Reproducimos aquí cuatro piezas importantes que consideramos una introducción al tema del Materialismo Dialectico. Como Marxistas, el tema de la filosofía es esencial. No podemos cambiar el status quo con las ideas producidas por el mismo. Solo es a través de una filosofía revolucionaria que podemos empezar la tarea de una practica revolucionaria. Los siguientes textos no pueden abarcar todo lo que se puede aprender sobre la dialéctica, pero creemos que presentan una introducción clara a estas ideas, sus orígenes y su importancia.
Si bien estos textos son un buen principio, a nuestra consideración, es esencial que la persona interesada en estas ideas no se limite a la lectura de estos cuatro artículos y de por terminada su educación filosófica. Al contrario, la filosofía (la ciencia del pensamiento) requiere un estudio dedicado y de por vida. Como toda ardua empresa, la parte mas difícil es el empezar. Pero las recompensas de esta tarea son enormes. Un entendimiento claro y sobrio de la realidad que nos rodea y un método que nos ayuda a pelear con las grandes injusticias de nuestro momento histórico. Hegel alguna vez dijo: “La meta final es el entendimiento mental de que es el conocimiento. La impaciencia demanda lo imposible, quiere llegar a la meta sin los medios con los que llegar. La duración del viaje debe de ser aceptada y aguantada, por que cada momento es necesario”.
Semejante recompensas valen la pena detrás del esfuerzo que estas ideas meritan a la hora de su estudio. Estamos seguros que el el estudiante que decida emprender este viaje y se mantenga en el mismo a través de los años será justamente recompensado con ese entendimiento que Hegel describe.
Los Editores de Colombia Marxista
Introducción al materialismo dialéctico de Alan Woods y Rob Sewell
¿Qué es la filosofía?
En cada etapa de la historia humana, los hombres y mujeres han desarrollado alguna forma de interpretar el mundo y reflexionado acerca del lugar que ocupan en él, desarrollando así una filosofía. Los elementos que se utilizan para elaborar esta interpretación se han obtenido mediante la observación de la naturaleza y a través de la generalización de las experiencias del día a día.
Hay personas que creen que no necesitan ninguna filosofía o concepción del mundo. Sin embargo, en la práctica todo el mundo tiene una filosofía, incluso si no está desarrollada de forma consciente. Las personas que se guían por el mero “sentido común” y piensan que se las arreglan bien sin teoría, en la práctica no hacen más que pensar a la manera tradicional. Marx decía que las ideas dominantes en la sociedad son las ideas de la clase dominante. Para mantener y justificar su dominación, la clase capitalista hace uso de todos los medios disponibles para distorsionar la conciencia del trabajador. La escuela, la Iglesia, la televisión y la prensa se utilizan para fomentar la ideología de la clase dominante y adoctrinar a los trabajadores para que acepten su sistema como la forma más natural y permanente de la sociedad. En ausencia de una filosofía socialista consciente, aceptan inconscientemente la filosofía capitalista.
En cada fase de la sociedad de clase, la clase revolucionaria ascendente, que tiene por objetivo cambiar la sociedad, ha de luchar por una nueva concepción del mundo y tiene que atacar a la filosofía antigua, que, basándose en el viejo orden, lo justificaba y lo defendía.
Idealismo y materialismo
A lo largo de la historia de la filosofía nos encontramos con dos campos opuestos, el idealista y el materialista. La idea común de “idealismo” (es decir, la honradez, la rectitud en la búsqueda de los ideales) y de “materialismo” (es decir, el egoísmo codicioso y avaricioso) no tiene nada que ver con el idealismo y el materialismo filosóficos.
Muchos grandes pensadores del pasado fueron idealistas, especialmente Platón y Hegel. Esta escuela de pensamiento considera a la naturaleza y la historia como un reflejo de las ideas o del espíritu. La teoría según la cual los hombres y mujeres y todo lo material fueron creados por un espíritu divino, es un concepto básico del idealismo. Esta perspectiva se expresa de diferentes maneras, sin embargo, su base es que las ideas gobiernan el desarrollo del mundo material. La historia se explica como una historia del pensamiento. Las acciones de las personas se ven como el resultado de pensamientos abstractos y no de sus necesidades materiales. Hegel dio un paso más allá, siendo un idealista coherente, y convirtió el pensamiento en una “Idea” independiente que existe fuera del cerebro y es independiente del mundo material, convirtiendo este último en un mero reflejo de esta Idea. La religión forma parte del idealismo filosófico.
Los pensadores materialistas, por otra parte, han sostenido que el mundo material es real y que la naturaleza o materia es lo primario. La mente o las ideas son un producto del cerebro. El cerebro, y por lo tanto las ideas, surgieron en una etapa determinada del desarrollo de la materia viva. Los principios fundamentales del materialismo son los siguientes:
- El mundo material, conocido por nosotros a través de nuestros sentidos y explorado por la ciencia, es real. El desarrollo del mundo se debe a sus propias leyes naturales, sin ningún recurso a lo sobrenatural.
- Sólo hay un mundo, el mundo material. El pensamiento es un producto de la materia (el cerebro) sin el cual no puede haber ideas con existencia propia. Por lo tanto la mente o las ideas no pueden existir en forma aislada, aparte de la materia. Las ideas generales son sólo reflejos del mundo material. “Para mí – escribió Marx – la idea no es otra cosa que el mundo material reflejado en la mente humana, y traducido en forma de pensamiento.” Por lo que “el ser social determina la conciencia”.
Los idealistas conciben la conciencia, el pensamiento, como algo externo y opuesto a la materia, a la naturaleza. Esta oposición es algo totalmente falso y artificial. Hay una estrecha correlación entre las leyes del pensamiento y las leyes de la naturaleza, porque las primeras siguen y reflejan las segundas. El pensamiento no puede derivar sus categorías de sí mismo, sino sólo desde el mundo exterior. Incluso los pensamientos aparentemente más abstractos, en realidad, proceden de la observación del mundo material.
Incluso una ciencia aparentemente abstracta como las matemáticas, en última instancia, se deriva de la realidad material, y no es una invención del cerebro. En la escuela, el niño cuenta en secreto sus dedos materiales por debajo de un pupitre material antes de resolver un problema aritmético abstracto. Al hacerlo, está recreando los orígenes de las propias matemáticas. Nos basamos en el sistema decimal porque tenemos diez dedos. Los números romanos se basaban originalmente en la representación de los dedos.
En palabras de Lenin “la materia actuando sobre nuestros órganos sensitivos produce sensaciones. Las sensaciones dependen del cerebro, de los nervios, de la retina…, es decir, son el supremo producto de la materia”.
La persona es parte de la naturaleza y desarrolla sus ideas en interacción con el resto del mundo. Los procesos mentales son en efecto reales, pero no constituyen algo absoluto, al margen de la naturaleza. Se les debe estudiar en las circunstancias materiales y sociales en las que surgen. “Los fantasmas formados en el cerebro humano – afirmaba Marx – son necesariamente sublimaciones de su proceso material de vida”. Más tarde concluía: “Moral, Religión, Metafísica, todo el resto de la ideología y sus correspondientes formas de conciencia, no sostienen su apariencia de independencia. No tienen historia, ni desarrollo; pero los hombres, desarrollando su producción material y sus relaciones materiales, alteran paralelamente su existencia real, su forma de pensar y el producto de ésta. La vida no es determinada por la conciencia, sino la conciencia por la vida”.
Los orígenes del materialismo
“La patria primitiva de todo el materialismo moderno – escribía Engels -desde el siglo XVII en adelante, es Inglaterra”.
En esa época, la vieja aristocracia feudal y la monarquía empezaron a ser combatidas por las clases medias recién aparecidas. El bastión del feudalismo era la Iglesia Católica de Roma, que proporcionaba una justificación divina para la monarquía y las instituciones feudales. Éstas, por tanto, tenían que ser liquidadas antes de que el feudalismo pudiera ser abatido. La burguesía en ascenso se enfrentó con las viejas ideas y los conceptos divinos sobre los que el viejo orden se basaba.
“Paralelamente con el ascenso de las clases medias, vino un gran renacimiento de la ciencia: la astronomía, la mecánica, la física, la anatomía, la fisiología, fueron cultivadas de nuevo. Y la burguesía para el desarrollo de su producción industrial, requería una ciencia que investigase las propiedades físicas de los objetos naturales y los modos de acción de las fuerzas de la naturaleza. Hasta entonces la ciencia no había sido otra cosa que la servidora de la Iglesia, no se le había permitido ir más allá de los límites que la fe determinaba y, precisamente por esto, no había habido de ninguna manera una ciencia. La ciencia se rebeló contra la Iglesia; la burguesía no podía hacer nada sin la ciencia y, por lo tanto, tenía que unírsele en la rebelión.” [1]
Fue en esa época cuando Francis Bacon(1561-1626) desarrolló sus revolucionarias ideas sobre el materialismo. Según él, los sentidos eran infalibles y, a la vez, la fuente de todo conocimiento. Toda ciencia se basaba en la experiencia y consistía en someter el dato concreto a un método racional de investigación: inducción, análisis, comparación, observación y experimentación.
