Política

¿Hacia dónde va el Pacto Histórico?

¿Hacia dónde va el Pacto Histórico?

El anuncio del primer congreso del Pacto Histórico no podría ser más oportuno. Millones de personas a través del país están mirando hacia el Pacto por qué están enardecidas ante el gobierno de Abelardo: la corrupción de la gestión del terremoto, la represión contra manifestantes y los planes de recortes que afectarán a cientos de miles de obreros son las primeras señales de un gobierno de, por y para los cacaos. 

La victoria en primera vuelta de Abelardo de la Espriella significó un choque profundo a las perspectivas de Gustavo Petro, máximo dirigente de la coalición de izquierda. Debido a su victoria amplia en las legislativas, el Pacto consideró que tenía todas las de ganar en las presidenciales. Este análisis fue corroborado, de manera distorsionada, por el margen de diferencia de un punto porcentual con el eventual ganador, Abelardo de la Espriella. 

En ese sentido, los resultados electorales ponen al Pacto en una situación contradictoria: Por un lado, se han convertido en la fuerza de izquierda más grande en la historia de Colombia, capaz de movilizar a más de 11 millones de votantes y obtener curules legislativas a través de todo el país. Por el otro, la autoridad política de Ivan Cepeda y la alta dirección ha sido mellada por una campaña presidencial que no estuvo a la altura de la tarea de derrotar a Abelardo y la clase que representa. 

Debido a esto, Ivan Cepeda ha dado el paso al costado para permitir a Gustavo Petro mantener la dirección de la oposición. La autoridad política de Petro dentro de la clase obrera se ha mantenido debido a su defensa de las reformas por las que se marchó en 2021. Sin embargo, su análisis del gobierno de Abelardo plantea una serie de afirmaciones que podrían ser un obstáculo para el incipiente partido a largo plazo. 

El carácter del “Abelardismo”

Para el expresidente, el presidente Abelardo representa un gobierno «facista mafioso» que sigue en la tradición de la política de Álvaro Uribe Vélez, quién presidió durante la era del Plan Colombia y los falsos positivos, en dónde más de 7000 campesinos y obreros fueron asesinados para llenar «barriles de sangre» cómo declaró el General Mario Montoya. 

Sin embargo, caracterizar al gobierno de Abelardo cómo «facista» mal entiende la naturaleza de su gobierno. El facismo es un régimen de guerra civil de la clase dominante contra la clase obrera, en dónde el estado se apoya en masas amplias de millones de personas de la población para atomizar a la clase obrera, destruir a los sindicatos y abolir la democracia burguesa con el dominio de un sólo partido en todo el aparato estatal. 

En realidad, estamos tratando con un gobierno de la democracia burguesa. Uno que está más dispuesto a usar la represión para defender los intereses de la clase dominante, pero uno que todavía depende de las instituciones «democráticas» heredadas del período anterior. Lo que está ocurriendo es que el barniz republicano de estas instituciones se está diluyendo ante los ojos de todos, en la medida en que este gobierno busca arremeter contra una serie de derechos democráticos concedidos a la clase obrera en el periodo anterior. 

Aun con esto, es diciente la cautela con la que Abelardo tiene que moverse. En vez de simplemente desencadenar al ESMAD/UNDMO contra todo tipo de manifestación, arrestar dirigentes sindicales, organizar juicios espectaculos contra la dirección del Pacto, Abelardo trata de usar el aparato estatal ante todo cómo una maquinaria de propaganda en aras de generar un consenso que facilite la persecución. En otras palabras, no puede arremeter con toda la fuerza que quiere ya que teme la posibilidad de detonar otro estallido social que amenace sus ganancias. Esta es la verdadera razón por la que el gobierno de Abelardo tiene que usar una retórica de mano dura e intentar separar a la izquierda de la clase obrera a través de la criminalización.  

El fraude electoral

Otra de las líneas de ataque del Pacto Histórico ha sido cuestionar la legitimidad de los resultados electorales. 

Realmente, la burguesía y el estado tienen todo a su alcance para manipular resultados electorales. Sin embargo, la realidad es que el fraude electoral es un arma a la que la clase dominante no puede recurrir regularmente ya que desnuda la naturaleza del estado cómo una dictadura del capital.

