La historia de Colombia está definida por una contradicción: Un país rico en recursos cuya riqueza es usada para llenar las arcas de los imperialistas estadounidenses.
Los obreros y campesinos son forzados a subsistir al servicio del mercado mundial, condenados a condiciones de vida precarias mientras son asediados por un conflicto armado que ha durado por más de ocho décadas en su forma actual.
Sin embargo, ha llegado una oportunidad histórica. Colombia, el fortín del imperialismo estadounidense en América Latina, se ha unido al movimiento insurreccional del continente desde el año 2019.
Los paros nacionales transcurridos a través de los últimos siete años han levantado una generación jóven de luchadores de clase que quieren arrancar este sistema de raíz. Su impacto llevó a la elección del primer presidente de izquierda. Muchos de ellos están aprendiendo las lecciones de estos eventos colosales.
En última instancia, están buscando una organización que luche hasta el final para llevar los paros nacionales a su conclusión lógica: La caída del capitalismo colombiano y la señal de salida para la revolución mundial.
Somos los Comunistas Revolucionarios de Colombia (CRC), los sepultureros del capitalismo colombiano. Nuestra meta final es expropiar a la oligarquía colombiana para lograr que los obreros y los campesinos tomen control completo de la enorme riqueza de nuestro país.
Parte I – La lucha de clases en Colombia
Los orígenes de la burguesía
A pesar de la enorme riqueza natural de Colombia, su alta diversidad en biomas y sus salidas a los dos océanos más grandes del planeta, su papel en el mundo se define por su sumisión a diferentes potencias mundiales.
Colonizada por la corona española y condenada por cuatro siglos a ser despojada por Europa, su independencia fue obtenida con una guerra cruenta que movilizó a los esclavos, indígenas y los condenados de la tierra solo para ser traicionados por la incipiente burguesía criolla.
Esta élite no estuvo a la altura de las tareas revolucionarias de sus homólogos europeos y demostró ser incapaz de unir el continente. Les aterrorizaban los campesinos pobres y los antiguos esclavos, quienes estuvieron en la primera línea de la lucha contra los españoles. Con sus acciones, los criollos traicionaron la lucha por la independencia, lo que provocó la desintegración de la Gran Colombia y el fraccionamiento de América Latina.
La élite criolla prefirió preservar sus privilegios antes que impulsar un verdadero proyecto republicano. Este fue el pecado original de la oligarquía colombiana que se puso al servicio de un nuevo amo: Los Estados Unidos de América.
El imperialismo estadounidense forzó el desarrollo de las fuerzas productivas colombianas a través de grandes inversiones y la explotación asalariada de campesinos, indígenas y afrodescendientes del país, consolidando una economía dependiente y profundamente desigual.
El papel del imperialismo yanqui
Los verdaderos amos de Colombia no residen en Bogotá, sino en Washington y Miami. La oligarquía colombiana no es más que el personal administrativo de la burguesía estadounidense, encargada de gestionar sus intereses en el país.
Estados Unidos “ofrece” alrededor del 25% de la Inversión Extranjera Directa recibida en Colombia. El 70% de esta inversión es extraída directamente a Estados Unidos en forma de renta e intereses.
Multinacionales como Drummond y Chevron dominan sectores de industrias nacionales como el energético. Incluso, sus empresas han estado involucradas en el asesinato de sindicalistas.
El propio gobierno Estadounidense ha participado en esta campaña de terror. Entre 1998 a 2016, bajo el Plan Colombia, Estados Unidos proveyó alrededor de 10 mil millones de dólares en ayuda militar a Colombia para «luchar contra las guerrillas».
Esto es debido a los miles de hilos que atan a los latifundistas, los banqueros y la patronal con el imperialismo estadounidense. Los terratenientes no pueden permitir una reforma agraria que debilite su enorme monopolio de la tierra; los banqueros dependen de los pagos de esos mismos latifundistas; y los empresarios, a su vez, dependen del financiamiento bancario. En otras palabras, la lucha contra el imperialismo pasa directamente por la lucha contra la oligarquía nacional.