Quedó, sin embargo, para Tomas Hobbes (1588-1679) el continuar y desarrollar el materialismo de Bacon como un sistema. Hobbes se dio cuenta de que las ideas y los conceptos eran sólo un reflejo del mundo material y que “es imposible separar el pensamiento de la materia sobre la que se piensa”. Más tarde, el pensador inglés John Locke (1632-1704) aportó pruebas de este materialismo.
Esta escuela de filosofía materialista pasó de Inglaterra a Francia, para ser recogida y posteriormente desarrollada por René Descartes (1596-1650) y sus seguidores. Estos materialistas franceses no se limitaron a criticar la religión, sino que extendieron su crítica a todas las instituciones e ideas. Se enfrentaron a estas cosas en nombre de la Razón y armaron a la naciente burguesía en su batalla contra la monarquía. El nacimiento de la Gran Revolución burguesa de Francia de 1789-93 hizo de la filosofía materialista su credo. A diferencia de la Revolución Inglesa de mediados del siglo XVII, la Revolución Francesa destruyó completamente el viejo orden feudal. Como Engels puso de relieve más tarde:
“Hoy sabemos que aquel Reino de la Razón no era nada más que el Reino de la Burguesía idealizado, que la justicia eterna encontró su realización en los tribunales de la burguesía, que la igualdad desembocó en la igualdad burguesa ante la ley, que como uno de los derechos del hombre más esenciales se proclamó la propiedad burguesa y que el Estado de la Razón, el contrato social roussoníano, tomó vida, y sólo pudo cobrarla, como república burguesa democrática. Los grandes pensadores del siglo XVIII, exactamente igual que todos sus predecesores, no pudieron rebasar los límites que les había puesto su propia época” (Engels, Anti-Dühring).
El defecto, a pesar de todo, de este materialismo desde Bacon en adelante, era su rígida y mecánica interpretación de la Naturaleza. No es accidental que la escuela materialista inglesa floreciese en el siglo XVIII, cuando los descubrimientos de Isaac Newton hicieron de la Mecánica la ciencia más avanzada e importante de su tiempo. En palabras de Engels, “la limitación específica de este materialismo consistía en su incapacidad para concebir el mundo como un proceso, como una materia sujeta a desarrollo histórico ininterrumpido”.[2]
La Revolución Francesa tuvo un efecto profundo en el mundo civilizado, al igual que luego lo tendría la Revolución Rusa de 1917. Efectivamente, revolucionó el pensamiento en todos los campos, político, filosófico, científico y artístico. El fermento de ideas que emergió de esta revolución democrático-burguesa, aseguró avances en las ciencias naturales, la geología, la botánica, la química, así como en la economía política.
Fue en ese periodo cuando se hizo una crítica del punto de vista mecánico de estos materialistas. Un filósofo alemán, Immanuel Kant (1724 -1804), fue el primero que rompió con la vieja mecánica, con su descubrimiento de que la Tierra y el Sistema Solar habían llegado a ser y que no habían existido eternamente. Lo mismo sucedía con la geografía, la geología, las plantas y los animales.
Estas revolucionarias ideas de Kant fueron desarrolladas aún más por otro brillante pensador alemán, Georg Hegel(1770-1831). Hegel era un filósofo idealista, que pensaba que el mundo podía ser explicado como una manifestación o reflejo de una “mente universal” o “Idea”, esto es, algún tipo de Dios
Hegel observaba el mundo, no como un miembro activo de la sociedad y de la historia humana, sino como un filósofo, observando los hechos desde fuera. Se situó en una posición por encima del mundo, interpretando la historia del pensamiento y del mundo como el mundo de las ideas, como un mundo ideal. Así, para Hegel, los problemas y las contradicciones no se plantean en términos reales, sino en términos de pensamiento, y por lo tanto sólo podían ser resueltos a través de la evolución del pensamiento mismo. En vez de que las contradicciones en la sociedad fuesen resueltas por la acción de los hombres, por la lucha de clases, la solución para Hegel se encontraba en la cabeza del filósofo, en la Idea Absoluta.
Sin embargo, Hegel reconoció los errores y la cortedad del viejo punto de vista mecanicista. También reconoció la falta de adecuación de la lógica formal y sentó las bases para una concepción del mundo que podría explicar las contradicciones a través del cambio y el movimiento.
A pesar de que Hegel redescubrió y analizó las leyes del cambio y el movimiento, su idealismo ponía todas las cosas cabeza abajo. Esta era la lucha y la crítica que le hacían los jóvenes hegelianos dirigidos por Ludwig Feuerbach (1804-1872) que intentó corregir esta postura y colocar la filosofía con los pies en el suelo. Pero incluso Feuerbach – “cuya mitad inferior era materialista y la mitad superior idealista” (Engels) – no fue capaz de limpiar totalmente el hegelianismo de su concepción idealista. Este trabajo quedó para Marx y Engels, quienes fueron capaces de quitarle al método dialéctico el carácter místico que hasta entonces tenía.
La dialéctica hegeliana se fusionó con el materialismo moderno para producir la concepción revolucionaria que es el materialismo dialéctico.
¿Qué es la dialéctica?
Hemos visto que el materialismo moderno parte de considerar que la materia es lo primario y que la mente o las ideas son productos del cerebro.
Pero, ¿Qué es el pensamiento dialéctico o la dialéctica?
“La dialéctica no es más que la ciencia de las leyes generales del movimiento y la evolución de la naturaleza, de la sociedad humana y del pensamiento.” (Engels, Anti-Dühring).
El método dialéctico tenía ya una larga existencia antes de que Marx y Engels lo desarrollasen científicamente como un medio de comprender el desarrollo de la sociedad humana.
Los griegos antiguos produjeron algunos grandes pensadores dialécticos, entre los que están Platón, Zenón de Elea y Aristóteles. Ya en el año 500 antes de nuestra era, Heráclito adelantaba la idea de que “todas las cosas son y no son, porque todo fluye, está cambiando constantemente, constantemente naciendo y muriendo. Es imposible sumergirse dos veces en uno e idéntico río”.
Esta frase contiene ya la concepción fundamental de la dialéctica, de que todo en la naturaleza está en un constante estado de cambio y que este cambio se produce a través de una serie de contradicciones.
“La gran idea cardinal de que el mundo no puede concebirse como un conjunto de objetos terminados y acabados, sino como un conjunto de procesos, en el que las cosas que parecen estables, al igual que sus reflejos mentales en nuestras cabezas, los conceptos, pasan por una serie ininterrumpida de cambios, por un proceso de génesis y caducidad; esta gran idea cardinal se halla ya tan arraigada desde Hegel en la conciencia habitual, que, expuesta así, en términos generales, apenas encuentra oposición. Pero una cosa es reconocerla de palabra y otra cosa es aplicarla a la realidad concreta, en todos los campos sometidos a la investigación”.
“Para la filosofía dialéctica no existe nada definitivo, absoluto, consagrado; en todo pone de relieve lo que tiene de perecedero, y no deja en pie más que el proceso ininterrumpido del devenir y perecer, un ascenso sin fin de lo inferior a lo superior, cuyo mero reflejo en el cerebro pensante es esta misma filosofía.” (Engels, Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana).
La dialéctica y la metafísica
Los filósofos griegos anticiparon brillantemente el posterior desarrollo de la dialéctica, así como el de otras ciencias. Pero no podían llevar ellos mismos esta anticipación a su conclusión lógica, debido al bajo desarrollo de los medios de producción y a la falta de una adecuada información acerca de los fenómenos del Universo.
Sus ideas dieron una visión casi correcta del conjunto, pero a menudo no eran más que geniales inspiraciones y no teorías elaboradas científicamente. Para llevar más lejos el pensamiento humano, era necesario abandonar este camino e intentar llegar a una comprensión general del Universo y concentrarse en las pequeñas, más rutinarias, tareas de coleccionar, elaborar y nivelar un conjunto de hechos individuales, de verificar las teorías particulares, mediante la experimentación, la definición…
Esta aproximación factual, experimental, empírica, permitió un enorme avance del pensamiento humano y la ciencia. Las investigaciones sobre los fenómenos de la naturaleza se podían llevar ahora científicamente, analizando cada problema particular y verificando cada conclusión. Pero en esta evolución, en este nuevo estadio de desarrollo, la vieja habilidad de tratar las cosas en su conexión, y no aisladamente, en su movimiento y no estáticamente, en su vida y no en su muerte, se perdió.
Al estrecho, empírico, modo de pensar que consecuentemente surgió se le llamó acercamiento “metafísico” y es el que todavía domina la moderna filosofía y la ciencia capitalista. En política está reflejado en el famoso pragmatismo de Harold Wilson “si funciona, debe ser correcto” y en el constante llamamiento a los hechos, pero siempre aislados.