En ese orden de ideas, no es muy sorprendente ver que todas las auditorías internacionales y revisiones del sistema electoral son incapaces de encontrar fraude sistemático que corrobore la teoría del presidente Petro de un incremento de votos falsos lo suficientemente  alto para haberse robado la victoria. 

También es enteramente cierto que la política nacional está llena de fraude, desde votos de personas muertas hasta la compra de votos. Sin embargo, la cuestión es que el Petrismo logró superar estos obstáculos para consolidar la primera presidencia de izquierda del país en 2022. ¿Qué cambió en 2026 que no le permitió repetir con un segundo gobierno?

Concretamente, el factor principal detrás de la derrota del Pacto Histórico fue la misma dirección del movimiento, que dió por sentada su victoria ante Abelardo y Paloma Valencia. En particular, el programa de Iván Cepeda no planteaba una solución al bloqueo constitucional contra el cuál el Pacto Histórico había luchado por cuatro años. 

El ala de Petro sugirió la Asamblea Constituyente cómo solución, pero la Constituyente se volvió un lastre ya que representaba lo peor de ambos mundos: Para el ala más radical del movimiento obrero, era obvio que una constituyente no podía afianzar las reformas ya que no podía atacar la propiedad privada. Para el ala más conservadora, en cambio, una constituyente representaba un salto al vacío. Tampoco ayudó el espectro de Chile, dónde la Constituyente se volvió un don para la derecha. 

A pesar de esta debilidad, es notable que el Pacto logró recortar la distancia a menos de un 1% para el final de la segunda vuelta. Este resultado refleja el verdadero potencial de victoria que tenía la coalición detrás de Petro, que se movilizó a través de tres semanas para tratar de impedir la presidencia de Abelardo. 

El problema táctico

En esencia, el problema de la táctica se presenta con todo su peso en este gobierno. Un partido de masas de la clase obrera debe apoyarse en la iniciativa, creatividad y energía de la propia clase a la que aspira a representar. Los lazos del sindicalismo con el Pacto le permitirían en teoría llamar a millones a marchar contra el gobierno. 

Si bien las marchas son una gran oportunidad para que la clase exprese de manera democrática su furia contra el gobierno, sin embargo, es necesario ir más allá hacia la organización de los obreros directamente. Los dirigentes sindicales dentro del Pacto Histórico podrían fortalecer enormemente a la coalición de oposición a través de una campaña de sindicalización que permita a sus afiliados formar vínculos directos con las grandes centrales obreras. 

Esto serviría cómo una antesala preparatoria a la propuesta de Gustavo Petro de llamar a una huelga general. Si hay una fuerza actual en la izquierda que podría detener la producción de todo el país, es el Pacto Histórico. Sin embargo, una huelga general no se puede improvisar. La huelga general requiere la máxima preparación posible de cada puesto de trabajo para movilizar a cada soldado a una confrontación directa con el enemigo. 

Para lograr semejante preparación, el aparato sindical es esencial. Las grandes centrales sólo representan al 4% de la población. No pueden usar los acuerdos colectivos cómo mecanismo para llamar a una huelga general directamente. Por consiguiente, un freno completo de la producción de parte de la clase obrera tendría que hacerse fuera de la oficialidad. Pero el 4% de la clase obrera sindicalizada podría ser el polo de atracción idóneo para el resto de la clase, cómo lo ha demostrado ser en episodios cómo los últimos dos paros nacionales. 

Pero la clave es que una huelga general debe ser preparada por toda la clase en todos los niveles de la sociedad. Campañas de sindicalización y entrenamiento para defender las movilizaciones en cada ciudad, la formación de comités barriales para facilitar el transporte de bienes y servicios esenciales cómo cuidados médicos y comidas para mantener la huelga son de importancia crítica. 

En ese sentido, estamos a favor del llamado de Gustavo Petro a una huelga general y creemos que el Pacto Histórico debe orientar todas sus fuerzas a esta tarea. Pero también tiene que ser consecuente con esta decisión. La huelga general plantea directamente la cuestión del poder: ¿Quién es el verdadero amo de la casa? Para nosotros, sólo hay una respuesta: La clase obrera. Pero revelar esta respuesta a toda la población requiere el máximo nível de organización posible. 