Esta situación ha puesto a la pequeña burguesía colombiana en una encrucijada existencial. Por un lado, se encuentran los pequeños empresarios que se alinean abiertamente con la reacción y marchan bajo la bandera del uribismo. Por otro lado, están aquellos sectores que durante décadas han sostenido la ilusión de que Colombia puede transformarse en una potencia soberana sobre la base del desarrollo capitalista.
La realidad es que en Colombia hay un mercado libre, esclavitud asalariada y propiedad privada de los medios de producción. Estas son las características del capitalismo. Pero el capitalismo colombiano se define por un desarrollo desigual y combinado en donde la oligarquía latifundista depende de la concentración de la tierra y el apoyo financiero del imperialismo estadounidense que la coloca en una posición de subordinación respecto a la economía mundial, también capitalista.
En otras palabras, el atraso de la economía colombiana está al beneficio del imperialismo estadounidense.
Por consiguiente, la única clase que puede desarrollar las fuerzas productivas es la clase que no recibe beneficios del imperialismo: el proletariado. Esta está llamada a romper la espalda de la oligarquía nacional para lograr la verdadera soberanía.
El desarrollo del capitalismo en Colombia ha acelerado la predominancia de la clase obrera. La producción de riqueza en este país está siendo llevada a cabo en su mayoría por trabajadores asalariados en cinco grandes ciudades, que absorben a más campesinos tratando de huir de la precariedad de la producción rural día tras día.
Esto ha creado una clase obrera altamente explotada en las ciudades que está en los cimientos de la sociedad capitalista colombiana. La reducción de sus salarios, el incremento de los precios, la austeridad, la corrupción y el enriquecimiento de la clase dominante son condiciones que la inducirán a moverse en contra del sistema.
En las palabras de Ted Grant (el fundador de nuestro movimiento): “Ni una rueda gira y ni una luz brilla sin el permiso de la clase obrera”
El comunismo en Colombia
Para responder a esta pregunta es necesario comprender bajo qué condiciones y con qué método fueron creadas estas organizaciones. La clave está en entender que ambos aspectos van de la mano del auge y la degeneración de la Revolución Rusa.
La clase obrera colombiana fue producto de la entrada del capitalismo internacional en el país, proceso que se intensificó durante la segunda década del siglo XX. Esto coincidió con la Revolución Rusa, que apenas tres años antes había derrocado a sus opresores e implantado, por primera vez en la historia, un gobierno obrero, inspirando a la clase trabajadora a nivel internacional.
Ambos procesos provocaron un ascenso de la lucha de clases en Colombia, que desembocó en la creación de sindicatos y organizaciones obreras. Este ciclo culminó con la Masacre de las Bananeras en 1928 y la fundación del Partido Comunista Colombiano (PCC) en 1930.
Sin embargo, estas organizaciones, y las que surgieron posteriormente, coincidieron con la degeneración de la Revolución Rusa hacia el burocratismo estalinista, como resultado de la derrota de las revoluciones internacionales y del aislamiento de la Unión Soviética, que intentaba superar su atraso económico y social.
De esta manera, las políticas impulsadas desde la Komintern, cargadas de errores teóricos y tácticos, fueron transmitidas a estas agrupaciones en Colombia y en el resto del mundo. El desprecio por la teoría, la falta de formación de cuadros y el vaivén constante entre el sectarismo y la conciliación de clases entorpecieron, una y otra vez, las posibilidades revolucionarias, privando al movimiento obrero de una dirección efectiva.
Trotsky, en el Programa de Transición, señalaba que el problema fundamental del proletariado se caracteriza por la crisis histórica de su dirección. Sin duda, estas mismas decisiones erróneas se reprodujeron en Colombia, con sus particularidades, y continúan presentes hasta hoy.
Las primeras guerrillas liberales de los años cuarenta fueron el resultado de la violencia ejercida por los conservadores y el Estado, pero también de la ausencia de una dirección revolucionaria efectiva.
Los estalinistas, siguiendo el ejemplo de la Internacional burocratizada, pasaban del tercer período al frente popular; lo que significaba pasar de políticas sectaristas en dónde se atacaba directamente a las organizaciones reformistas directo a la defensa de los proyectos burgueses para una supuesta revolución por etapas.