Pero los hechos no se seleccionan a sí mismos. Deben ser elegidos por los hombres. El orden y la secuencia en que se les ordena, así como las conclusiones que se obtienen de ellos, depende de las nociones preconcebidas del individuo. Así, estos llamamientos a los hechos, a los que se supone de acuerdo con una imparcialidad científica, suelen ser sólo una cortina de humo para ocultar los prejuicios de los que los utilizan.
La dialéctica no se ocupa sólo de los hechos, sino de los hechos en su conexión, es decir, de procesos no sólo de ideas aisladas, sino de leyes; no sólo de lo particular, sino de lo general.
El pensamiento dialéctico guarda la misma relación con la Metafísica que la que guarda un fotograma de una película con la película en su conjunto. El uno no contradice al otro, sino que lo complementa. Sin embargo, la más certera y completa aproximación a la realidad está en la película.
Para la vida cotidiana y para cálculos sencillos, el pensamiento metafísico o sentido común es suficiente. Pero tiene sus limitaciones y más allá de éstos convierte la verdad en mentira. La principal limitación de este tipo de pensamiento es su incapacidad para comprender el movimiento y el desarrollo, junto con su repudio de toda contradicción. Sea como fuere, el movimiento y el cambio implican contradicciones.
“Para el metafísico las cosas y sus imágenes en el pensamiento, los conceptos, son objetos aislados de estudio, que se consideran uno tras otro y sin el otro, firmes, fijos y rígidos, dados de una vez para siempre. Su pensamiento está formado de antítesis sin término medio; dice: sí, sí, no, no; y todo lo que pasa de eso, de mal espíritu procede. Para él, toda cosa existe o no existe: una cosa no puede ser al mismo tiempo ella misma y algo diferente. Lo positivo y lo negativo se excluyen lo uno a lo otro de un modo absoluto; la causa y el efecto se encuentran del mismo modo en rígida contraposición. Este modo de pensar nos resulta a primera vista muy plausible porque es el del llamado sano sentido común. Pero el sano sentido común, por apreciable compañero que sea en el doméstico dominio de sus cuatro paredes, experimenta asombrosas aventuras en cuanto que se arriesga por el ancho mundo de la investigación” (Engels, Anti-Dühring).
Para las cuestiones diarias, por ejemplo, es posible decir con un cierto grado de certeza si un individuo, planta o animal está vivo o muerto. Pero es mucho más complicado decir exactamente dónde está el límite a partir del cual se puede hablar de vida independiente del feto en el vientre materno, y de igual manera es imposible fijar el momento de la muerte porque la fisiología ha demostrado que la muerte no es un suceso instantáneo, sino un proceso bastante largo.
Como Heráclito advertía: “La misma cosa en nosotros vive y muere, duerme y está despierta, es joven y vieja; cada una cambia su lugar y deviene la otra. Nosotros entramos y no entramos en el mismo río: estamos y no estamos”.
Trotsky, en su ABC de la dialéctica materialista, caracterizaba a la dialéctica como una ciencia de las formas de nuestro pensamiento en la medida en que no se reduce a los problemas diarios, sino que intenta llegar a una comprensión de los procesos más complicados y complejos.
Comparaba la dialéctica y la lógica formal (la metafísica) con las matemáticas superiores y las básicas. Aristóteles fue el primero que desarrolló las leyes de la lógica formal, y su sistema lógico ha sido aceptado siempre desde entonces por los metafísicos como el único método posible de pensamiento científico:
“La lógica aristotélica del silogismo simple parte de la premisa de que A es igual a A. Este postulado se acepta como un axioma para una cantidad de acciones humanas prácticas y de generalizaciones elementales. Pero en realidad A no es igual a A. Esto es fácil de demostrar si observamos estas dos letras bajo una lente: son completamente diferentes. Pero, se podrá objetar, no se trata del tamaño o de la forma de las letras, dado que ellas son solamente símbolos de cantidades iguales, por ejemplo de un kilo de azúcar. La objeción no es válida; en realidad, un kilo de azúcar nunca es igual a un kilo de azúcar: una balanza delicada descubriría siempre la diferencia. Nuevamente se podría objetar: sin embargo un kilo de azúcar es igual a sí mismo. Tampoco esto es verdad: todos los cuerpos cambian constantemente de peso, color, etc. Nunca son iguales a sí mismos. Un sofista contestará que un kilo de azúcar es igual a sí mismo ‘en un momento dado’. Fuera del valor práctico extremadamente dudoso de este axioma, tampoco soporta una crítica teórica ¿Cómo concebimos realmente la palabra ‘momento’? Si se trata de un intervalo infinitesimal de tiempo, entonces un kilo de azúcar está sometido durante el transcurso de ese ‘momento’ a cambios inevitables ¿O este ‘momento’ es una abstracción puramente matemática, es decir, cero tiempo? Pero todo existe en el tiempo y la existencia misma es un proceso ininterrumpido de transformación; el tiempo es en consecuencia un elemento fundamental de la existencia. De este modo el axioma A es igual a A, significa que una cosa es igual a sí misma si no cambia, es decir, si no existe.
“A primera vista, podría parecer que estas sutilezas son inútiles: en realidad tienen decisiva importancia. El axioma A es igual a A es, a un mismo tiempo, punto de partida de todos nuestros conocimientos y punto de partida de todos los errores de nuestros conocimientos. Sólo dentro de ciertos límites se lo puede utilizar con uniformidad. Si los cambios cualitativos que se producen en A carecen de importancia para la cuestión que tenemos entre manos, entonces podremos presumir que A es igual a A. Este es, por ejemplo, el modo con que el vendedor y el comprador consideran un kilo de azúcar. De la misma manera consideramos la temperatura del sol. Hasta hace poco considerábamos de la misma manera el valor adquisitivo del dólar. Pero cuando los cambios cuantitativos sobrepasan ciertos límites se convierten en cambios cualitativos. Un kilo de azúcar sometido a la acción del agua o del queroseno deja de ser un kilo de azúcar. Un dólar en manos de un presidente deja de ser un dólar. Determinar en el momento preciso, el punto crítico, en que la cantidad se transforma en calidad, es una de las tareas más difíciles e importantes en todas las esferas del conocimiento, incluso de la sociología”(Trotsky, En defensa del marxismo).
Hegel
El viejo método dialéctico de razonar, que había caído en desuso desde los tiempos medievales, fue revivido a principios del siglo XIX por el gran filósofo alemán G. Hegel (1770-1831). Hegel, una de las mentes más enciclopédicas de su tiempo, sometió las afirmaciones de la lógica formal a una detallada crítica, y demostró sus limitaciones y su manera estrecha y unilateral de ver las cosas. Hegel realizó el primer análisis completo de las leyes de la dialéctica.
“En nuestro tiempo, la idea del desarrollo, de la evolución, ha penetrado actualmente casi en su integridad en la conciencia social, pero no a través de la filosofía de Hegel, sino por otros caminos. Sin embargo, esta idea, tal como la formularon Marx y Engels, apoyándose en Hegel, es mucho más completa, más rica de contenido que la teoría de la evolución al uso. Es un desarrollo que parece repetir las etapas ya recorridas, pero de otro modo, sobre una base más alta (la ‘negación de la negación’); un desarrollo, por decirlo así, en espiral y no en línea recta; un desarrollo que se opera en forma de saltos, a través de cataclismos y revoluciones, que significan “interrupciones de la gradualidad”; un desarrollo que es transformación de la cantidad en calidad, impulsos internos de desarrollo originados por la contradicción, por el choque de las diversas fuerzas y tendencias, que actúan sobre determinado cuerpo, o dentro de los límites de un fenómeno dado o en el seno de una sociedad dada; interdependencia íntima e indisoluble concatenación de todos los aspectos de cada fenómeno (con la particularidad de que la historia pone constantemente al descubierto nuevos aspectos), concatenación que ofrece un proceso de movimiento único, universal y sujeto a leyes; tales son algunos rasgos de la dialéctica, teoría mucho más empapada de contenido que la (habitual) doctrina de la evolución” (Lenin, Karl Marx).
“Esta nueva filosofía alemana tuvo su culminación en el sistema hegeliano, en el que por vez primera -y este es su gran mérito- se exponía conceptualmente todo el mundo natural, histórico y espiritual como un proceso, es decir, como algo en constante movimiento, modificación, transformación y evolución, al mismo tiempo que se hacía el intento de descubrir en ese movimiento y esa evolución la conexión interna del todo.
“Desde este punto de vista, la historia de la humanidad dejó de parecer una intrincada confusión de violencias sin sentido, todas igualmente recusables por el tribunal de la razón filosófica ya madura, y cuyo más digno destino es ser olvidadas lo antes posible, para presentarse como el proceso evolutivo de la humanidad misma, convirtiéndose en la tarea del pensamiento el seguir la marcha gradual, progresiva, de ese proceso por todos sus retorcidos caminos, y mostrar su interna legalidad a través de todas las aparentes casualidades” (Engels, Anti-Dühring).
