crisis económicas, y con ellas su estela de desempleo masivo, delincuencia, devastación del medio ambiente, guerras.

La esencia de la lucha de clases entre capitalistas y obreros es la lucha por la plusvalía. Sólo en un sistema socialista, basado en la propiedad social de los medios de producción y la planificación democrática de las fuerzas productivas a través de la participación consciente del conjunto de la sociedad, podrá ser resuelta esta contradicción, preparando un desarrollo pleno del género humano.

La desaparición del “movimiento particular” de la lucha de clases no será el fin de la historia del progreso humano. Al contrario, el movimiento de la sociedad pasará a un nivel cualitativamente superior, y tendrá como base la cooperación, y no la competencia, entre los seres humanos. La contradicción se dará entre las ilimitadas posibilidades del desarrollo humano, científico y cultural, y lo limitado de nuestro conocimiento en cada momento. Esta contradicción se resolverá de generación en generación, indefinidamente.

Las leyes de la dialéctica

El pensamiento dialéctico comporta un método de análisis superior a la “lógica formal” (el “sentido común”, lo que vemos superficialmente). La lógica formal no ve las contradicciones y el movimiento permanente de la naturaleza y la sociedad. Registra solamente hechos aislados. En cambio, la dialéctica estudia los hechos en su conexión y movimiento, tomando en cuenta todos los factores contradictorios, internos y externos, que actúan sobre ellos. Veremos la superioridad del método dialéctico estudiando sus leyes fundamentales. Las leyes fundamentales de la dialéctica son tres:

* Transformación de la cantidad en calidad, y viceversa.

* La unidad y lucha de los contrarios

* La negación de la negación.

Además, existen otras leyes que se derivan de éstas, como: el todo es mayor que la suma de las partes: la lucha conjunta de los obreros de una empresa es más fuerte que la lucha individual y aislada de cada uno de ellos; o la necesidad se expresa a través del accidente, de la casualidad: las guerras, las revoluciones o la caída de un gobierno pueden desatarse por un hecho concreto, casual, pero que expresa una necesidad interior preparada por las condiciones sociales y políticas de tal país e internacionalmente.

La ley de la transformación de la cantidad en calidad

La ley de la transformación de la cantidad en calidad explica que la acumulación de cambios cuantitativos provoca, en determinadas condiciones, cambios cualitativos. Es decir, la evolución y el cambio de la materia no se produce de manera gradual, poco a poco (como afirma la lógica formal), sino por medio de saltos, explosiones y revoluciones; cuando los cambios acumulados ya no pueden permanecer contenidos en las antiguas formas.

Cuando calentamos agua observamos que al alcanzar los 100ºC comienza a hervir repentinamente, transformándose en vapor. La acumulación de calor provoca, a una determinada temperatura, el cambio cualitativo de líquido a gas. Lo mismo pasa con el congelamiento del agua, al bajar la temperatura a 0ºC, el agua líquida se convierte en sólido, en hielo.

Lo mismo ocurre con la conciencia de los trabajadores. La sucesión de ataques a sus condiciones de vida y trabajo acumula rabia y frustración, un día y otro, hasta que bruscamente, ante el ataque más insignificante, se produce un cambio cualitativo y todo el malestar acumulado sale virulentamente a la superficie con huelgas, manifestaciones y, a un nivel superior, mediante una revolución. Tal es el proceso molecular de toma de conciencia del que habló Trotsky, tomando como ejemplo el proceso de ebullición del agua.

Los cambios cuantitativos transforman un tipo de energía en otra. La fricción produce calor. La energía solar puede transformarse en corriente eléctrica, igual que la energía nuclear.

Engels ya planteó que la energía es sólo materia de una clase diferente, transformándose una en otra según los cambios cuantitativos acumulados en los objetos. El genial científico Albert Einstein estableció la equivalencia de la materia y la energía en su famosa fórmula E=mc2 (donde E es la energía, m la masa -materia- y c la velocidad de la luz).

Marx y Engels ya anticiparon que la vida (materia orgánica) procedía de la materia sin vida (materia inorgánica), a través de un cambio cualitativo que se dio hace varios miles de millones de años en la composición de la materia. Lo que ya está aceptado científicamente.

La evolución desde las especies inferiores de animales y plantas hasta las actuales se ha producido mediante “saltos” y mutaciones genéticas, conforme se transformaba el medio ambiente del planeta.

Unidad y lucha de los contrarios

La verdad es concreta, decía Hegel. Una cosa es verdad bajo determinadas condiciones de tiempo y lugar, pero cuando esas condiciones cambian, lo que era verdad se transforma en falsedad, y al revés. Así, el propio sistema capitalista jugó un papel enormemente progresista en el desarrollo de las fuerzas productivas y de la sociedad, pero bajo el peso de sus contradicciones se ha transformado en algo reaccionario. La lucha del movimiento obrero refleja la necesidad histórica de transformar la sociedad para llegar al socialismo, que es el sistema “verdadero” que corresponde al desarrollo actual de las fuerzas productivas y de la sociedad.

No existe nada fijo e inmutable. Todo nace, se desarrolla y muere para volver a nacer a un nivel superior, más completo, y así indefinidamente.

La Ley de la unidad y lucha de los contrarios establece que los contrarios no pueden existir separadamente y que, en determinadas condiciones, se transforman el uno en otro.

