Después de un mes de pánico en la prensa colombiana, el 3 de Febrero finalmente llegó y pasó. La reunión entre Petro y Trump ha sido considerada un gran éxito y una muestra de los méritos de la diplomacia y la moderación. En una “visita especial” a la Casa Blanca, Petro y Trump tuvieron una reunión de una hora y cuarenta minutos en dónde Trump terminó adulando al presidente colombiano, diciendo que es un “tipo muy amable”.
Toda la prensa colombiana, que hace un mes vaticinaba un desastre similar al de la reunión entre Trump y Zelensky, ha salido a celebrar este éxito diplomático en dónde Petro salió con una gorra MAGA y una copia firmada de “El arte del trato” (El primer libro del presidente estadounidense).
Hay algo raro en esta imagen.
La maniobra de la oligarquía cipaya
Los máximos representantes de la clase dominante han viajado a Estados Unidos desde el año pasado para pedirle al Partido Republicano que aumente la presión contra Petro y abiertamente rogado por una intervención militar al estilo de la “Operación Resolución Absoluta” que culminó con la muerte de ochenta personas en Caracas y el secuestro de Nicolás Maduro.
Esto habla bastante de la debilidad política de la derecha en este momento.
En su punto más alto, Álvaro Uribe Vélez (el líder máximo de la derecha colombiana hasta el día de hoy) salía de la presidencia de Colombia con un formidable 85% de aprobación. Sin embargo, a día de hoy, su candidata preferida, Paloma Valencia, no puede obtener más del 5% de la intención de voto. El candidato de derecha más fuerte, Abelardo de la Espriella, está compitiendo con Cépeda pero en gran parte es porque ha roto deliberadamente con el establishment a pesar de decirse Uribista “en todo menos en partido”.
En esta situación de desamparo doméstico, es entendible que la oligarquía colombiana busque un redentor fuera de Colombia que les permita volver al timón de la maquinaria estatal. Pero estos clamores por una intervención estadounidense en Colombia demuestran su carácter sumiso y los desacreditan más debido a la impopularidad del imperialismo estadounidense a día de hoy.
No solo esto, pero también revela que detrás de toda la rétorica nacionalista, la oligarquía colombiana está dispuesta a sacrificar a la clase obrera colombiana al altar del imperialismo estadounidense en pro de obtener unos pocos dólares más. Efectivamente, demuestra su carácter cipayo. Un programa revolucionario llamaría a la expropiación de estos parásitos traidores para paralizar cualquier colaboración posible con los imperialistas y prepararía a la clase obrera y al campesinado para defender estas expropiaciones contra la burguesía.
Tristemente, parece que estos cálculos no fueron computados en la Casa de Nariño.
El abrazo del jaguar y la águila
Después de todo, por un año entero, Petro y Trump han chocado al respecto de cuestiones centrales al proyecto político de Petro. Petro había ganado una autoridad política internacional por criticar al imperialismo estadounidense debido a eventos como su presentación en la ONU llamando a una intervención militar contra el genocidio en Gaza, su llamado en las calles de Nueva York al ejército Estadounidense a desobedecer las ordenes de Trump al igual que el llamado a un paro nacional para conseguir el éxito del Paro Nacional.
Sin embargo, en el último mes, han reiniciado los vuelos de deportaciones (el detonante del choque inicial), las fumigaciones con glifosato y el ministerio del interior, Armando Benedetti, planteó la colaboración entre las fuerzas armadas de Estados Unidos y Colombia para atacar al ELN.
En efecto, también convierten las movilizaciones de Enero en parte del problema general de los reformistas a la hora de usar a las masas cómo un grifo que abren y cierran de acuerdo a sus necesidades. Las masas no pueden estar en pie de lucha eternamente y salir a movilizaciones sin un programa político por el que luchar. Sin un programa de acción que plantee cómo liderar la lucha contra el imperialismo y la oligarquía nacional, eventualmente las masas se irán a sus casas y no volverán a votar por los reformistas por mucho tiempo.
Estas concesiones reflejan los límites del reformismo y son muy similares a las concesiones que Claudia Sheinbaum en México ha tenido que hacer ante Trump. Detrás del barniz radical, hay una política clara de darle a los imperialistas concesiones claves en materias de seguridad para mantener relaciones comerciales.