Esta política dejó al gaitanismo como la única opción viable y al movimiento obrero sin una dirección propia. Infortunadamente, la lucha armada también se convirtió en opción. Pero sin una conexión directa con la clase trabajadora, sin un programa revolucionario claro y sin acción política más allá del ámbito militar estaban condenadas al aislamiento.
Eso fue precisamente lo que ocurrió con las primeras y sucesivas guerrillas, que centraron su lucha en el campo, colocando al campesinado como clase central y adoptando un programa pequeñoburgués con un enfoque aislacionista de guerra de guerrillas desde las selvas.
Algunas de estas organizaciones, inspiradas por la Revolución Cubana, cayeron igualmente en el eclecticismo, enfocando sus perspectivas en el posmodernismo o el academicismo, y eligiendo al estudiantado u otras capas sociales como sujeto principal de la lucha. Estas corrientes rechazaban la verticalidad dogmática de la URSS y, con ella, también la teoría.
Todo esto convirtió a dichas organizaciones en un obstáculo para el desarrollo de la lucha de clases, llevando a muchos jóvenes luchadores honestos a una muerte cruel y a otros a la confusión teórica.
Finalmente, su degeneración, ya fuera por la falta de recursos tras la caída de la URSS, por la ausencia de un proyecto político serio, o por ambas razones, las condujo a disolverse para integrarse a la política tradicional o a transformarse en grupos armados criminales vinculados al narcotráfico.
La clase trabajadora, la juventud y el campesinado pobre de Colombia han demostrado históricamente su valentía: los comuneros, la independencia, la guerra civil de 1854, el Bogotazo, el Paro Nacional de 1977, el Estallido Social y las luchas constantes por sobrevivir en un país atrasado y gobernado por una de las burguesías más sangrientas así lo confirman.
Por ello, estas capas necesitan una dirección a la altura de sus necesidades: una dirección que comprenda la importancia de la teoría, la formación de cuadros, la elaboración de un programa revolucionario, la aplicación de tácticas adecuadas y el arraigo en las tradiciones del proletariado internacional.
Ese es el objetivo de los Comunistas Revolucionarios de Colombia (CRC): llevar las luchas de la clase trabajadora colombiana, hermana de la clase trabajadora internacional, hasta sus últimas consecuencias.
El auge y la caída de la marea rosa
A principios del siglo XXI, América Latina se vió estremecida por una ola insurreccional. Argentina vió a tres gobiernos caer a través de diez días. En Bolivia, las guerras del gas y del agua entre el 2000 y el 2005 culminaron con la caída del gobierno de Goñi Sanchez. En Ecuador, el gobierno de Jamil Mahuad cayó como una casa de naipes. Finalmente, en Venezuela, las masas repelieron un golpe de estado contra Hugo Chavez y se fueron a la ofensiva.
Esta ola de insurrecciones se tradujo en la elección de gobiernos progresistas a través de todo el continente. Desde Lula en Brasil hasta Evo en Bolivia, cada uno de estos gobiernos logró implementar reformas dentro del marco del capitalismo debido a un boom enorme de materias primas.
Colombia, sin embargo, fue la excepción a la regla. Durante el principio del Siglo XX, Estados Unidos concentró su ayuda militar en Colombia. En el estilo inimitable de Hugo Chavez, Colombia se convirtió en “El Israel de América Latina”.
La revolución bolivariana se volvió el epicentro de la vida política de América Latina. La patronal de Washington y sus lacayos leales al sur no podían aceptar que un gobierno elegido por los obreros y los campesinos legalizara la ocupación de fábricas y la toma de tierras.
La revolución bolivariana fue más lejos que cualquiera de los otros movimientos de la “marea rosa”. Los reformistas del continente, que son fundamentalmente leales al sistema que quieren reformar, no pudieron perdonar esto.
Sin embargo, debido a la falta de una dirección revolucionaria dentro del PSUV, Chavez se encontró aislado, a pesar de su radicalización personal. Tristemente, la camarilla del PSUV no estuvo a la altura de la tarea histórica de dar el “golpe de timón” que Chavez declaró en su último discurso y la revolución Bolivariana entró en un proceso de reflujo.