Así, un imán consta de un “polo positivo” y otro “negativo”. El polo positivo atrae los metales y el negativo los repele. Pero ambos son inseparables. Cuando lo partimos por la mitad, vuelven a aparecer ambos polos en los extremos del imán.

Dentro del átomo distinguimos protones (“partículas con carga positiva”) y “electrones“ (“partículas con carga negativa”), que no se anulan entre sí, sino que se atraen y repelen al mismo tiempo y, en determinadas condiciones, se transforman los unos en los otros. De este tipo de combinaciones dentro del átomo y por interacción con otros átomos se forman los diversos elementos químicos que forman los ladrillos básicos de la materia: hidrógeno, oxígeno, cloro, nitrógeno, oro, hierro, etc., sin necesidad de un Dios creador.

La reproducción sexual se basa en la existencia de dos sexos opuestos, cuya unión da lugar a un nuevo ser que representa la unidad creadora de ambos sexos.

Para la dialéctica, una cosa es ella misma y otra diferente al mismo tiempo. Esto no es algo absurdo como podría interpretar la lógica formal. Es esencial a la materia. Una persona renueva completamente las células de su cuerpo cada 10 años. Al cabo de ese tiempo continúa siendo la misma persona, pero físicamente dejó de ser quien era diez años atrás.

Según la lógica formal, los opuestos sólo pueden ser percibidos de manera separada, y una cosa no puede ser al mismo tiempo ella y su contrario. Pero la naturaleza no se comporta así. Aparentemente, un disolvente y un pegamento son cosas totalmente opuestas y no pueden estar unidas en un mismo elemento. Veremos que no es así con un ejemplño sencillo. Se conoce de antiguo que el agua es el mejor disolvente natural que existe. Cuando limpiamos una superficie con un trapo empapado en agua, veremos cómo al frotar el agua elimina la suciedad de esa superficie, la ha disuelto; pero cuando exprimimos el trapo, veremos que el agua se escurre oscura, porque su acción disolvente es resultado de haber actuado al mismo tiempo como pegamento de la suciedad incrustada en la superficie limpiada. Esa suciedad ha quedado adherida a sus moléculas. Así, el mejor disolvente es el que actúa, al mismo tiempo, como el mejor pegamento.

Otro ejemplo cotidiano. Se supone que una persona despistada es lo opuesto a una persona concentrada en su tarea. Pero ¿qué es el despiste sino la máxima concentración ejercida sobre un pensamiento o cosa, que hace que no se preste atención alguna a lo que pasa alrededor? Y al contrario, una persona concentrada muestra una completa indiferencia por lo que tiene alrededor; es decir, una persona sólo puede concentrarse mostrándose despistada hacia todo lo demás.

Bajo el capitalismo, sin obreros asalariados no habría capitalistas, y al revés. Al mismo tiempo mantienen una lucha de clases permanente. La riqueza de los ricos se fundamenta en la miseria de los pobres. Sólo bajo el socialismo desaparecerán unos y otros.

Este mismo análisis dialéctico tenemos que hacer con respecto a las organizaciones políticas y sindicales de clase. Ocurre a veces que, por muy alejadas que puedan estar sus actuales direcciones de las auténticas ideas del socialismo y del marxismo, la dinámica de la lucha de clases empujará una y otra vez a los trabajadores a intentar transformarlas de arriba hacia abajo, como ya sucedió otras veces en la historia, hasta convertirlas en herramientas de lucha por la transformación socialista de la sociedad. Es decir, convertirlas en lo contrario de lo que son hoy. Sólo después de repetidos intentos fallidos, buscará la clase crear nuevas organizaciones que se adapten a sus intereses, normalmente a través de desprendimientos de las viejas organizaciones de masas.

La idea de la unidad y oposición de los contrarios no son paradojas inteligentes ni juegos mentales que los marxistas queremos imponer con fórceps al pensamiento humano. Es, simplemente, la forma de manifestarse la naturaleza, el pensamiento y la historia humana. Lo que sucede es que el afán del ser humano por conocer y clasificar aisladamente cada fenómeno, para poder comprenderlo, en una práctica desarrollada durante siglos, ha hecho que hayamos perdido el hábito de percibir los fenómenos en su conjunto, en su interrelación dialéctica, hábito que sí tenían los antiguos griegos, de ahí la audacia en el pensamiento que mostraron, incluso a nivel de las ciencias, y que aún nos sorprende y maravilla.

La ley de la negación de la negación

La ley de la negación de la negación explica el desarrollo y el progreso, desde lo inferior a lo superior, de la naturaleza y de la sociedad humana.

Para la dialéctica, negar no significa sólo rechazar, sino también preservar lo válido y útil de un cuerpo, una idea o una sociedad, en unas condiciones nuevas donde ya no podrían existir bajo su antigua forma.

Según la Ley de la negación de la negación, cada avance dado en el desarrollo de la naturaleza, en la evolución de las especies, en el conocimiento humano, y en el desarrollo de la ciencia, es un producto de desarrollos y avances anteriores, que actúan de eslabones en el camino que impulsan nuevos desarrollos hacia adelante. Sin especies inferiores ahora extinguidas, pero que fueron eslabones necesarios en el desarrollo evolutivo, no existiríamos actualmente como especie; sin las bases establecidas en el pensamiento y en la ciencia por los antiguos griegos, y preservadas, transmitidas y enriquecidas durante la edad media por la civiización musumana, hoy no tendríamos filosofía ni ciencia moderna.