Hegel planteó el problema brillantemente, pero le fue imposible resolverlo por sus prejuicios idealistas. A pesar de su visión mística, la filosofía de Hegel ya aplicaba las más importantes leyes de la dialéctica.
Transformación de la cantidad en calidad y viceversa
“A pesar de toda posible lentitud, sea cual fuere la continuidad progresiva, la transición de una forma de movimiento a otra es siempre un salto, un cambio decisivo” (Engels, Anti-Dühring).
La idea de cambio y de evolución se acepta hoy generalmente, pero las formas por las que los cambios se producen en la naturaleza y en la sociedad sólo han sido explicadas por la dialéctica marxista. La visión, bastante común, de la evolución como un desarrollo pacífico e ininterrumpido es a la vez parcial y falsa. En política, es la teoría gradualista del cambio social, la base teórica del reformismo.
Hegel desarrolló la idea de una línea nodal en la que en un punto definido, los aumentos o disminuciones puramente cuantitativos, dan lugar a un salto cualitativo: “por ejemplo en el caso del agua calentándose, donde el punto de ebullición y de congelación son los puntos donde bajo una presión normal el salto a un nuevo estado tiene lugar y donde, por tanto, la cantidad se transforma en calidad” (Engels, Anti-Dühring).
Así, en el ejemplo citado, las transformaciones del agua (líquido) en vapor (gas) o hielo (sólido) no ocurren con una evaporación o congelación gradual, sino de repente, a una determinada temperatura (0º, 100º). El efecto acumulativo de los numerosos cambios de la velocidad de las moléculas produce eventualmente un cambio de estado (cantidad en calidad).
Se pueden poner miles de ejemplos, de todas las ramas de la ciencia, de la sociología e incluso de la vida cotidiana (por ejemplo, el punto en el que, al añadir más sal, cambia la sopa de algo exquisito en algo incomestible).
La línea nodal hegeliana de medir el cambio y la ley de la transformación de la cantidad en calidad y viceversa, son de esencial importancia no sólo para la ciencia (donde como ocurre con otras leyes dialécticas, son usadas inconscientemente por científicos que no son conscientemente dialécticos), sino sobre todo para el análisis de la historia, de la sociedad y del movimiento de la clase obrera.
Unidad y lucha de contrarios
El sentido común metafísico pretende por un lado eliminar la contradicción en el pensamiento y la revolución en la evolución y, por otro, probar que todas las ideas y fuerzas opuestas son mutuamente excluyentes.
Sin embargo, “Allí hallamos, considerando las cosas de más cerca, que los dos polos de la contradicción – lo positivo y lo negativo – son tan inseparables como opuestos y se penetran recíprocamente a pesar de la contradicción que entre ellos existe; así hallamos que causa y efecto son ideas que no valen como tales sino aplicadas al caso particular; mas desde el momento en que consideramos ese caso particular en sus relaciones con el todo universal, causa y efecto se identifican, se resuelven en la consideración de la acción y la reacción universales, en que causa y efecto cambian constantemente de lugar, de tal suerte que lo que aquí, y en este momento, es efecto, deviene por otra parte causa, y recíprocamente” (Engels, Anti-Dühring).
“La dialéctica es la ciencia de las concatenaciones, en contraste con la metafísica que trata los fenómenos separados. La dialéctica pretende descubrir las incontables transiciones, causas y efectos que actúan juntos en el universo. La primera tarea de un análisis dialéctico es, por tanto, resaltar la necesaria conexión objetiva de todos los aspectos, fuerzas, tendencias… de la esfera dada de un fenómeno” (Lenin, Apuntes Filosóficos).
La dialéctica se acerca a un fenómeno dado desde el punto de vista de su desarrollo, su propio movimiento y vida: cómo surge y cómo muere; considerando también las contradictorias tendencias y aspectos internos de este fenómeno.
El movimiento es el modo de existencia de todo el universo material. La energía y la materia son inseparables. Aún más, el movimiento no nace de la nada, sino como manifestación de tensiones internas que son inseparables no sólo de la vida, sino también de todas las formas de la materia. El desarrollo y el cambio tienen lugar a través de contradicciones internas. Así, el análisis dialéctico empieza descubriendo mediante una investigación empírica las contradicciones que dan lugar al desarrollo y al cambio.
Desde un punto de vista dialéctico todos los “polos opuestos” son parciales e incluso inadecuados, incluyendo la contradicción entre verdad y error. El marxismo no acepta la existencia de ninguna verdad eterna. Todas las verdades y errores son relativos. Lo que es verdad en un momento y en unas circunstancias, se vuelve falso en otro: verdad y error pasan de ser uno a ser el otro.
En este sentido, el progreso del conocimiento y la ciencia no se produce con la mera negación de teorías incorrectas. Todas las teorías son relativas, abarcando un lado de la realidad. Al principio se les atribuye una validez y posibilidad de aplicación universal. Son “ciertas”. Pero, al cabo de cierto tiempo, se encuentran deficiencias en la teoría: no es aplicable a todas las circunstancias, se encuentran excepciones a la regla general. Estas excepciones tienen que ser explicadas y, llegados a cierto punto, se desarrollan nuevas teorías que puedan abarcar también las excepciones. Pero las nuevas teorías no sólo niegan las viejas, sino que las incorporan bajo una nueva forma.
Sólo podemos excluir las contradicciones si consideramos las cosas en reposo, quietas e individualmente yuxtapuestas, es decir, metafísicamente. Pero tan pronto como consideramos las cosas en su movimiento y cambio, en su vida, su interdependencia mutua y su interacción, nos encontramos con una serie de contradicciones.
El movimiento mismo es una contradicción. El cambio físico de un objeto de lugar sólo tiene sentido si admitimos que ese cuerpo está en un lugar y al mismo tiempo en otro lugar.
Con la vida pasa lo mismo. Es una contradicción entre “ser en cada momento uno mismo y otro diferente” (Engels, Anti-Dühring).
El ser vivo absorbe constantemente sustancias que le rodean, las asimila y, a la vez, otras partes del cuerpo se desintegran y son expulsadas del mismo. En el mundo de la naturaleza orgánica ocurren también estas constantes transformaciones. Por ejemplo: una piedra se va desintegrando bajo la presión de los elementos; como consecuencia de esto, podemos decir que todas las cosas son constantemente ellas mismas y otras distintas en el mismo momento.
Por lo tanto, el deseo de eliminar las contradicciones es el deseo de eliminar la realidad.
Negación de la negación
“¿Qué es pues la negación de la negación? Es una ley muy general, y por ello mismo de efectos muy amplios e importantes, del desarrollo de la naturaleza, la historia y el pensamiento; una ley que, como hemos visto, se manifiesta en el mundo animal y vegetal, en la geología, en las matemáticas, en la historia, en la filosofía…” (Engels, Anti-Dühring).
Esta ley, cuyo funcionamiento en la naturaleza fue observada mucho antes de ser puesta sobre el papel, fue elaborada por primera vez y muy claramente por Hegel quien dio un gran número de ejemplos concretos, que se reiteran en el Anti-Dühring.
La ley de la negación de la negación se ocupa de la naturaleza del desarrollo a través de una serie de contradicciones que, aparentemente, anulan, niegan una forma de existencia, un hecho o una teoría anterior, para, posteriormente a su vez, ser también negadas. El movimiento, el cambio, el desarrollo, se mueven de esta manera, a través de una serie ininterrumpida de negaciones.
Sin embargo, la negación en un sentido dialéctico no significa simplemente la anulación, porque el estadio anterior es a la vez superado y preservado. La negación, en este sentido, es a la vez un acto positivo y negativo.
Hegel da un ejemplo muy simple en su libro Fenomenología del Espíritu:
“El capullo desaparece cuando los pétalos florecen y podríamos decir que la forma original es negada por la posterior; en el mismo sentido, cuando surge la fruta, la flor (pétalos, estambres…) puede ser explicada como una falsa forma de la existencia de la planta para que la fruta aparezca como su propia naturaleza en lugar de la flor. Estas etapas no son meramente autodiferenciadas, sino que se complementan las unas a las otras, siendo incompatibles las unas con las otras. Pero la actividad incesante inherente a su propia naturaleza hace que haya momentos de unidad orgánica en los que no simplemente se contradicen unas a otras, sino que son tan necesarias como las otras; y esta necesaria igualdad de todos los momentos, constituye por sí sola y, por tanto, la vida del proceso global”.
En este proceso de autoanulación sin fin, la desaparición de ciertas formas y la aparición de otras, un modelo que surge frecuentemente parece ser una simple repetición de formas, sucesos y teorías ya dejados atrás. Así, en una frase hecha, los reaccionarios historiadores burgueses, cuando dicen “la historia se repite a sí misma” intentan probar que la historia misma no es nada más qué una repetición del pasado sin ningún sentido; es decir, que la historia es un círculo sin fin.