La izquierda «caviar» del resto del continente pasó por un proceso similar. Los reformistas en Brasil, Argentina, Ecuador y Bolivia vieron sus gobiernos caer en la medida en que el superciclo de materias primas de 2002 a 2011 acabó. Con ello, acabaron los programas que mejoraban las condiciones de la clase obrera y por consiguiente, fueron incapaces de mantener el poder.
Al tratar de gestionar el sistema capitalista, fueron sujetos a las mismas leyes de auge y crisis del sistema. Cuando la crisis llegó, los reformistas estaban atados de manos y pies a la crisis.
El Octubre Rojo de 2019
La llegada de Iván Duque al ejecutivo coincidió con la llegada de Mauricio Macri en Argentina, Sebastían Piñera en Chile, Jair Bolsonaro en Brasil y Lenin Moreno en Ecuador. En ellos, la patronal latinoamericana había encontrado a sus representantes para enfrentar y revertir la llamada marea rosa que había gobernado varios países de la región.
Los liberales y la izquierda «caviar» declararon la muerte de la izquierda latinoamericana debido a la elección de estos parásitos.
Sin embargo, estas elecciones no fueron tanto la muerte de la izquierda latinoamericana sino la prueba del descrédito del reformismo que había llegado al poder con esa marea rosa a principios de siglo.
Es importante señalar que las masas no depositaron ni un ápice de fe en los gobiernos de derecha. En Ecuador, los obreros lograron tomar el congreso y sacar al gobierno de Moreno de Quito. En Chile, ocurrieron las manifestaciones más grandes desde la caída del gobierno de Pinochet.
En Colombia, manifestaciones que debían durar un solo día se convirtieron en un movimiento de masas que sacó a cientos de miles de manifestantes a las calles y despertó a una nueva generación de luchadores. Confrontados por las fuerzas estatales, las masas respondieron con más marchas y sin miedo a la represión.
Si bien, el Paro Nacional del 2019 nunca llegó a la altura de una insurrección como la ocurrida en 2021, sí sirvió de preludio a esos eventos.
Parte II – El Paro Nacional
El Paro Nacional
La perspectiva fundamental de nuestra organización se puede resumir en una sola idea: Los paros nacionales del 2019 y el 2021 fueron ensayos generales para la futura revolución socialista colombiana.
El paro nacional del 2021, en particular, representa el evento político más importante de los últimos diez años para Colombia. Durante tres meses, cientos de miles de obreros salieron a través de 23 ciudades para confrontar al Estado. Formaron cuerpos de defensa en contra de la represión a través de la Primera Línea y cabildos para debatir las tácticas y estrategia correctas.
Estas confrontaciones le pasaron factura a la clase obrera, con 4687 casos de brutalidad policial, incluyendo 44 asesinatos. Pero la represión sólo avivó el fuego del movimiento.
Ante esta realidad, el gobierno nacional retiró la reforma tributaria que detonó el movimiento insurreccional, destituyó al ministro que la redactó y tuvo que retirar sus medidas de privatización de la salud y la educación.
No nos atrevemos a sugerir que la clase obrera pudo tomar el poder en ese momento, pero es claro que el gobierno de Iván Duque pudo haber sido derrocado. Esto habría planteado la cuestión del poder de manera directa. Sin embargo, Iván Duque estuvo en la Casa de Nariño por cuatro años: ¿Por qué?
Crisis de dirección
El Comité Nacional del Paro (CNP) tomó la dirección del movimiento insurreccional. Este comité estaba compuesto por los dirigentes sindicales de las tres grandes centrales obreras del país: La Central Unitaria de Trabajadores (CUT), la Confederación General de Trabajadores (CGT) y la Confederación de Trabajadores de Colombia (CTC).
Desde el principio, el CNP planteó el paro nacional como una negociación con el gobierno de Iván Duque para obtener un par de concesiones moderadas, como la educación gratuita para estudiantes de estratos 1, 2 y 3, y deliberadamente mantuvo al movimiento sindical contenido, evitando la afiliación de más puestos de trabajo y frenando la extensión efectiva de la movilización.
Durante el tercer mes del paro, la juventud intentó impulsar la creación de una Asamblea Nacional del Paro que funcionara como una dirección alternativa al Comité Nacional del Paro. Este esfuerzo expresaba un reconocimiento intuitivo del problema central: la ausencia de una dirección revolucionaria. Sin embargo, era demasiado tarde para construir esa dirección.