Si sembramos una semilla, ésta “desaparecerá” y surgirá un tallo que, finalmente, dará origen a la flor. Pero ésta, a su vez, es “negada”, sustituida por el fruto. Finalmente, el fruto también es “negado” (comido) dejando libres las semillas que lleva dentro y que darán origen a nuevas plantas o árboles. Parece, entonces, que volvemos al principio, pero a un nivel de desarrollo más alto, porque donde se siembra una semilla luego se obtienen 10, 15, ó 20. De igual manera, todo el movimiento dialéctico de la materia parece volver a etapas ya superadas, pero no como en un círculo, para volver al mismo punto de partida, sino como en una espiral, a un nivel superior.

Lo mismo se aplica a la historia humana. Así, el desarrollo de las fuerzas productivas alcanzado por la humanidad la empuja a la sociedad sin clases, al comunismo, una etapa similar al comunismo primitivo natural de las primeras sociedades humanas. Así, volveríamos al “estado de equilibrio” primitivo, desparecidas las contradicciones de la sociedad dividida en clases, pero bajo condiciones nuevas, enriquecidos con los avances científico-técnicos y sociales de 10.000 años de lucha de clases y de desarrollo de la raza humana, donde las contradicciones y el “movimiento” de la sociedad comunista adquirirán una nueva forma como explicamos anteriormente.

Crisis capitalista y oscurantismo filosófico

El Materialismo Dialéctico no es una construcción artificial encajonada sobre la realidad, sino que es la generalización de las leyes bajo las que se desenvuelve la materia en todos sus aspectos: desde los átomos hasta la propia humanidad.

El método idealista de pensamiento ha llevado a la ciencia a un callejón sin salida, incapaz de arrojar luz sobre fenómenos que no puede interpretar. Hasta observamos retrocesos, como explicar el origen del universo y la materia por una gran explosión (Big Bang) que recuerda la teoría creacionista de la Religión. Lo mismo vemos en las demás ramas del conocimiento científico (psicología, genética, etc.).

Pero lo fundamental es comprender el carácter revolucionario del Materialismo Dialéctico que también explica la inevitabilidad de la decadencia del capitalismo y la necesidad del socialismo. Por esta razón, ninguna de las doctrinas del marxismo ha sido tan atacada y calumniada por los teóricos burgueses y socialdemócratas.

La dominación de los capitalistas no se basa solamente en la esclavitud asalariada, sino también en la esclavitud intelectual y espiritual de los trabajadores.

La teoría es una guía para la acción. Librar una lucha ideológica contra las concepciones burguesas en todas las esferas del conocimiento humano es tan importante como la lucha política y económica contra el sistema capitalista.

Como explicó Marx: “Hasta ahora los filósofos sólo se han ocupado de interpretar el mundo, de los que se trata es de transformarlo”.

Es a la clase obrera mundial a quien le corresponde esta tarea.


“ABCs del Materialismo Dialectico” de León Trotsky

Leon Trotsky por Yury Annenkov

La dialéctica no es ficción ni misticismo, sino una ciencia del pensamiento, en tanto que intenta llegar a la comprensión de los problemas más complicados y profundos, superando las limitaciones de los asuntos de la vida diaria. La dialéctica y la lógica formal guardan la misma relación que las altas matemáticas y las matemáticas elementales.

Intento extractar lo sustancial del problema de forma muy esquemática. El aristotelismo lógico del silogismo simple empieza con la proposición de que A es igual a A l. Este postulado se acepta como axioma para multitud de prácticas humanas y generalizaciones elementales. Pero, en realidad, A no es igual a Al. Basta con ponerse gafas para darse cuenta. Pero, puede objetar alguien, la cuestión no es el tamaño o la forma de las letras, puesto que sólo son símbolos de cualidades iguales, por ejemplo, uña libra de azúcar. La objecci6n da en el clavo: precisamente, porque una libra de azúcar nunca es igual a otra libra de azúcar: hay una escala sutil de variaciones entre ambas. Se nos puede objetar de nuevo: pero una libra de azúcar es igual a sí misma. Tampoco es cierto: todos los cuerpos cambian constantemente de peso, tamaño, color, etc., no permanecen nunca inmutables. Un sofista respondería que una libra de azúcar es igual a sí misma “en un momento dado”. Dejando de lado la dudosa validez práctica de semejante “axioma”, este argumento no es en realidad una crítica teórica. ¿Cómo concebimos el término “momento”? Si es un intervalo infinitesimal de tiempo, en ese pequeño espacio la libra de azúcar sufrirá algún cambio. ¿O es el “momento” una abstracción matemática, un tiempo 0? Pero todo existe en el tiempo; la misma existencia es un proceso de transformación ininterrumpido; el tiempo es, en consecuencia, el elemento fundamental de la existencia. Luego el axioma “A es igual a A” significa que una cosa es igual a sí misma si no cambia, es decir, si no existe.