La dialéctica, por el contrario, separa dentro de lo que parecen ser repeticiones, lo que constituye en realidad un desarrollo de lo inferior a lo superior, una evolución en la cual una forma se puede repetir a sí misma, pero a un nivel superior, enriquecida por los desarrollos anteriores.
Esto se puede ver aún más claro en el proceso de desarrollo de las ideas humanas. Hegel ya enseñaba cómo la filosofía se desarrollaba a través de contradicciones: una escuela del pensamiento negando la otra, pero absorbiendo simultáneamente las viejas teorías dentro de su propio sistema de pensamiento.
Lo mismo pasa con el desarrollo de la ciencia. Los alquimistas de la Edad Media intentaban encontrar la piedra filosofal que podría cambiar, decían, los metales normales en oro. Debido al bajo nivel de las fuerzas productivas, y a la falta de una verdadera técnica, estos tempranos intentos de transmutación de los elementos eran en realidad una fantasía utópica. Pero, en el proceso de estos vanos intentos, los alquimistas descubrieron un gran número de hechos válidos acerca de los aparatos químicos y experimentales que más tarde sirvieron como base para la química moderna.
Con el ascenso del capitalismo, la industria y la técnica, la química llegó a convertirse en una ciencia que rechazó estos intentos locos de transmutación de los elementos, que de esta manera fueron negados y rechazados. Sin embargo, todo aquello de válido y científico que tenían los descubrimientos de la vieja alquimia se guardaron en la nueva química, que mantenía que los elementos eran inmutables y no podían ser transformados unos en otros.
El siglo XX ha contemplado la revolución de la ciencia y de la técnica con el descubrimiento de la física nuclear, por medio de la cual, hoy en día, un elemento puede ser transformado en otro. De hecho, teóricamente, sería posible transformar el plomo en oro en la actualidad, pero el proceso sería tan caro que no se podría justificar económicamente. Así, este particular proceso parece haber dado una vuelta completa:
A.- Transmutación de elementos.
B.- No transmutación de elementos.
C.- Transmutación de elementos.
Pero la repetición es sólo aparente. En realidad, la ciencia moderna, que en un sentido ha vuelto a la idea de los antiguos alquimistas, incorpora a su vez todos los enormes descubrimientos de los siglos XVIII y XIX en todo lo referente a la ciencia. Así, una generación se apoya en los hombros de otra. Ideas que aparentemente habían sido desacreditadas o negadas hacen su reaparición, pero a un nivel superior, enriquecidas por las nuevas experiencias y descubrimientos.
La dialéctica se basa en el determinismo. Lo que aparece como accidentes ocurre sólo como resultado de una necesidad más profunda.
Según los historiadores superficiales, la Primera Guerra Mundial fue causada por el asesinato en Sarajevo del archiduque Francisco Fernando de Austria, heredero de la Corona del Imperio austrohúngaro. Para un marxista este suceso fue un accidente histórico, en el sentido de que este suceso casual sirvió de pretexto o catalizador para el conflicto mundial, que ya se había hecho inevitable por las contradicciones económicas, políticas y militares del imperialismo. Si el asesino hubiese errado, o si el archiduque nunca hubiera nacido, la guerra hubiese tenido lugar también en base a cualquier otro pretexto diplomático. La necesidad se hubiera expresado a través de un accidente diferente.
Todo lo que existe, lo hace por necesidad. Pero, de la misma forma, todo lo que existe está condenado a perecer, a ser transformado en otra cosa. Así, lo que es necesario en un momento y lugar se hace innecesario en otro. Todas las cosas contienen su opuesto, que está destinado a sustituirle y negarle. Esto es válido tanto para los seres vivos individuales, como para las sociedades.
Todo tipo de sociedad humana existe porque es necesaria en el momento dado en que se impone:
“Ninguna formación social desaparece antes de que se desarrollen todas las fuerzas productivas que caben dentro de ella, y jamás aparecen nuevas y más altas relaciones de producción antes de que las condiciones materiales para su existencia hayan madurado en el seno de la propia sociedad antigua. Por eso, la humanidad se propone siempre únicamente los objetivos que puede alcanzar, pues, bien miradas las cosas, vemos siempre que estos objetivos sólo brotan cuando ya se dan, o por lo menos se están gestando las condiciones materiales para su realización” (Marx, Prólogo a la Contribución a la Crítica de la Economía Política).
La esclavitud, en su momento, representó un enorme paso adelante con respecto a la barbarie. Era un estadio necesario en el desarrollo de las fuerzas productivas, de la cultura y de la sociedad humana. Como Hegel planteaba: “No es tanto desde la esclavitud, como a través de la misma, como el hombre se hizo libre”.
De la misma forma, el capitalismo era, en un principio, un estadio necesario y progresivo en la sociedad humana. Pero, al igual que la esclavitud, el comunismo primitivo y el feudalismo, el capitalismo hace tiempo que ha dejado de representar un sistema social progresista y necesario. Se hunde en las profundas contradicciones que le son inherentes y está condenado a ser vencido por las crecientes fuerzas del socialismo, representadas por el proletariado moderno. La propiedad privada de los medios de producción y el Estado nacional, los elementos básicos de la sociedad capitalista que en su momento significaron un gran paso adelante, en la actualidad sólo sirven para impedir el desarrollo de las fuerzas productivas y amenazan todos los avances logrados durante siglos por el desarrollo de la sociedad humana.
El capitalismo, hoy, es un sistema totalmente degenerado y decrépito que debe ser superado y reemplazado por su opuesto, el socialismo, si la cultura humana quiere sobrevivir.
El marxismo es determinista, pero no fatalista, porque la superación de las contradicciones en la sociedad sólo puede ser alcanzada por los hombres y mujeres que luchen conscientemente por la transformación de la sociedad. Esta lucha de clases no está predeterminada. Que tenga éxito, depende de muchos factores y una clase progresista y en ascenso, como es el proletariado, tiene muchas ventajas sobre las viejas y decrépitas fuerzas de la reacción.
Pero, en última instancia, el resultado depende de cuál de los dos bandos tiene la más firme determinación, la mejor organización y la más especializada y resuelta dirección.
La filosofía marxista es, por tanto, una guía para la acción: “Los filósofos se han limitado a interpretar el mundo de diversas maneras, pero de lo que se trata es de transformarlo” (Marx, La ideología alemana).
La victoria del socialismo marcará un estadio nuevo y cualitativamente diferente de la historia humana. Para ser más exactos, marcará el fin de la prehistoria de la raza humana y el inicio de la verdadera historia.
Sin embargo, el socialismo representa una vuelta a la más antigua forma de sociedad humana -el comunismo tribal- pero a un nivel muy superior, basado en los enormes avances de miles de años de la sociedad dividida en clases. La economía de la superabundancia hará posible la planificación socialista de la industria, de la ciencia y de la técnica desarrollada por el capitalismo a escala mundial. Esto, asimismo, hará de una vez y para siempre que la distinción entre el trabajo manual y el intelectual, entre la ciudad y el campo, carezcan de sentido y que la lucha de clases bárbara y sin sentido acabe, permitiendo al fin a la raza humana dedicar sus fuerzas a la conquista de la naturaleza; es decir, y usando la famosa frase de Engels:
“La humanidad saltará del reino de la necesidad al reino de la libertad.”
“ABCs del Materialismo Dialectico” de León Trotsky

La dialéctica no es ficción ni misticismo, sino una ciencia del pensamiento, en tanto que intenta llegar a la comprensión de los problemas más complicados y profundos, superando las limitaciones de los asuntos de la vida diaria. La dialéctica y la lógica formal guardan la misma relación que las altas matemáticas y las matemáticas elementales.
Intento extractar lo sustancial del problema de forma muy esquemática. El aristotelismo lógico del silogismo simple empieza con la proposición de que A es igual a A l. Este postulado se acepta como axioma para multitud de prácticas humanas y generalizaciones elementales. Pero, en realidad, A no es igual a Al. Basta con ponerse gafas para darse cuenta. Pero, puede objetar alguien, la cuestión no es el tamaño o la forma de las letras, puesto que sólo son símbolos de cualidades iguales, por ejemplo, uña libra de azúcar. La objecci6n da en el clavo: precisamente, porque una libra de azúcar nunca es igual a otra libra de azúcar: hay una escala sutil de variaciones entre ambas. Se nos puede objetar de nuevo: pero una libra de azúcar es igual a sí misma. Tampoco es cierto: todos los cuerpos cambian constantemente de peso, tamaño, color, etc., no permanecen nunca inmutables. Un sofista respondería que una libra de azúcar es igual a sí misma “en un momento dado”. Dejando de lado la dudosa validez práctica de semejante “axioma”, este argumento no es en realidad una crítica teórica. ¿Cómo concebimos el término “momento”? Si es un intervalo infinitesimal de tiempo, en ese pequeño espacio la libra de azúcar sufrirá algún cambio. ¿O es el “momento” una abstracción matemática, un tiempo 0? Pero todo existe en el tiempo; la misma existencia es un proceso de transformación ininterrumpido; el tiempo es, en consecuencia, el elemento fundamental de la existencia. Luego el axioma “A es igual a A” significa que una cosa es igual a sí misma si no cambia, es decir, si no existe.