Para finales de junio, las grandes centrales obreras habían retirado a sus miembros y los habían orientado hacia las elecciones del 2022. Trágicamente, los jóvenes que marcharon durante esos tres meses se encontraron desamparados por sus dirigentes.
Si bien la juventud fue el motor del paro nacional, esta tampoco pudo construir un puente hacia la clase obrera. Lo que en un principio fue una fortaleza, ya que le permitió sobrellevar el conservadurismo de la burocracia de los sindicatos, se convirtió en una debilidad al final, pues la táctica de los bloqueos no le permitió escalar la confrontación contra el Estado utilizando los métodos de la huelga.
Estos eventos presentan una paradoja: si bien los jóvenes y los obreros llevaron a cabo un paro nacional que puso al gobierno en jaque, este no los llevó al poder. En esencia, esto se debe a que los reformistas llenaron el vacío político de las grandes movilizaciones y encauzaron la energía de las masas a los canales seguros del electoralismo.
Esto solo pudo ocurrir debido a la ausencia de una dirección revolucionaria que planteara la necesidad de reunir a los cabildos del país y conectará el movimiento de los bloqueos con el movimiento de la clase obrera.
El pacto histórico y el estado
La llegada al poder del Pacto Histórico es un evento de importancia trascendental para la lucha de clases en el país debido a que los reformistas han tenido la oportunidad de poner su programa a prueba.
La clase dominante y sus maestros en Washington, sin embargo, han puesto todo su peso contra las reformas. No solo esto, pero han conspirado para derrocar el gobierno de Petro en la Casa Blanca.
Sin embargo, no han podido desaparecer al Pacto Histórico del mapa político como hicieron con la Unión Patriótica. Esto es debido a la movilización y el poderío de la clase obrera, que ha marchado constantemente a través de los últimos cuatro años.
Los reformistas han logrado construir una autoridad política a través de los últimos cinco años debido a su oposición al programa de la oligarquía. Para millones de obreros en todo el país, Petro y el Pacto Histórico encarnan la sed de cambio y su ímpetu de acabar con el atraso que define a la vida en Colombia.
La clase obrera no va a desprenderse fácilmente de una dirección que logró asestar un golpe contundente a la oligarquía colombiana con la elección del primer gobierno de izquierda del país
Sin embargo, como revolucionarios, es nuestro deber explicar que los reformistas han tratado de encauzar el movimiento hacia las instituciones burguesas, fomentando la ilusión de que el sistema se puede reformar. En realidad, entendemos que el capitalismo no puede asegurar una educación, vivienda, seguridad y alimentación para la clase obrera.
La idea de que se puede trabajar dentro del sistema para derrocarlo puede parecer práctica en un inicio. Pero la realidad es que el estado no es un actor neutro. Más bien, su papel es el de facilitar la dominación de la oligarquía colombiana por encima de los obreros.
El estado capitalista más democrático todavía debe de perpetuar la explotación de la clase obrera. Por consiguiente, las reformas podrán ser aprobadas en el congreso debido a la presión de las movilizaciones y la amenaza de otro paro nacional, pero la clase dominante hará hasta lo imposible para revertirlas.
La crisis mundial del reformismo
En los pocos casos en los que las reformas pasan, sin embargo, la realidad es que el capitalismo colombiano depende de su “competitividad” en el mercado mundial. Para eso necesita proveer mano de obra barata y sectores de industria listos para ser explotados por los imperialistas.
Esto podría generar mayores utilidades y financiar las reformas en un momento de auge capitalista. Pero la realidad es que estamos viviendo una crisis orgánica a nível mundial. Esto significa, en última instancia, una crisis para los reformistas.
Si bien la presidencia de Petro se benefició de un ciclo de consumo que aumentó el crecimiento del PIB y redujo el desempleo y la inflación, la realidad es que este ciclo no es sostenible sobre una base capitalista debido al simple hecho de que los principales socios de Colombia están sufriendo una crisis de sobreproducción y van a tener que descargar sus pérdidas en otros mercados
A través de su primer año, Trump ha aumentado la presión contra Colombia precisamente para asegurar su posición en este país y debido al hecho de que no lo puede hacer a través de inversiones y préstamos cómo en el período anterior.