Convertir derrotas en victorias
Hay que decir que estas concesiones no son enteramente ilógicas. La presión del imperialismo estadounidense contra Petro ha sido sustancial. Desde su inclusión en la lista Clinton hasta la presencia militar del 20% de la marina militar en el mar caribe, es claro que las amenazas de la Casa Blanca están apoyadas por la mayor fuerza militar en el planeta.
Pero Petro no es un reformista cualquiera. Es un reformista que se ha presentado cómo un revolucionario y un anti-imperialista. El deber de todo revolucionario es decir la verdad.
La verdad es la siguiente: los reformistas están ofreciendo estas concesiones al imperialismo americano porque no ven ninguna otra salida y aceptan que es necesario gobernar dentro de los márgenes del sistema capitalista.
Detrás de todos los llamados grandilocuentes a la revolución mundial, Petro fundamentalmente cree que la única manera de resolver el problema del atraso colombiano es a través del desarrollo del capitalismo. Pero la realidad es que el capitalismo colombiano solo puede existir cómo es hoy: sumiso a los intereses de la Casa Blanca, debido a su profunda integración con la economía estadounidense.
En ese sentido, la postura del gobierno de presentar estas concesiones cómo grandes triunfos de un estadista magnífico que ha logrado dejar atrás sus posiciones personales en nombre de representar los intereses nacionales fomenta ilusiones en la posibilidad de negociar en igualdad de condiciones con la fuerza reaccionaria más poderosa del planeta.
En última instancia, la cuestión es que estas concesiones son aceptables sólo si se entiende que la clase dominante de Estados Unidos no va a quedarse de brazos cruzados y aceptarlas cómo suficientes. A través del último año, Trump ha ejecutado giros de 180 grados en dónde parece calmarse al respecto de cuestiones cómo Ucrania o el gobierno de Nicolás Maduro para luego ejecutar maniobras contra estos.
Es claro que Trump y su camarilla intervendrán en las elecciones presidenciales colombianas de alguna manera cómo en Argentina y Honduras. La verdadera variable es quién de los juguetes rotos del Uribismo será graduado al papel de títere principal del imperialismo.
Sin embargo, también quieren evitar aumentar la popularidad de Petro de manera similar a cómo sus intervenciones en Canadá garantizaron la victoria de Carney. Para hacer esto, han tenido que presionar directamente a Petro para que implemente menos consignas cómo la Constituyente que pueda ser considerada incendiaria.
La lucha contra el imperialismo
Como marxistas, entendemos que Colombia nunca podrá ser verdaderamente libre mientras que su economía esté subyugada a los intereses de las multinacionales estadounidenses.
El programa político de Petro se resume en la necesidad de lograr una verdadera soberanía para Colombia. Este es el hilo conductor detrás de la reforma agraria, la pensional, la de salud, etc. Pero la realidad es que cada una de estas reformas es una amenaza a las ganancias de la clase dominante operando en territorio colombiano. Es precisamente para asegurar estas ganancias que el imperialismo ha invertido tanto en cuestiones de seguridad.
Los problemas de seguridad de Colombia están ligados directamente al imperialismo y el mercado mundial. Las armas de los carteles y sus dineros vienen directamente del mercado estadounidense. Las iniciativas de seguridad cómo el Plan Colombia desestabilizan regiones del país enteras para reprimir a los sindicatos. Hay que tener esto en cuenta ahora que el gobierno se presenta cómo el “Aliado número #1 de Estados Unidos contra el Narcoterrorismo”.
La lucha contra el imperialismo, por consiguiente, no puede pasar por una alianza con el mismo. Especialmente con un actor volátil cómo Trump.
Es necesaria la organización de la clase obrera colombiana, quién produce la riqueza que los imperialistas extraen. De ser organizada, está podría liderar al campesinado que ha sido forzado por siglos a producir para el mercado mundial y el latifundio local. Semejante fuerza podría expropiar las altas esferas de la economía y ponerlas bajo el control democrático de los obreros y campesinos. Semejante victoria sería el primer paso hacia una economía planificada y la expulsión de los imperialistas del territorio nacional.
De tomar semejante paso audaz, la clase obrera colombiana podría dar la señal de partida a la clase obrera de América Latina, una de las regiones más ricas del mundo, a expulsar al imperialismo yanqui de sus territorios y fundar la Federación Socialista de Centro y Sudamérica. Este estado obrero sería una base de operaciones avanzada para la revolución socialista mundial y podría forzar la rendición de la clase dominante estadounidense de una vez por todas.