A primera vista, podría parecer que estas sutilezas son inútiles. En realidad, son de importancia definitiva. El axioma “A es igual a A”, parece ser, por un lado, la base de todo nuestro conocimiento, y por otro, la fuente de todos nuestros errores. Usar el axioma “A es igual a A” impunemente es posible sólo dentro de ciertos límites. Podemos admitir ciertos cambios cuantitativos y presumir que “A es igual a Al “. Este es el caso del comprador y el vendedor de una libra de azúcar. Hasta hace poco considerábamos de la misma manera el poder adquisitivo del dólar. Pero, una vez traspasados ciertos límites, los cambios cuantitativos pueden llegar a ser cualitativos. Una libra de azúcar sometida a la acción del agua o del keroseno deja de ser una libra de azúcar. Determinar en qué momento el cambio cuantitativo se convierte en cualitativo es una de las tareas más importantes y difíciles del conocimiento, incluida la sociología.
Todo trabajador sabe que es imposible hacer dos objetos totalmente iguales. En la elaboración de cojinetes cónicos, los conos sufren una cierta desviación que no debe, sin embargo, traspasar ciertos límites (a esto se le llama tolerancia). Pero, si cumplen las normas de la tolerancia, los conos son considerados iguales. Cuando se sobrepasa la tolerancia, la cantidad se convierte en cualidad: en otras palabras, los cojinetes serán inferiores o totalmente inservibles.
Nuestro pensamiento científico es sólo una parte de nuestra práctica, que incluye también técnicas. También existe “tolerancia” para los conceptos, tolerancia establecida no por la lógica formal basada en el axioma “A es igual a Al”, sino por la lógica dialéctica basada en el axioma de que todo está cambiando siempre. El “sentido común” se caracteriza por exceder sistemáticamente la tolerancia dialéctica.
El pensamiento vulgar utiliza conceptos como capitalismo, moral, libertad, estado obrero, etc., como abstracciones fijas, presuponiendo que capitalismo es igual a capitalismo, moral a moral, etc. El pensamiento dialéctico analiza todas las cosas y todos los fenómenos en su cambio continuo, determinado en qué condiciones materiales se produce el cambio crítico, tras el cual A deja de ser Al, un estado obrero deja de ser un estado obrero. El fallo fundamental del pensamiento vulgar radica en que desea conformarse con imágenes no teóricas de una realidad que consiste en movimiento perpetuo. El pensamiento dialéctico da a los conceptos, por medio de aproximaciones lo más cercanas posible, correcciones, concretizaciones, riqueza de contenido y flexibilidad: me atrevería a decir que les da una suculencia que les aproxima mucho a los fenómenos vivos. No hablamos de capitalismo en general, sino de un determinado capitalismo en un determinado nivel de desarrollo. No hablamos de estado obrero, sino de un estado obrero dado, en un país atrasado y con un entorno imperialista, etc.
El pensamiento dialéctico es al vulgar lo que una película a una fotografía. La película no proscribe la fotografía, sino que las combina en series según las leyes del movimiento. La dialéctica no niega la validez del silogismo, pero nos enseña a combinar los silogismos de modo que nos lleven lo más cerca posible de la comprensión de una realidad eternamente cambiante.
Hegel estableció en su Lógica una serie de leyes: cambio de la cantidad en cualidad, desarrollo a través de las contradicciones, conflicto entre forma y contenido, interrupción de la continuidad, cambio de posibilidad en inevitabilidad, etc., que son tan importantes para el pensamiento teórico como el silogismo simple para tareas más elementales.
Hegel escribió antes que Darwin y antes que Marx. Gracias al gran impulso que la Revolución Francesa dio al pensamiento general de la ciencia. Pero como sólo era una anticipación, la obra de un genio, recibió de Hegel un carácter idealista. Hegel consideró sombras ideológicas como si fueran la realidad última, acabada. Marx demostró que el movimiento de esas sombras no era sino el reflejo del movimiento de cuerpos materiales.
Llamamos “materialista” a nuestra dialéctica porque está basada no en el cielo ni en nuestro “libre albedrío”, sino en la realidad objetiva, en la naturaleza. La conciencia surge de la inconsciencia, la psicología de la fisiología, el mundo orgánico del inorgánico, el sistema solar de las nebulosas. En todos los eslabones de esta cadena, los cambios cuantitativos se convirtieron en saltos cualitativos. Nuestro pensamiento, incluido el pensamiento dialéctico, no es sino una forma de expresión de este mundo cambiante. En este sistema no hay lugar para Dios, ni el destino, ni el alma inmortal, ni para normas, leyes ni morales eternas. El pensamiento dialéctico que ha surgido de la naturaleza dialéctica del mundo, posee consecuentemente un carácter totalmente materialista.
El darwinismo, que explica la evolución de las especies mediante “saltos cualitativos”, fue el mayor triunfo de la dialéctica en el campo de las ciencias naturales. Otro gran triunfo fue el descubrimiento de la tabla de pesos atómicos de los elementos químicos y de los procesos de transformaci6n de un elemento en otro.
Ligado muy de cerca con este problema de la transformaci6n está el problema de la clasificación, tan importante en las ciencias naturales como en las sociales. El sistema de Linneo (siglo XIX), basado en la inmutabilidad de las especies, se limitaba a la descripción y clasificación de las plantas de acuerdo con sus características externas. El período infantil de la botánica es análogo al período infantil de la lógica, porque las formas de nuestro pensamiento evolucionan como todas las cosas vivas. Sólo el rechazo definitivo de la idea de las especies fijas, sólo el estudio de la historia de la evolución de las plantas y de su anatomía nos proporciona las bases para una clasificación realmente científica.
Marx, que, al contrario de Darwin, era conscientemente dialéctico, descubrió las bases para la clasificación científica de las sociedades humanas en el desarrollo de sus fuerzas productivas, y de la estructura de sus relaciones de propiedad, que constituyen la anatomía de la sociedad. El marxismo sustituyó la clasificación vulgar de las sociedades y los estados, que todavía hoy prevalece en nuestras universidades, por una clasificación materialista dialéctica. Sólo mediante el método de Marx es posible determinar correctamente el concepto de estado obrero y el momento de su caída.
Todo esto, hasta donde nos es posible ver, no contiene nada de “escolástico” o de “metafísico”, como afirman los ignorantes contumaces. La lógica dialéctica expresa la ley del movimiento en el pensamiento científico contemporáneo. Por el contrario, la lucha contra el materialismo dialéctico expresa un pasado distante, el conservadurismo de la pequeña burguesía, el engreimiento de los universitarios rutinarios… y un poquito de fe en la otra vida.
“Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofia clasica alemana” de Federico Engels

(…) pero de la descomposición de la escuela hegeliana brotó además otra corriente, la única que ha dado verdaderos frutos, y esta corriente va asociada primordialmente al nombre de Marx.
También esta corriente se separó de filosofía hegeliana replegándose sobre las posiciones materialistas. es decir, decidiéndose a concebir el mundo real —la naturaleza y la historia— tal como se presenta a cualquiera que lo mire sin quimeras idealistas
preconcebidas; decidiéndose a sacrificar implacablemente todas las quimeras idealistas que no concordasen con los hechos, enfocados en su propia concatenación y no en una concatenación imaginaria. y esto, y sólo esto, es lo que se llama materialismo. sólo que aquí se tomaba realmente en serio, por vez primera, la concepción materialista del mundo y se la aplicaba consecuentemente —a lo menos, en sus rasgos fundamentales— a todos los campos posibles del saber.
Esta corriente no se contentaba con dar de lado a Hegel; por el contrario, se agarraba a su lado revolucionario, al método dialéctico, tal como lo dejamos descrito más arriba. pero, bajo su forma hegeliana este método era inservible. en Hegel, la dialéctica es el autodesarrollo del concepto. el concepto absoluto no sólo existe desde toda una eternidad —sin que sepamos dónde—, sino que es, además, la verdadera alma viva de todo el mundo existente. el concepto absoluto se desarrolla hasta llegar a ser lo que es, a través de todas las etapas preliminares que se estudian por extenso en la Lógica y que se contienen todas en dicho concepto; luego, se “enajena” al convertirse en la naturaleza, donde, sin la conciencia de sí, disfrazado de necesidad natural, atraviesa por un nuevo desarrollo, hasta que, por último, recobra en el hombre la conciencia de sí mismo; en la historia, esta conciencia vuelve a elaborarse a partir de su estado tosco y primitivo, hasta que por fin el concepto absoluto recobra de nuevo su completa personalidad en la filosofía hegeliana. como vemos en hegel, el desarrollo dialéctico
que se revela en la naturaleza y en la historia, es decir, la concatenación causal del progreso que va de lo inferior a lo superior, y que se impone a través de todos los zigzags y retrocesos momentáneos, no es más que un cliché del automovimiento del concepto; automovimiento que existe y se desarrolla desde toda una eternidad, no se sabe dónde, pero desde luego con independencia de todo cerebro humano pensante.