Lo que todo esto demuestra es que el capitalismo no puede reformarse hasta convertirse en un sistema próspero para los obreros. Eventualmente la clase dominante internacional y sus vasallos locales tomarán la ofensiva e intentarán recuperar todo lo que tuvieron que conceder a través de los últimos cinco años.
Para combatir semejante ofensiva, se requiere tener una fuerza que pueda responder a los embates de la oligarquía colombiana. Esta no se puede construir en medio del combate con el enemigo. Debe ser reclutada, entrenada y forjada de antemano.
Parte III – La necesidad de un Partido Comunista Revolucionario
Lo que defendemos
Los comunistas revolucionarios de Colombia luchamos por el fin del capitalismo en Colombia cómo punto de partida para la revolución socialista mundial.
Cómo hemos expuesto, creemos que la clase dominante colombiana es antagónica a los cambios requeridos para lograr una vida justa para los obreros y los campesinos colombianos.
En última instancia, sólo la nacionalización de las altas esferas de la economía para su operación bajo el control obrero al igual que una reforma agraria que expropie al latifundio puede empezar a despejar el terreno para una Colombia libre del imperialismo.
Para lograrlo, se requiere ganarse a la clase obrera a un programa socialista. La única manera de lograr esto es con una organización de cuadros que sepa cómo navegar la enorme turbulencia de la lucha de clases y sepa cómo adaptarse a cada uno de sus giros.
La gran tragedia de la izquierda colombiana del siglo XX fue la búsqueda constante de atajos, a través de las guerrillas o a través del congreso, para evitar tener que construir una organización con raíces en la clase obrera.
Depositamos toda nuestra fe en la clase obrera. Nuestras tácticas siempre parten de la necesidad de llegar a ella con las ideas del marxismo, entendiendo que no siempre serán aceptadas de manera inmediata. Pero los mejores entenderán nuestras ideas y podrán ser entrenados para hablar con el resto.
Por mucho tiempo, eso nos pondrá firmemente en una minoría. Pero si explicamos de manera consistente y paciente nuestras ideas, eventualmente encontraremos la vía a la mayoría durante los períodos ajetreados de la lucha de clase. Pero esto sólo funcionará en la medida en que reclutemos y formemos cuadros que puedan traducir estas ideas a consignas claras.
La llama revolucionaria
La crisis orgánica del capitalismo ha creado una capa de jóvenes en todo el mundo que solo conoce el sistema en crisis.
Para ellos, no existe tal cosa cómo un capitalismo más humano. Lo único que han visto ha sido cómo la clase dominante ha derrochado millones de pesos para defender sus privilegios a través de una guerra civil que han usado cómo cobertura para el exterminio de los varios dirigentes de la clase obrera.
Muchos de ellos son veteranos de los estallidos sociales de 2019 y 2021 dónde vieron a sus compañeros ser atacados por la policía mientras que el Estado trataba de pasarles el costo de la crisis a la clase obrera.
A nível internacional, han visto el genocidio en Gaza ser perpetuado por los dirigentes del “mundo libre” mientras que los activistas que se manifiestan en contra de Israel son arrestados.
En esencia, la historia ha creado una generación de jóvenes que dice “No hay nada más importante para mí que participar en la lucha para ponerle fin al capitalismo”.
“El que tenga la juventud, tendrá el futuro”, decía Lenin. La materia prima para forjar un partido que lidere a la clase obrera al poder está en esa juventud. Ganarnos a la juventud revolucionaria, convertirles en cuadros marxistas y orientarla hacia la lucha viva de la clase obrera: ésta es la tarea de un verdadero partido revolucionario.
Entre el oportunismo y el ultra-izquierdismo
Un partido obrero no puede fabricarse de la noche a la mañana. Esta es una tarea que requiere dedicación y un espíritu de sacrificio de los elementos más conscientes de nuestra clase.
La tarea principal de una organización como la nuestra es preservar nuestra independencia política ante la enorme presión de la clase dominante de liquidar nuestra organización para conseguir logros a corto plazo.