A primera vista, podría parecer que estas sutilezas son inútiles. En realidad, son de importancia definitiva. El axioma “A es igual a A”, parece ser, por un lado, la base de todo nuestro conocimiento, y por otro, la fuente de todos nuestros errores. Usar el axioma “A es igual a A” impunemente es posible sólo dentro de ciertos límites. Podemos admitir ciertos cambios cuantitativos y presumir que “A es igual a Al “. Este es el caso del comprador y el vendedor de una libra de azúcar. Hasta hace poco considerábamos de la misma manera el poder adquisitivo del dólar. Pero, una vez traspasados ciertos límites, los cambios cuantitativos pueden llegar a ser cualitativos. Una libra de azúcar sometida a la acción del agua o del keroseno deja de ser una libra de azúcar. Determinar en qué momento el cambio cuantitativo se convierte en cualitativo es una de las tareas más importantes y difíciles del conocimiento, incluida la sociología.

Todo trabajador sabe que es imposible hacer dos objetos totalmente iguales. En la elaboración de cojinetes cónicos, los conos sufren una cierta desviación que no debe, sin embargo, traspasar ciertos límites (a esto se le llama tolerancia). Pero, si cumplen las normas de la tolerancia, los conos son considerados iguales. Cuando se sobrepasa la tolerancia, la cantidad se convierte en cualidad: en otras palabras, los cojinetes serán inferiores o totalmente inservibles.

Nuestro pensamiento científico es sólo una parte de nuestra práctica, que incluye también técnicas. También existe “tolerancia” para los conceptos, tolerancia establecida no por la lógica formal basada en el axioma “A es igual a Al”, sino por la lógica dialéctica basada en el axioma de que todo está cambiando siempre. El “sentido común” se caracteriza por exceder sistemáticamente la tolerancia dialéctica.

El pensamiento vulgar utiliza conceptos como capitalismo, moral, libertad, estado obrero, etc., como abstracciones fijas, presuponiendo que capitalismo es igual a capitalismo, moral a moral, etc. El pensamiento dialéctico analiza todas las cosas y todos los fenómenos en su cambio continuo, determinado en qué condiciones materiales se produce el cambio crítico, tras el cual A deja de ser Al, un estado obrero deja de ser un estado obrero. El fallo fundamental del pensamiento vulgar radica en que desea conformarse con imágenes no teóricas de una realidad que consiste en movimiento perpetuo. El pensamiento dialéctico da a los conceptos, por medio de aproximaciones lo más cercanas posible, correcciones, concretizaciones, riqueza de contenido y flexibilidad: me atrevería a decir que les da una suculencia que les aproxima mucho a los fenómenos vivos. No hablamos de capitalismo en general, sino de un determinado capitalismo en un determinado nivel de desarrollo. No hablamos de estado obrero, sino de un estado obrero dado, en un país atrasado y con un entorno imperialista, etc.

El pensamiento dialéctico es al vulgar lo que una película a una fotografía. La película no proscribe la fotografía, sino que las combina en series según las leyes del movimiento. La dialéctica no niega la validez del silogismo, pero nos enseña a combinar los silogismos de modo que nos lleven lo más cerca posible de la comprensión de una realidad eternamente cambiante.
Hegel estableció en su Lógica una serie de leyes: cambio de la cantidad en cualidad, desarrollo a través de las contradicciones, conflicto entre forma y contenido, interrupción de la continuidad, cambio de posibilidad en inevitabilidad, etc., que son tan importantes para el pensamiento teórico como el silogismo simple para tareas más elementales.

Hegel escribió antes que Darwin y antes que Marx. Gracias al gran impulso que la Revolución Francesa dio al pensamiento general de la ciencia. Pero como sólo era una anticipación, la obra de un genio, recibió de Hegel un carácter idealista. Hegel consideró sombras ideológicas como si fueran la realidad última, acabada. Marx demostró que el movimiento de esas sombras no era sino el reflejo del movimiento de cuerpos materiales.

Llamamos “materialista” a nuestra dialéctica porque está basada no en el cielo ni en nuestro “libre albedrío”, sino en la realidad objetiva, en la naturaleza. La conciencia surge de la inconsciencia, la psicología de la fisiología, el mundo orgánico del inorgánico, el sistema solar de las nebulosas. En todos los eslabones de esta cadena, los cambios cuantitativos se convirtieron en saltos cualitativos. Nuestro pensamiento, incluido el pensamiento dialéctico, no es sino una forma de expresión de este mundo cambiante. En este sistema no hay lugar para Dios, ni el destino, ni el alma inmortal, ni para normas, leyes ni morales eternas. El pensamiento dialéctico que ha surgido de la naturaleza dialéctica del mundo, posee consecuentemente un carácter totalmente materialista.

El darwinismo, que explica la evolución de las especies mediante “saltos cualitativos”, fue el mayor triunfo de la dialéctica en el campo de las ciencias naturales. Otro gran triunfo fue el descubrimiento de la tabla de pesos atómicos de los elementos químicos y de los procesos de transformaci6n de un elemento en otro.

Ligado muy de cerca con este problema de la transformaci6n está el problema de la clasificación, tan importante en las ciencias naturales como en las sociales. El sistema de Linneo (siglo XIX), basado en la inmutabilidad de las especies, se limitaba a la descripción y clasificación de las plantas de acuerdo con sus características externas. El período infantil de la botánica es análogo al período infantil de la lógica, porque las formas de nuestro pensamiento evolucionan como todas las cosas vivas. Sólo el rechazo definitivo de la idea de las especies fijas, sólo el estudio de la historia de la evolución de las plantas y de su anatomía nos proporciona las bases para una clasificación realmente científica. 