Esta inversión ideológica era la que había que eliminar. Nosotros retornamos a las posiciones materialistas y volvimos a ver en los conceptos de nuestro cerebro las imágenes de los objetos reales, en vez de considerar a éstos como imágenes de tal o cual fase del concepto absoluto. con esto, la dialéctica quedaba reducida a la ciencia de las leyes generales del movimiento, tanto el del mundo exterior como el del pensamiento humano: dos series de leyes idénticas en cuanto a la esencia, pero distintas en cuanto a la expresión, en el sentido de que el cerebro humano puede aplicarlas conscientemente, mientras que en la naturaleza, y hasta hoy también, en gran parte, en la historia humana, estas leyes se abren paso de un modo inconsciente, bajo la forma de una necesidad exterior, en medio de una serie infinita de aparentes casualidades. pero, con esto, la propia dialéctica del concepto se convertía simplemente en el reflejo consciente del movimiento dialéctico del mundo real, lo que equivalía a poner la dialéctica hegeliana cabeza abajo; o mejor dicho, a invertir la dialéctica, que estaba cabeza abajo, poniéndola de pie. y, cosa notable, esta dialéctica materialista, que era desde hacía varios años nuestro mejor instrumento de trabajo y nuestra arma más afilada, no fue descubierta solamente por nosotros, sino también, independientemente de nosotros y hasta independientemente del propio Hegel, por un obrero alemán: Joseph Dietzgen.
Con esto volvía a ponerse en pie el lado revolucionario de la filosofía hegeliana y se limpiaba al mismo tiempo de la costra idealista que en Hegel impedía su consecuente aplicación. La gran idea cardinal de que el mundo no puede concebirse como un conjunto de objetos terminados, sino como un conjunto de procesos, en el que las cosas que parecen estables, al igual que sus reflejos mentales en nuestras cabezas, los conceptos, pasan por una serie ininterrumpida de cambios, por un proceso de génesis y caducidad, a través de los cuales, pese a todo su aparente carácter fortuito y a todos los retrocesos momentáneos, se acaba imponiendo siempre una trayectoria progresiva; esta gran idea cardinal se halla ya tan arraigada, sobre todo desde Hegel, en la conciencia habitual, que expuesta así, en términos generales, apenas encuentra oposición. pero una cosa es reconocerla de palabra y otra cosa es aplicarla a la realidad concreta, en todos los campos sometidos a investigación. si en nuestras investigaciones nos colocamos siempre en este punto de vista, daremos al traste de una vez para siempre con el postulado de soluciones definitivas y verdades eternas; tendremos en todo momento la conciencia de que todos los resultados que obtengamos serán forzosamente limitados y se hallarán condicionados por las circunstancias en las cuales los obtenemos; pero ya no nos infundirán respeto esas antítesis irreductibles para la vieja metafísica todavía en boga: de lo verdadero y lo falso, lo bueno y lo malo, lo idéntico y lo distinto, lo necesario y lo fortuito; sabemos que estas antítesis sólo tienen un valor relativo, que lo que hoy reputamos como verdadero encierra también un lado falso, ahora oculto, pero que saldrá a la luz más tarde, del mismo modo que lo que ahora reconocemos como falso guarda su lado verdadero, gracias al cual fue acatado como verdadero anteriormente; que lo que se afirma necesario se compone de toda una serie de meras casualidades y que lo que se cree fortuito no es más que la forma detrás de la cual se esconde la necesidad, y así sucesivamente.
El viejo método de investigación y de pensamiento que Hegel llama “metafísico” método que se ocupaba preferentemente de la
investigación de los objetos como algo hecho y fijo, y cuyos residuos embrollan todavía con bastante fuerza las cabezas, tenía en su tiempo una gran razón histórica de ser. había que investigar las cosas antes de poder investigar los procesos. había que saber lo que era tal o cual objeto, antes de pulsar los cambios que en él se operaban. y así acontecía en las ciencias naturales. La vieja metafísica que enfocaba los objetos como cosas fijas e inmutables, nació de una ciencia de la naturaleza que investigaba las cosas muertas y las vivas como objetos fijos e inmutables. cuando estas investigaciones estaban ya tan avanzadas que era posible realizar el progreso decisivo consistente en pasar a la investigación sistemática de los cambios experimentados por aquellos objetos en la naturaleza misma, sonó también en el campo filosófico la hora final de la vieja metafísica. en efecto, si hasta fines del siglo pasado las ciencias naturales fueron predominantemente ciencias colectoras, ciencias de objetos hechos, en nuestro siglo son ya ciencias esencialmente ordenadoras, ciencias que estudian los procesos, el origen y el desarrollo de estos objetos y la concatenación que hace de estos procesos naturales un gran todo. La fisiología,
que investiga los fenómenos del organismo vegetal y animal, la embriología, que estudia el desarrollo de un organismo desde su germen hasta su formación completa, la geología, que sigue la formación gradual de la corteza terrestre, son, todas ellas, hijas de nuestro siglo.
Tres fuentes y tres partes integrantes del marxismo de Vladimir I. Lenin

La historia de la filosofía y la historia de las ciencias sociales muestran con diáfana claridad que en el marxismo nada hay que se parezca al “sectarismo”, en el sentido de que sea una doctrina fanática, petrificada, surgida al margen del camino real del desarrollo de la civilización mundial. Al contrario, el genio de Marx estriba, precisamente, en haber dado solución a los problemas que el pensamiento más avanzado de la humanidad había planteado ya. Su doctrina surgió como la continuación directa e inmediata de las doctrinas de los más grandes representantes de la filosofía, la economía política y el socialismo.
La doctrina de Marx es omnipotente porque es exacta. Es completa y armónica, y brinda a los hombres una concepción integral del mundo, intransigente con toda superstición, con toda reacción y con toda defensa de la opresión burguesa. El marxismo es el heredero legítimo de lo mejor que la humanidad creó en el siglo XIX: la filosofía alemana, la economía política inglesa y el socialismo francés.
Nos detendremos brevemente en estas tres fuentes del marxismo, que constituyen, a la vez, sus partes integrantes.
I
La filosofía del marxismo es el materialismo. A lo largo de toda la historia moderna de Europa, y en especial en Francia a fines del siglo XVIII, donde se libró la batalla decisiva contra toda la basura medieval, contra el feudalismo en las instituciones y en las ideas, el materialismo se mostró como la única filosofía consecuente, fiel a todo lo que enseñan las ciencias naturales, hostil a la superstición, a la mojigata hipocresía, etc. Por eso, los enemigos de la democracia trataban con todas sus fuerzas de “refutar”, minar, difamar el materialismo y salieron en defensa de las diversas formas del idealismo filosófico, que se reduce siempre, de una u otra forma, a la defensa o al apoyo de la religión.
Marx y Engels defendieron del modo más enérgico el materialismo filosófico y explicaron reiteradas veces el profundo error que significaba toda desviación de esa base. En las obras de Engels Ludwig Feuerbach y Anti-Dühring, que —al igual que El Manifiesto Comunista— son los libros de cabecera de todo obrero con conciencia de clase, es donde aparecen expuestas con mayor claridad y detalle sus opiniones.
Pero Marx no se detuvo en el materialismo del siglo XVIII, sino que llevó más lejos la filosofía. La enriqueció con los logros de la filosofía clásica alemana, en especial con el sistema de Hegel, que, a su vez, había conducido al materialismo de Feuerbach. El principal de estos logros es la dialéctica, es decir, la doctrina del desarrollo en su forma más completa, profunda y exenta de unilateralidad, la doctrina de la relatividad del conocimiento humano, que nos da un reflejo de la materia en constante desarrollo. Los novísimos descubrimientos de las ciencias naturales —el radio, los electrones, la transformación de los elementos— son una admirable confirmación del materialismo dialéctico de Marx, quiéranlo o no las doctrinas de los filósofos burgueses con sus “nuevos” retornos al viejo y decadente idealismo.
Marx profundizó y desarrolló totalmente el materialismo filosófico, e hizo extensivo el conocimiento de la naturaleza al conocimiento de la sociedad humana. El materialismo histórico de Marx es una enorme conquista del pensamiento científico. Al caos y la arbitrariedad, que imperaban hasta entonces en los puntos de vista sobre historia y política, sucedió una teoría científica asombrosamente completa y armónica, que muestra cómo, en virtud del desarrollo de las fuerzas productivas de un sistema de vida social surge otro más elevado; cómo del feudalismo, por ejemplo, nace el capitalismo.
Así como el conocimiento del hombre refleja la naturaleza (es decir, la materia en desarrollo), que existe independientemente de él, así el conocimiento social del hombre (es decir, las diversas concepciones y doctrinas filosóficas, religiosas, políticas, etc.), refleja el régimen económico de la sociedad. Las instituciones políticas son la superestructura que se alza sobre la base económica. Así vemos, por ejemplo, que las diversas formas políticas de los Estados europeos modernos sirven para reforzar la dominación de la burguesía sobre el proletariado.