Sin embargo, igual de importante que nuestra independencia política es nuestra capacidad de orientarnos hacia la clase obrera y sus organizaciones de masas.
Nuestra propuesta a los reformistas es la siguiente: Para lograr las reformas por las que marchamos en el Estallido Social del 2021, es necesario romper con los aliados burgueses dentro del llamado “frente amplio” y luchar abiertamente por un programa de expropiaciones que ponga la economía al servicio del bien común. No podemos controlar lo que no nos pertenece y no podemos planificar lo que no controlamos.
Como comunistas, entendemos que el capitalismo no puede asegurar una educación, vivienda y alimentación para nadie.
El reformismo puede lograr mejoras temporales en las vidas de la clase obrera en ciertos periodos, pero no podrá lograr victorias permanentes. Por consiguiente, es importante preparar a la capa avanzada de la clase obrera para un giro radical de la situación, en dónde la crisis del capitalismo impacte directamente la implementación de las reformas.
Será en la lucha por las reformas que la clase obrera descubrirá su fortaleza y los métodos necesarios para lograrlas: huelgas, piquetes, manifestaciones, ocupaciones de fábricas y expropiaciones. También allí se encontrarán con los límites de los dirigentes reformistas y del sistema capitalista, incapaz de implementar las reformas.
Igual de clave es evitar el método clásico de las sectas de la denuncia eterna de los reformistas. La clase obrera tendrá que poner a prueba a sus dirigentes reformistas en el calor de la lucha para entender que su debilidad es inherente a su programa.
Toda nuestra artillería está apuntada a la oligarquía colombiana y los imperialistas. Ellos son los verdaderos responsables de la crisis ya que preservan el sistema capitalista para mantener sus privilegios y condenan al resto del país a morir de hambre.
Para lograr este balance fino se requerirá la máxima disciplina de parte de nuestros militantes, que deberán evitar caer en las trampas del oportunismo y el sectarismo en cada instancia.
La teoría como cimiento
En nuestros militantes, esta disciplina está impulsada por un odio completo al sistema capitalista. La enorme desigualdad, la violencia del conflicto armado, los despojos, los desplazamientos; todos estos eventos han radicalizado a una generación de jóvenes y obreros colombianos.
Hegel decía: “Nada grande en el mundo se ha logrado sin pasión”. Pero la pasión por sí sola no puede ganar guerras ni derrocar imperios. Es necesario un cimiento sólido y una guía para esa pasión.
El marxismo es esa guía. No es en vano que Lenin llamara a la teoría marxista «el cimiento de granito del bolchevismo». La superioridad en ideas nos dará superioridad en acción.
Estamos parados sobre los hombros de gigantes. Las ideas de Marx, Engels, Lenin y Trotsky representan un hilo conductor que expresa la vasta experiencia de la humanidad al servicio de la clase obrera.
Más importante que lo que estos grandes teóricos hayan escrito, sin embargo, es el método que nos heredaron: el materialismo dialéctico. La filosofía del marxismo está guiada por el entendimiento de que el mundo a nuestro alrededor es un mundo material cuyas leyes se pueden discernir. Estas leyes son las leyes de la transformación que se pueden abstraer a través del método dialéctico.
Este método nos permitirá entender las fuerzas motrices debajo de la superficie y explicar hacia dónde se mueven los diferentes fenómenos con los que tendremos que contender, desde la economía capitalista hasta el estado burgués.
La realidad es que la burguesía dirigirá toda su fuerza a tratar de detenernos. Esto no solo se trata del uso de la represión, sino también de la presión de la opinión pública contra el marxismo.
Es especialmente importante entender que la lucha de clases no solo se lucha en el plano económico y político sino también en el plano ideológico. Como marxistas, somos intransigentes en la defensa de las ideas del marxismo. Especialmente de los ataques de los supuestos «amigos» del marxismo que, con las ideas del posmodernismo y de las políticas de identidad, dividen a la clase obrera y niegan su potencial revolucionario.
Como decía Trotsky en “Lecciones de Octubre”: “El bolchevismo no es una doctrina sino que es un método de educación revolucionaria para llevar a cabo la revolución proletaria. (…) Significa educarlos y seleccionar en su seno un equipo dirigente de modo que no flaqueen llegado el momento de su Revolución de Octubre.”