Marx, que, al contrario de Darwin, era conscientemente dialéctico, descubrió las bases para la clasificación científica de las sociedades humanas en el desarrollo de sus fuerzas productivas, y de la estructura de sus relaciones de propiedad, que constituyen la anatomía de la sociedad. El marxismo sustituyó la clasificación vulgar de las sociedades y los estados, que todavía hoy prevalece en nuestras universidades, por una clasificación materialista dialéctica. Sólo mediante el método de Marx es posible determinar correctamente el concepto de estado obrero y el momento de su caída.

Todo esto, hasta donde nos es posible ver, no contiene nada de “escolástico” o de “metafísico”, como afirman los ignorantes contumaces. La lógica dialéctica expresa la ley del movimiento en el pensamiento científico contemporáneo. Por el contrario, la lucha contra el materialismo dialéctico expresa un pasado distante, el conservadurismo de la pequeña burguesía, el engreimiento de los universitarios rutinarios… y un poquito de fe en la otra vida.


“Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofia clasica alemana” de Federico Engels

(…) pero de la descomposición de la escuela hegeliana brotó además otra corriente, la única que ha dado verdaderos frutos, y esta corriente va asociada primordialmente al nombre de Marx.

También esta corriente se separó de filosofía hegeliana replegándose sobre las posiciones materialistas. es decir, decidiéndose a concebir el mundo real —la naturaleza y la historia— tal como se presenta a cualquiera que lo mire sin quimeras idealistas
preconcebidas; decidiéndose a sacrificar implacablemente todas las quimeras idealistas que no concordasen con los hechos, enfocados en su propia concatenación y no en una concatenación imaginaria. y esto, y sólo esto, es lo que se llama materialismo. sólo que aquí se tomaba realmente en serio, por vez primera, la concepción materialista del mundo y se la aplicaba consecuentemente —a lo menos, en sus rasgos fundamentales— a todos los campos posibles del saber.

Esta corriente no se contentaba con dar de lado a Hegel; por el contrario, se agarraba a su lado revolucionario, al método dialéctico, tal como lo dejamos descrito más arriba. pero, bajo su forma hegeliana este método era inservible. en Hegel, la dialéctica es el autodesarrollo del concepto. el concepto absoluto no sólo existe desde toda una eternidad —sin que sepamos dónde—, sino que es, además, la verdadera alma viva de todo el mundo existente. el concepto absoluto se desarrolla hasta llegar a ser lo que es, a través de todas las etapas preliminares que se estudian por extenso en la Lógica y que se contienen todas en dicho concepto; luego, se “enajena” al convertirse en la naturaleza, donde, sin la conciencia de sí, disfrazado de necesidad natural, atraviesa por un nuevo desarrollo, hasta que, por último, recobra en el hombre la conciencia de sí mismo; en la historia, esta conciencia vuelve a elaborarse a partir de su estado tosco y primitivo, hasta que por fin el concepto absoluto recobra de nuevo su completa personalidad en la filosofía hegeliana. como vemos en hegel, el desarrollo dialéctico
que se revela en la naturaleza y en la historia, es decir, la concatenación causal del progreso que va de lo inferior a lo superior, y que se impone a través de todos los zigzags y retrocesos momentáneos, no es más que un cliché del automovimiento del concepto; automovimiento que existe y se desarrolla desde toda una eternidad, no se sabe dónde, pero desde luego con independencia de todo cerebro humano pensante.

Esta inversión ideológica era la que había que eliminar. Nosotros retornamos a las posiciones materialistas y volvimos a ver en los conceptos de nuestro cerebro las imágenes de los objetos reales, en vez de considerar a éstos como imágenes de tal o cual fase del concepto absoluto. con esto, la dialéctica quedaba reducida a la ciencia de las leyes generales del movimiento, tanto el del mundo exterior como el del pensamiento humano: dos series de leyes idénticas en cuanto a la esencia, pero distintas en cuanto a la expresión, en el sentido de que el cerebro humano puede aplicarlas conscientemente, mientras que en la naturaleza, y hasta hoy también, en gran parte, en la historia humana, estas leyes se abren paso de un modo inconsciente, bajo la forma de una necesidad exterior, en medio de una serie infinita de aparentes casualidades. pero, con esto, la propia dialéctica del concepto se convertía simplemente en el reflejo consciente del movimiento dialéctico del mundo real, lo que equivalía a poner la dialéctica hegeliana cabeza abajo; o mejor dicho, a invertir la dialéctica, que estaba cabeza abajo, poniéndola de pie. y, cosa notable, esta dialéctica materialista, que era desde hacía varios años nuestro mejor instrumento de trabajo y nuestra arma más afilada, no fue descubierta solamente por nosotros, sino también, independientemente de nosotros y hasta independientemente del propio Hegel, por un obrero alemán: Joseph Dietzgen.