La filosofía de Marx es un materialismo filosófico acabado, que ha dado a la humanidad, y sobre todo a la clase obrera, la poderosa arma del conocimiento.
II
Después de haber comprobado que el régimen económico es la base sobre la cual se erige la superestructura política, Marx se entregó sobre todo al estudio atento de ese sistema económico. La obra principal de Marx, El Capital, está consagrada al estudio del régimen económico de la sociedad moderna, es decir, la capitalista.
La economía política clásica anterior a Marx surgió en Inglaterra, el país capitalista más desarrollado. Adam Smith y David Ricardo, en sus investigaciones del régimen económico, sentaron las bases de la teoría del valor por el trabajo. Marx prosiguió su obra; demostró estrictamente esa teoría y la desarrolló consecuentemente; mostró que el valor de toda mercancía está determinado por la cantidad de tiempo de trabajo socialmente necesario invertido en su producción.
Allí donde los economistas burgueses veían relaciones entre objetos (cambio de unas mercancías por otras), Marx descubrió relaciones entre personas. El cambio de mercancías expresa el vínculo establecido a través del mercado entre los distintos productores. El dinero, al unir indisolublemente en un todo único la vida económica íntegra de los productores aislados, indica que este vínculo se hace cada vez más estrecho. El capital significa un desarrollo ulterior de este vínculo: la fuerza de trabajo del hombre se trasforma en mercancía. El obrero asalariado vende su fuerza de trabajo al propietario de la tierra, de las fábricas, de los instrumentos de trabajo. El obrero emplea una parte de la jornada de trabajo en cubrir el costo de su sustento y el de su familia (salario); durante la otra parte de la jornada trabaja gratis, creando para el capitalista la plusvalía, fuente de las ganancias, fuente de la riqueza de la clase capitalista.
La teoría de la plusvalía es la piedra angular de la teoría económica de Marx. El capital, creado por el trabajo del obrero, oprime al obrero, arruina a los pequeños propietarios y crea un ejército de desocupados. En la industria, el triunfo de la gran producción se advierte en seguida, pero también en la agricultura se observa ese mismo fenómeno: aumenta la superioridad de la gran agricultura capitalista, crece el empleo de maquinaria, la hacienda campesina, cae en las garras del capital financiero, languidece y se arruina bajo el peso de la técnica atrasada. La decadencia de la pequeña producción reviste en la agricultura otras formas, pero esa decadencia es un hecho indiscutible.
Al aplastar a la pequeña producción, el capital hace aumentar la productividad del trabajo y crea una situación de monopolio para los consorcios de los grandes capitalistas. La misma producción va adquiriendo cada vez más un carácter social —cientos de miles y millones de obreros ligados entre sí en un organismo económico coordinado—, mientras que un puñado de capitalistas se apropia del producto de este trabajo colectivo. Crecen la anarquía de la producción, las crisis, la carrera desesperada en busca de mercados, la escasez de medios de subsistencia para las masas de la población.
Al aumentar la dependencia de los obreros respecto al capital, el sistema capitalista crea la gran fuerza del trabajo conjunto.
Marx sigue el desarrollo del capitalismo desde los primeros gérmenes de la economía mercantil, desde el simple trueque, hasta sus formas más elevadas, hasta la gran producción. Y la experiencia de todos los países capitalistas, viejos y nuevos, demuestra claramente, año tras año, a un número cada vez mayor de obreros, la veracidad de esta doctrina de Marx.
El capitalismo ha triunfado en el mundo entero, pero este triunfo no es más que el preludio del triunfo del trabajo sobre el capital.
III
Cuando fue derrocado el feudalismo y surgió en el mundo la “libre” sociedad capitalista, en seguida se puso de manifiesto que esa libertad representaba un nuevo sistema de opresión y explotación del pueblo trabajador. Como reflejo de esa opresión y como protesta contra ella, aparecieron inmediatamente diversas doctrinas socialistas. Pero el socialismo originario era un socialismo utópico. Criticaba la sociedad capitalista, la condenaba, la maldecía, soñaba con su destrucción, imaginaba un régimen superior, y se esforzaba por hacer que los ricos se convencieran de la inmoralidad de la explotación.
Pero el socialismo utópico no podía indicar una solución real. No podía explicar la verdadera naturaleza de la esclavitud asalariada bajo el capitalismo, ni descubrir las leyes del desarrollo capitalista, ni señalar qué fuerza social está en condiciones de convertirse en creadora de una nueva sociedad.
Entretanto, las tormentosas revoluciones que en toda Europa, y especialmente en Francia, acompañaron la caída del feudalismo, de la servidumbre, revelaban en forma cada vez más palpable que la base de todo desarrollo y su fuerza motriz era la lucha de clases.
Ni una sola victoria de la libertad política sobre la clase feudal se logró sin una desesperada resistencia. Ni un solo país capitalista se formó sobre una base más o menos libre o democrática, sin una lucha a muerte entre las diversas clases de la sociedad capitalista.
El genio de Marx está en haber sido el primero en deducir de ello la conclusión que enseña la historia del mundo y en aplicar consecuentemente esas lecciones. La conclusión a que llegó es la doctrina de la lucha de clases.
Los hombres han sido siempre, en política, víctimas necias del engaño ajeno y propio, y lo seguirán siendo mientras no aprendan a descubrir detrás de todas las frases, declaraciones y promesas morales, religiosas, políticas y sociales, los intereses de una u otra clase. Los partidarios de reformas y mejoras se verán siempre burlados por los defensores de lo viejo mientras no comprendan que toda institución vieja, por bárbara y podrida que parezca, se sostiene por la fuerza de determinadas clases dominantes. Y para vencer la resistencia de esas clases, sólo hay un medio: encontrar en la misma sociedad que nos rodea, las fuerzas que pueden —y, por su situación social, deben— constituir la fuerza capaz de barrer lo viejo y crear lo nuevo, y educar y organizar a esas fuerzas para la lucha.
Sólo el materialismo filosófico de Marx señaló al proletariado la salida de la esclavitud espiritual en que se han consumido hasta hoy todas las clases oprimidas. Sólo la teoría económica de Marx explicó la situación real del proletariado en el régimen general del capitalismo.
En el mundo entero, desde Norteamérica hasta Japón y desde Suecia hasta África del Sur, se multiplican las organizaciones independientes del proletariado. Este se instruye y se educa al librar su lucha de clase, se despoja de los prejuicios de la sociedad burguesa, está adquiriendo una cohesión cada vez mayor y aprendiendo a medir el alcance de sus éxitos, templa sus fuerzas y crece irresistiblemente.
Resumen de la Dialéctica de Vladimir Lenin
- La determinación del concepto en sí mismo [El objeto debe ser considerado en sus relaciones y desarrollo
- La naturaleza contradictoria del objeto en si mismo (El otro de sí mismo), las fuerzas y tendencias contradictorias en cada fenomeno;
- La unión del análisis y síntesis.
Estos son, aparentemente, los elementos de la dialéctica.
Tambien se podria presentar estos elementos con mas detalle de esta manera:
- la objectividad de consideración (sin ejemplos ni divergencias, pero el fenomeno en sí)
- la totalidad entera de relaciones de este objeto a otros.
- el desarrollo del objeto (fenomeno, respectivamente) y su vida propia
- las tendencias internas contradictorias (y lados) del objeto)
- el objeto (fenomeno, etc) como la suma y unidad de opuestos.
- la lucha de estos opuestos y los motores detrás de su contradicción
- la union del analisis y sintesis – el desglose de las partes separadas y la totalidad, la suma de estas partes.
- la relaciones de cada cosa (fenomeno, etc.) no son solo multiples pero generales, universales. Cada objeto (fenomeno, etc.) esta conectado con cada otro.
- No solo la unidad de opuestos pero las transiciones de cada determinación, cualidad, caracteristicas, lados y propiedades de un punto a otro [¿Su opuesto?]
- el proceso sin final del descubrimiento de nuevos rasgos, relaciones y demas. the endless process of the discovery of new sides, relations, etc.
- el proceso infinito de la profundizacion del conocimiento del hombre con respecto al objeto, el fenomeno, los procesos, etc. desde la apariencia a la esencia, desde el aspecto menos profundo hasta su esencia mas profunda.
- de la co-existencia a la causalidad, de una forma de conexión y dependencia reciproca a una forma de conexión general mas profunda.
- la repetición a un nivel mas alto de ciertas caracteristicas y propiedades del nivel mas bajo y
- el retorno aparente de lo antiguo (negación de la negación)
- la lucha del contenido con la forma y viceversa. El abandono de la forma, la transformación del contenido.
- la transición de la cantidad a la cualidad y vice versa (15 y 16 son ejemplos de 9)
En breve, la dialectica puede ser definida como la doctrina de la unidad de opuestos. Esto representa la esencia de la dialectica, pero requiere explicaciones y desarrollos.