Cretinismo parlamentario

Para el Pacto, el regreso de la clase dominante al Ejecutivo significa un retroceso tremendo a la lucha detonada por el estallido social del 2021. En sus pronunciamientos, reconocen que disputaron las presidenciales, pero en sus tácticas tratan al presidente cómo un oponente omnipotente que representa a la mitad del país. Hablan de la derechización de la clase obrera y de América Latina en general. 

Es necesario analizar la verdadera correlación de fuerzas. Solo el 31% de las personas habilitadas para votar en las presidenciales votaron por de la Espriella. En este momento, las encuestas lo muestran con una aprobación que oscila entre 50 a 55%. Un reflejo de la amplia polarización de la sociedad. 

En estas circunstancias, un partido de oposición tiene el deber de plantear un programa opuesto al programa de Abelardo que explique cuál es el camino a seguir. Sin embargo, más allá de defender las reformas, el Pacto se ha orientado enteramente hacia la conciliación con el Uribismo. 

El Centro Democrático ha pasado de ser el partido responsable de los falsos positivos y el Plan Colombia ha ser un aliado confiable para la votación del Pacto en el Senado. Una alianza de este estilo no es enteramente descartable, pero es necesario preguntarse si tiene que llegar al punto en que, por ejemplo, se vote a favor de trasladar la indagatoria al expresidente Álvaro Uribe por las masacres de El Aro. 

Ciertamente, es la tarea de un partido de la clase obrera el usar cada escisión en el bando del enemigo para su beneficio. Esto se extiende al plano parlamentario. Pero también es necesario ser fiel a los principios y los intereses de la clase obrera. En ese sentido, las masacres de obreros y campesinos en los 90s no pueden mantenerse impunes para poder facilitar votos en contra de Abelardo. 

En última instancia, el plano parlamentario solo debe ser un auxiliar para la acción de la clase obrera. Es posible, a través del parlamento, obtener reformas que mejoren la vida de la clase obrera. Pero 

¿Cómo construir un partido de oposición?

A pesar de nuestras diferencias programáticas con el Pacto Histórico, consideramos que su congreso fundacional representa un paso en la dirección correcta y le damos la bienvenida a un partido de masas que plantee la necesidad de luchar contra Abelardo y la oligarquía colombiana. 

Si bien estamos dispuestos a trabajar con semejante formación política en un frente único para luchar contra los problemas más acuciantes de la clase obrera (la defensa de las reformas, contra la penetración del imperialismo estadounidense en el país y la represión estatal), nuestro apoyo al Pacto Histórico no será incondicional. 

Cómo hemos delineado, la dirección del Pacto cree fervientemente que, bajo el capitalismo colombiano, es posible implementar reformas masivas al sistema de salud, educación, vivienda, etc. que mejoren sustancialmente la vida de las personas. Sin embargo, la realidad es que la crisis internacional del capitalismo hace imposible semejante transformación. 

Nuestra posición es que sólo una revolución socialista podrá ponerle fin a la desigualdad y el atraso económico que definen la vida de los millones de colombianos que son forzados a vivir jornadas laborales de más de diez horas para apenas lograr subsistir. Para lograr eso, consideramos necesario construir un partido comunista con un programa revolucionario en sus cimientos. 

Si Petro y el Pacto Histórico toman la decisión correcta, los comunistas lo apoyaremos firmemente. Si retrocedan ante la presión de la clase dominante, debemos criticarlos, de manera camaraderil, cómo copartidarios que luchan por la emancipación de la clase obrera. 

El siguiente período depara luchas titánicas entre la clase obrera y la clase dominante debido al hecho de que la oligarquía colombiana necesita pasar la factura de la crisis a los trabajadores, campesinos y la juventud. El factor decisivo en la lucha será la dirección de la clase obrera. Esta debe estar a la altura del desafío que la historia plantea: la necesidad de barrer con los terratenientes y la patronal parasitaria de una vez por todas.

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Gabriel Galeano

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