Con esto volvía a ponerse en pie el lado revolucionario de la filosofía hegeliana y se limpiaba al mismo tiempo de la costra idealista que en Hegel impedía su consecuente aplicación. La gran idea cardinal de que el mundo no puede concebirse como un conjunto de objetos terminados, sino como un conjunto de procesos, en el que las cosas que parecen estables, al igual que sus reflejos mentales en nuestras cabezas, los conceptos, pasan por una serie ininterrumpida de cambios, por un proceso de génesis y caducidad, a través de los cuales, pese a todo su aparente carácter fortuito y a todos los retrocesos momentáneos, se acaba imponiendo siempre una trayectoria progresiva; esta gran idea cardinal se halla ya tan arraigada, sobre todo desde Hegel, en la conciencia habitual, que expuesta así, en términos generales, apenas encuentra oposición. pero una cosa es reconocerla de palabra y otra cosa es aplicarla a la realidad concreta, en todos los campos sometidos a investigación. si en nuestras investigaciones nos colocamos siempre en este punto de vista, daremos al traste de una vez para siempre con el postulado de soluciones definitivas y verdades eternas; tendremos en todo momento la conciencia de que todos los resultados que obtengamos serán forzosamente limitados y se hallarán condicionados por las circunstancias en las cuales los obtenemos; pero ya no nos infundirán respeto esas antítesis irreductibles para la vieja metafísica todavía en boga: de lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo idéntico y lo distinto, lo necesario y lo fortuito; sabemos que estas antítesis sólo tienen un valor relativo, que lo que hoy reputamos como verdadero encierra también un lado falso, ahora oculto, pero que saldrá a la luz más tarde, del mismo modo que lo que ahora reconocemos como falso guarda su lado verdadero, gracias al cual fue acatado como verdadero anteriormente; que lo que se afirma necesario se compone de toda una serie de meras casualidades y que lo que se cree fortuito no es más que la forma detrás de la cual se esconde la necesidad, y así sucesivamente.

El viejo método de investigación y de pensamiento que Hegel llama “metafísico” método que se ocupaba preferentemente de la
investigación de los objetos como algo hecho y fijo, y cuyos residuos embrollan todavía con bastante fuerza las cabezas, tenía en su tiempo una gran razón histórica de ser. había que investigar las cosas antes de poder investigar los procesos. había que saber lo que era tal o cual objeto, antes de pulsar los cambios que en él se operaban. y así acontecía en las ciencias naturales. La vieja metafísica que enfocaba los objetos como cosas fijas e inmutables, nació de una ciencia de la naturaleza que investigaba las cosas muertas y las vivas como objetos fijos e inmutables. cuando estas investigaciones estaban ya tan avanzadas que era posible realizar el progreso decisivo consistente en pasar a la investigación sistemática de los cambios experimentados por aquellos objetos en la naturaleza misma, sonó también en el campo filosófico la hora final de la vieja metafísica. en efecto, si hasta fines del siglo pasado las ciencias naturales fueron predominantemente ciencias colectoras, ciencias de objetos hechos, en nuestro siglo son ya ciencias esencialmente ordenadoras, ciencias que estudian los procesos, el origen y el desarrollo de estos objetos y la concatenación que hace de estos procesos naturales un gran todo. La fisiología,
que investiga los fenómenos del organismo vegetal y animal, la embriología, que estudia el desarrollo de un organismo desde su germen hasta su formación completa, la geología, que sigue la formación gradual de la corteza terrestre, son, todas ellas, hijas de nuestro siglo.


Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo de Vladimir I. Lenin

La historia de la filosofía y la historia de las ciencias sociales muestran con diáfana claridad que en el marxismo nada hay que se parezca al “sectarismo”, en el sentido de que sea una doctrina fanática, petrificada, surgida al margen del camino real del desarrollo de la civilización mundial. Al contrario, el genio de Marx estriba, precisamente, en haber dado solución a los problemas que el pensamiento más avanzado de la humanidad había planteado ya. Su doctrina surgió como la continuación directa e inmediata de las doctrinas de los más grandes representantes de la filosofía, la economía política y el socialismo.
La doctrina de Marx es omnipotente porque es exacta. Es completa y armónica, y brinda a los hombres una concepción integral del mundo, intransigente con toda superstición, con toda reacción y con toda defensa de la opresión burguesa. El marxismo es el heredero legítimo de lo mejor que la humanidad creó en el siglo XIX: la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés.


Nos detendremos brevemente en estas tres fuentes del marxismo, que constituyen, a la vez, sus partes integrantes.

I

La filosofía del marxismo es el materialismo. A lo largo de toda la historia moderna de Europa, y en especial en Francia a fines del siglo XVIII, donde se libró la batalla decisiva contra toda la basura medieval, contra el feudalismo en las instituciones y en las ideas, el materialismo se mostró como la única filosofía consecuente, fiel a todo lo que enseñan las ciencias naturales, hostil a la superstición, a la mojigata hipocresía, etc. Por eso, los enemigos de la democracia trataban con todas sus fuerzas de “refutar”, minar, difamar el materialismo y salieron en defensa de las diversas formas del idealismo filosófico, que se reduce siempre, de una u otra forma, a la defensa o al apoyo de la religión.


Marx y Engels defendieron del modo más enérgico el materialismo filosófico y explicaron reiteradas veces el profundo error que significaba toda desviación de esa base. En las obras de Engels Ludwig Feuerbach y Anti-Dühring, que —al igual que El Manifiesto Comunista— son los libros de cabecera de todo obrero con conciencia de clase, es donde aparecen expuestas con mayor claridad y detalle sus opiniones.