Internacionalismo
Si bien, nuestra tarea es saldar cuentas con nuestra oligarquía nacional, también entendemos que nuestra lucha está ligada íntimamente con la lucha de la clase obrera internacional.
Nuestro internacionalismo no es simple romanticismo. Nuestra mayor fortaleza es nuestra afiliación con la Internacional Comunista Revolucionaria, el partido de la revolución socialista mundial. Estamos orgullosos de inscribir su nombre en nuestra bandera.
Ser parte de una organización internacional en el período de crisis agónica del capitalismo mundial es de una importancia crítica. Si bien la lucha de clases se desarrollará a un ritmo distinto en cada país, es inevitable que los movimientos insurreccionales se extiendan a otros países. La victoria de nuestra clase en cada país es una conquista más para nosotros.
La clase obrera tiene toda una serie de tradiciones históricas de huelgas, manifestaciones y boicots obreros que han tenido influencia internacional. Esta es la política con la que avanzaremos en defensa de nuestros camaradas fuera de Colombia.
En caso de que el honor de la primera revolución socialista en el siglo XXI caiga sobre los hombros de la clase obrera colombiana, nuestra tarea será luchar hasta la décima potencia para expandir la revolución más allá del Amazonas y el Canal de Panamá. Esta es una cuestión existencial para la supervivencia de nuestra revolución.
En las palabras de Lenin: “La victoria del socialismo en un solo país es imposible. Para mantenerse, la república socialista debe luchar constantemente contra el mundo capitalista, y en esta lucha debe inevitablemente atraer al proletariado de otros países al movimiento revolucionario.”
Si eres comunista, esta es tu organización
Este período es único en la historia de nuestro país. Durante la firma del Acuerdo de Paz 2016, explicamos que la desmovilización de las FARC abriría un nuevo período histórico en dónde la clase obrera y la juventud volverían a tomar las riendas de la lucha de clase.
Nunca ha habido un mejor periodo histórico para ser un comunista en este país. La clase dominante se encuentra en retirada temporal, lamiendo sus heridas después del paro nacional del 2021. La clase obrera y la juventud busca soluciones concretas a sus problemas y está dispuesta a luchar para implementarlas.
Las condiciones de crisis agónica del sistema están preparando erupciones en todo el mundo. Colombia no será la excepción.
Por más represivo que sea este sistema, la realidad es que el mismo sistema capitalista crea las condiciones de su destrucción: la enorme acumulación de capital y, especialmente, a la clase obrera, sus eventuales sepultureros.
Oportunidades históricas como estas son las oportunidades que generaciones enteras de luchadores de clases esperaron y no pudieron llegar a vivir. En gran parte luchamos por aquellos mártires de la Unión Patriótica, el Partido Comunista y las FARC que no tuvieron la oportunidad que tenemos.
La oportunidad de enarbolar la bandera del comunismo, de confrontar directamente al enemigo y de saber que, por primera vez en décadas, los comunistas están yendo con la corriente. Debemos tomar esta oportunidad con las dos manos y no soltarla.
La tarea es monumental. Como individuos, nunca lo lograremos. Pero como organización, tenemos total confianza en que podremos lograrlo.
Lo que aspiramos a crear es una herramienta que le permita a la clase obrera cumplir su deber histórico: acabar de una vez por todas con una oligarquía fundamentalmente sumisa e incapaz de proveer una vida digna para todos.
En ese sentido, es enteramente cierto que necesitamos nuevos miembros. Jóvenes y obreros dispuestos a luchar. Pero no debemos esconder tampoco el hecho de que ellos nos necesitan. Un revolucionario sin organización es una contradicción.
Los Comunistas Revolucionarios de Colombia aspiran a convertirse en el partido de aquellos jóvenes y obreros que no estén dispuestos a aceptar el status quo. Seremos el partido de los que quieren luchar contra el capitalismo y el imperialismo con la ferocidad de los jaguares.
Si eres comunista, si quieres desafiar directamente a la patronal, a los banqueros y a los terratenientes, esta es tu organización. Juntos barreremos a la oligarquía colombiana en el basurero de la historia.