Pero Marx no se detuvo en el materialismo del siglo XVIII, sino que llevó más lejos la filosofía. La enriqueció con los logros de la filosofía clásica alemana, en especial con el sistema de Hegel, que, a su vez, había conducido al materialismo de Feuerbach. El principal de estos logros es la dialéctica, es decir, la doctrina del desarrollo en su forma más completa, profunda y exenta de unilateralidad, la doctrina de la relatividad del conocimiento humano, que nos da un reflejo de la materia en constante desarrollo. Los novísimos descubrimientos de las ciencias naturales —el radio, los electrones, la transformación de los elementos— son una admirable confirmación del materialismo dialéctico de Marx, quiéranlo o no las doctrinas de los filósofos burgueses con sus “nuevos” retornos al viejo y decadente idealismo.


Marx profundizó y desarrolló totalmente el materialismo filosófico, e hizo extensivo el conocimiento de la naturaleza al conocimiento de la sociedad humana. El materialismo histórico de Marx es una enorme conquista del pensamiento científico. Al caos y la arbitrariedad, que imperaban hasta entonces en los puntos de vista sobre historia y política, sucedió una teoría científica asombrosamente completa y armónica, que muestra cómo, en virtud del desarrollo de las fuerzas productivas de un sistema de vida social surge otro más elevado; cómo del feudalismo, por ejemplo, nace el capitalismo.


Así como el conocimiento del hombre refleja la naturaleza (es decir, la materia en desarrollo), que existe independientemente de él, así el conocimiento social del hombre (es decir, las diversas concepciones y doctrinas filosóficas, religiosas, políticas, etc.), refleja el régimen económico de la sociedad. Las instituciones políticas son la superestructura que se alza sobre la base económica. Así vemos, por ejemplo, que las diversas formas políticas de los Estados europeos modernos sirven para reforzar la dominación de la burguesía sobre el proletariado.


La filosofía de Marx es un materialismo filosófico acabado, que ha dado a la humanidad, y sobre todo a la clase obrera, la poderosa arma del conocimiento.

II

Después de haber comprobado que el régimen económico es la base sobre la cual se erige la superestructura política, Marx se entregó sobre todo al estudio atento de ese sistema económico. La obra principal de Marx, El Capital, está consagrada al estudio del régimen económico de la sociedad moderna, es decir, la capitalista.


La economía política clásica anterior a Marx surgió en Inglaterra, el país capitalista más desarrollado. Adam Smith y David Ricardo, en sus investigaciones del régimen económico, sentaron las bases de la teoría del valor por el trabajo. Marx prosiguió su obra; demostró estrictamente esa teoría y la desarrolló consecuentemente; mostró que el valor de toda mercancía está determinado por la cantidad de tiempo de trabajo socialmente necesario invertido en su producción.


Allí donde los economistas burgueses veían relaciones entre objetos (cambio de unas mercancías por otras), Marx descubrió relaciones entre personas. El cambio de mercancías expresa el vínculo establecido a través del mercado entre los distintos productores. El dinero, al unir indisolublemente en un todo único la vida económica íntegra de los productores aislados, indica que este vínculo se hace cada vez más estrecho. El capital significa un desarrollo ulterior de este vínculo: la fuerza de trabajo del hombre se trasforma en mercancía. El obrero asalariado vende su fuerza de trabajo al propietario de la tierra, de las fábricas, de los instrumentos de trabajo. El obrero emplea una parte de la jornada de trabajo en cubrir el costo de su sustento y el de su familia (salario); durante la otra parte de la jornada trabaja gratis, creando para el capitalista la plusvalía, fuente de las ganancias, fuente de la riqueza de la clase capitalista.


La teoría de la plusvalía es la piedra angular de la teoría económica de Marx. El capital, creado por el trabajo del obrero, oprime al obrero, arruina a los pequeños propietarios y crea un ejército de desocupados. En la industria, el triunfo de la gran producción se advierte en seguida, pero también en la agricultura se observa ese mismo fenómeno: aumenta la superioridad de la gran agricultura capitalista, crece el empleo de maquinaria, la hacienda campesina, cae en las garras del capital financiero, languidece y se arruina bajo el peso de la técnica atrasada. La decadencia de la pequeña producción reviste en la agricultura otras formas, pero esa decadencia es un hecho indiscutible.


Al aplastar a la pequeña producción, el capital hace aumentar la productividad del trabajo y crea una situación de monopolio para los consorcios de los grandes capitalistas. La misma producción va adquiriendo cada vez más un carácter social —cientos de miles y millones de obreros ligados entre sí en un organismo económico coordinado—, mientras que un puñado de capitalistas se apropia del producto de este trabajo colectivo. Crecen la anarquía de la producción, las crisis, la carrera desesperada en busca de mercados, la escasez de medios de subsistencia para las masas de la población.

Al aumentar la dependencia de los obreros respecto al capital, el sistema capitalista crea la gran fuerza del trabajo conjunto.
Marx sigue el desarrollo del capitalismo desde los primeros gérmenes de la economía mercantil, desde el simple trueque, hasta sus formas más elevadas, hasta la gran producción. Y la experiencia de todos los países capitalistas, viejos y nuevos, demuestra claramente, año tras año, a un número cada vez mayor de obreros, la veracidad de esta doctrina de Marx.
El capitalismo ha triunfado en el mundo entero, pero este triunfo no es más que el preludio del triunfo del trabajo sobre el capital.

III

Cuando fue derrocado el feudalismo y surgió en el mundo la “libre” sociedad capitalista, en seguida se puso de manifiesto que esa libertad representaba un nuevo sistema de opresión y explotación del pueblo trabajador. Como reflejo de esa opresión y como protesta contra ella, aparecieron inmediatamente diversas doctrinas socialistas. Pero el socialismo originario era un socialismo utópico. Criticaba la sociedad capitalista, la condenaba, la maldecía, soñaba con su destrucción, imaginaba un régimen superior, y se esforzaba por hacer que los ricos se convencieran de la inmoralidad de la explotación.
Pero el socialismo utópico no podía indicar una solución real. No podía explicar la verdadera naturaleza de la esclavitud asalariada bajo el capitalismo, ni descubrir las leyes del desarrollo capitalista, ni señalar qué fuerza social está en condiciones de convertirse en creadora de una nueva sociedad.


Entretanto, las tormentosas revoluciones que en toda Europa, y especialmente en Francia, acompañaron la caída del feudalismo, de la servidumbre, revelaban en forma cada vez más palpable que la base de todo desarrollo y su fuerza motriz era la lucha de clases.
Ni una sola victoria de la libertad política sobre la clase feudal se logró sin una desesperada resistencia. Ni un solo país capitalista se formó sobre una base más o menos libre o democrática, sin una lucha a muerte entre las diversas clases de la sociedad capitalista.


El genio de Marx está en haber sido el primero en deducir de ello la conclusión que enseña la historia del mundo y en aplicar consecuentemente esas lecciones. La conclusión a que llegó es la doctrina de la lucha de clases.
Los hombres han sido siempre, en política, víctimas necias del engaño ajeno y propio, y lo seguirán siendo mientras no aprendan a descubrir detrás de todas las frases, declaraciones y promesas morales, religiosas, políticas y sociales, los intereses de una u otra clase. Los partidarios de reformas y mejoras se verán siempre burlados por los defensores de lo viejo mientras no comprendan que toda institución vieja, por bárbara y podrida que parezca, se sostiene por la fuerza de determinadas clases dominantes. Y para vencer la resistencia de esas clases, sólo hay un medio: encontrar en la misma sociedad que nos rodea, las fuerzas que pueden —y, por su situación social, deben— constituir la fuerza capaz de barrer lo viejo y crear lo nuevo, y educar y organizar a esas fuerzas para la lucha.


Sólo el materialismo filosófico de Marx señaló al proletariado la salida de la esclavitud espiritual en que se han consumido hasta hoy todas las clases oprimidas. Sólo la teoría económica de Marx explicó la situación real del proletariado en el régimen general del capitalismo.

En el mundo entero, desde Norteamérica hasta Japón y desde Suecia hasta África del Sur, se multiplican las organizaciones independientes del proletariado. Este se instruye y se educa al librar su lucha de clase, se despoja de los prejuicios de la sociedad burguesa, está adquiriendo una cohesión cada vez mayor y aprendiendo a medir el alcance de sus éxitos, templa sus fuerzas y crece irresistiblemente.


Resumen de la Dialéctica de Vladimir Lenin

  1. La determinación del concepto en sí mismo [El objeto debe ser considerado en sus relaciones y desarrollo
  2. La naturaleza contradictoria del objeto en si mismo (El otro de sí mismo), las fuerzas y tendencias contradictorias en cada fenomeno;
  3. La unión del análisis y síntesis.

Estos son, aparentemente, los elementos de la dialéctica.

Tambien se podria presentar estos elementos con mas detalle de esta manera:

  1. la objectividad de consideración (sin ejemplos ni divergencias, pero el fenomeno en sí)
  2. la totalidad entera de relaciones de este objeto a otros.
  3. el desarrollo del objeto (fenomeno, respectivamente) y su vida propia
  4. las tendencias internas contradictorias (y lados) del objeto)
  5. el objeto (fenomeno, etc) como la suma y unidad de opuestos.
  6. la lucha de estos opuestos y los motores detrás de su contradicción
  7. la union del analisis y sintesis – el desglose de las partes separadas y la totalidad, la suma de estas partes.
  8. la relaciones de cada cosa (fenomeno, etc.) no son solo multiples pero generales, universales. Cada objeto (fenomeno, etc.) esta conectado con cada otro.
  9. No solo la unidad de opuestos pero las transiciones de cada determinación, cualidad, caracteristicas, lados y propiedades de un punto a otro [¿Su opuesto?]
  10. el proceso sin final del descubrimiento de nuevos rasgos, relaciones y demas. the endless process of the discovery of new sides, relations, etc.
  11. el proceso infinito de la profundizacion del conocimiento del hombre con respecto al objeto, el fenomeno, los procesos, etc. desde la apariencia a la esencia, desde el aspecto menos profundo hasta su esencia mas profunda.
  12. de la co-existencia a la causalidad, de una forma de conexión y dependencia reciproca a una forma de conexión general mas profunda.
  13. la repetición a un nivel mas alto de ciertas caracteristicas y propiedades del nivel mas bajo y
  14. el retorno aparente de lo antiguo (negación de la negación)
  15. la lucha del contenido con la forma y viceversa. El abandono de la forma, la transformación del contenido.
  16. la transición de la cantidad a la cualidad y vice versa (15 y 16 son ejemplos de 9)

En breve, la dialectica puede ser definida como la doctrina de la unidad de opuestos. Esto representa la esencia de la dialectica, pero requiere explicaciones y desarrollos.

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Consejo Editorial De Colombia Marxista

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